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A
Muchas veces, reflexionando sobre el apasionamiento con que en España ha sido defendido y proclamado el dogma de la Concepción Inmaculada, se me ha ocurrido pensar que en el fondo de ese dogma debía de haber algún misterio que por ocultos caminos se enlazara con el misterio de nuestra alma nacional; que acaso ese dogma era el símbolo ¡símbolo admirable! de nuestra propia vida, en la que tras larga y penosa labor de maternidad venimos á hallarnos á la vejez con el espíritu virgen; como una mujer, que atraída por irresistible vocación á la vida monástica y ascética y casada contra su voluntad y convertida en madre por deber, llegara al cabo de sus días á descubrir que su espíritu era ajeno á su obra, que entre los hijos de la carne el alma continuaba sola, abierta como una rosa mística á los ideales de la virginidad.