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En el siglo XXI, el poder de las naciones ya no se mide únicamente por su capacidad militar tradicional o su riqueza en recursos naturales, sino por su dominio sobre los datos y los algoritmos. La inteligencia artificial (IA) se ha convertido en el nuevo tablero de ajedrez de la geopolítica mundial, una fuerza disruptiva que está redefiniendo las alianzas, las economías y la propia noción de soberanía. La carrera por la supremacía tecnológica no es solo una competencia económica; es una lucha por determinar quién escribirá las reglas del futuro digital y, por extensión, del orden mundial.
El concepto de "soberanía digital" ha cobrado una relevancia sin precedentes. Los Estados se dan cuenta de que depender de tecnologías y plataformas desarrolladas por potencias extranjeras implica una vulnerabilidad estratégica. Quien controla la infraestructura de la IA controla el flujo de