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I. El obispo de Digne
En 1815, el obispo de Digne, una pequeña ciudad del sur de Francia, era un anciano de setenta y cinco años. Se llamaba Myriel, pero los pobres de la región lo llamaban monseñor Bienvenido, y a él le gustaba ese nombre más que ningún otro. Vivía con su hermana, la señorita Baptistina, y con una vieja criada, la señora Magloire.
Cuando llegó a Digne, el obispo vio que su palacio era enorme y que el hospital de al lado era pequeño y estaba lleno de enfermos. Al otro día cambió las casas: los enfermos se fueron al palacio y él se instaló en el edificio estrecho del hospital. También daba a los pobres casi todo lo que ganaba. De su vida anterior solo había guardado seis cubiertos de plata, un cucharón y dos candelabros, también de plata, que había heredado de una tía.