Cuentos de la Alhambra (adaptación, Washington Irving)

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I. Un hijo de la Alhambra

Me llamo Washington Irving. Soy escritor y vengo de los Estados Unidos. En la primavera de 1829 viajé por el sur de España con un amigo ruso. Salimos de Sevilla a caballo. El camino fue largo, pero yo soñaba con un lugar: la Alhambra de Granada.

Llegamos a Granada una tarde de mayo. Al otro día subimos por una calle estrecha hasta una colina verde. Arriba había una gran puerta de piedra, la Puerta de la Justicia. Dos soldados viejos dormían al sol en un banco.

Un hombre flaco se acercó a nosotros. Llevaba una capa rota y un sombrero muy viejo.

«¿Quieren ver el palacio, señores?», preguntó. «Yo conozco cada piedra de este lugar».

«¿Conoce bien la Alhambra?», le dije.

«Nadie la conoce mejor», contestó con orgullo. «Soy hijo de la Alhambra».

Me gustó esa frase.