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I. Un caballo sin freno
La tarde se apagaba sobre las montañas de Polonia cuando un caballo bajó corriendo entre las rocas, como si lo persiguiera el mismo viento. Nadie lo guiaba ya: saltaba piedras, bajaba cuestas imposibles y relinchaba de miedo, hasta que tropezó en una pendiente y lanzó al suelo a la persona que lo montaba.
Era un joven delgado, vestido de viajero, con una espada dorada a la cintura, o por lo menos eso parecía, porque en realidad era una mujer. Se llamaba Rosaura, venía de Moscovia y llevaba ropa de hombre porque así podía viajar por caminos que no eran seguros para una dama. Aunque no se había roto nada, tenía las manos llenas de arañazos y el corazón lleno de rabia.
Se levantó despacio y miró al caballo, que ahora respiraba tranquilo entre unos arbustos.