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I. El maestre y el comendador
Hace más de quinientos años, cuando Castilla todavía no sabía quién iba a ser su reina, un caballero esperaba de mal humor en una sala de Almagro. Se llamaba Fernán Gómez de Guzmán y era comendador mayor de la Orden de Calatrava, una orden de caballeros que llevaban una cruz roja cosida sobre el pecho. Era un hombre fuerte, de barba oscura y voz dura, que estaba acostumbrado a mandar y no soportaba que nadie le llevara la contraria.
A su lado esperaban sus dos criados, Flores y Ortuño, que lo servían desde hacía años y conocían bien su carácter.
«¿Sabe el maestre que estoy en la villa?», preguntó Fernán Gómez.
«Ya lo sabe, señor», respondió Flores.
«¿Y sabe también que soy Fernán Gómez de Guzmán, el hombre que lo ha defendido tantas veces?».