El sabueso de los Baskerville (adaptación, Arthur Conan Doyle)

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I. El bastón del doctor Mortimer

Sherlock Holmes solía levantarse muy tarde, salvo en las raras ocasiones en que pasaba la noche entera despierto. Aquella mañana estaba sentado a la mesa del desayuno, en nuestra casa de Baker Street. Yo me encontraba de pie junto a la chimenea y tenía en las manos un bastón que un visitante había olvidado la noche anterior. Era un bastón grueso, de buena madera, con una cabeza redonda. Debajo de la cabeza llevaba una ancha banda de plata, y en ella se leía: «A James Mortimer, de sus amigos del CCH, 1884».

«Bien, Watson, ¿qué saca usted de ese bastón?», me preguntó Holmes sin volverse.

«¿Cómo sabe lo que estoy haciendo? Juraría que tiene ojos en la nuca.»

«Tengo delante una cafetera de plata muy limpia, y en ella lo veo a usted perfectamente», dijo con una sonrisa.