El Libro de las Tierras Vírgenes de Rudyard Kipling — Clásico (C1)

Rudyard Kipling El Libro de las Tierras Vírgenes Traducido del inglés directamente, con autorización del autor, por Ramón D. Perés Prólogo del traductor El libro de las tierras vírgenes, que no tengo noticia de que se haya traducido antes de ahora al castellano, lleva en inglés los títulos de The Jungle Book y The Second Jungle Book, pues se halla dividido en dos series, cada una de las cuales forma un tomo aparte. Háse creído más conveniente reunirlas aquí en un sólo volumen, y como en castellano no se usa la palabra jungle, que posee el francés, por ejemplo, el traductor ha considerado que, para el título del libro, la mejor versión de aquel vocablo era algo que abarcara todos los significados que quiere darle el autor. Son éstos bastante diversos y aun bastante vagos, pues lo mismo puede traducirse por selva, que por tierra inculta y llena de maleza; lo mismo podría aplicarse á la manigua cubana, que le sirve al autor para hablarnos de grandes extensiones de la abrasada India ó de las que están cubiertas por los hielos á poca distancia del Polo; del propio modo se refiere á la tierra, en este libro, que á sus habituales pobladores... y aun Kipling llega, arrastrado por su imaginación de poeta, á hacer de la Jungle, con mayúscula, una entidad tan importante como la Sociedad humana, con sus leyes, usos y costumbres, lenguaje, etc. En el texto de la obra yo he escrito, generalmente, selva donde decía jungle, y, acomodándome al espíritu del autor, he acudido también á la majestuosa mayúscula siempre que se ha tratado de dar á aquella palabra cierto sentido enfático digno de los graves y trascendentales asuntos que aquí se dilucidan entre osos, lobos, tigres, panteras, elefantes, cocodrilos, chacales, monos, serpientes, pájaros y demás personajes importantes con quienes ha de trabar conocimiento quien siga leyendo atentamente las páginas de este volumen, el cual es, en su mayor parte, el libro de las selvas Indias, y así podría haberse llamado en castellano, si cuanto el autor nos cuenta ocurriera en la India y entre sus selvas. The Jungle Book es famoso en Inglaterra y en los países de lengua inglesa, y más de un crítico, no siempre benévolo con el autor, lo considera como la mejor obra de éste. Desde 1894, en que se publicó la primera edición de la serie inicial de estos cuentos, se han agotado ya varias de aquéllas, y la Société du Mercure de France, incluyendo la obra en la lista de las que publica de autores extranjeros, ha contribuído también grandemente á propagarla entre los que no suelen leer libros ingleses y están al tanto de las últimas novedades parisienses[1]. Kipling merece en verdad ser traducido, ya que es uno de los autores más populares de Inglaterra, una de las más potentes figuras literarias de hoy, y, sin duda, la que mejor puede vanagloriarse de ser, entre las gentes de su raza, gloria de la literatura al propio tiempo que fuerza política, fuerza que él ha conquistado y sostenido por medio de la pluma. No es Kipling uno de esos autores refinados que escriben pensando más en el arte que en el público que ha de leer sus trabajos. Por el contrario, se le ha dicho que es una especie de periodista que busca los asuntos palpitantes y hace de sus grandes dotes literarias arma de combate. Tiene el fuerte y pesado puño de la raza anglo-sajona pura, sin influencias debilitantes que vengan á suavizar asperezas, y hay que tomarle como él es: como tipo representativo de la gran familia de que forma parte, como condensación de todas las buenas y malas cualidades que pasean por el mundo, con aire sereno y triunfal á la vez, muchos millones de hombres que han creado y extienden por todas partes una civilización poderosa, personal, dominadora, pero que lleva en el fondo un gran sedimento de libertad para todo el que forma parte integrante de ella, no para el que estorbe su marcha ambiciosa, incansable. Es difícil adivinar si todos los paladares españoles gustarán por igual del manjar exótico que entre el editor y yo les ofrecemos con el título de El libro de las tierras vírgenes. Yo creo que toda persona de cultivado gusto hallará en esos cuentos de Kipling mucho que admirar, y que no será acogida con indiferencia, en España y en la América que fué española, obra que reune tan grandes condiciones para quedar como una de las más típicas muestras de la literatura inglesa contemporánea, y una, también, de las más artísticas que se han escrito con la intención de que puedan servir, lo mismo para instructivo solaz de los niños, que para inofensivo regalo de personas mayores que sepan deleitarse viendo el fondo intencionado de lo que sólo parece dirigido á despertar juveniles imaginaciones y á mantener más ó menos viva su curiosidad. En la literatura de todo el mundo hay ya otras obras que son infantiles sólo por el aspecto, y que los hombres citan con respeto, porque quien las escribió demostró en ellas ser consumado artista, poeta y pensador. Yo espero que á la lista de esas obras las futuras historias de la literatura añadirán The Jungle Book de Rudyard Kipling, y que la única duda que se ofrecerá á los historiadores será la de si es una obra realmente escrita para niños ó una juguetona y sonriente serie de sátiras sociales encubiertas y de estupendas descripciones para personas mayores que tengan alma poética é inclinada á soñar en lo lejano, lo nuevo y lo raro. Esas tres cualidades reune la obra que presento al lector. Posee el prestigioso aroma de lo lejano y poco semejante á lo nuestro; la novedad, porque no es frecuente que un gran escritor nos dé una larga serie de narraciones para contarnos la fantástica y casi humana vida de las fieras en la India ó en otros apartados y más ó menos salvajes países; posee también la rareza, que, si para unos es cualidad, para otros es defecto; pero que saben apreciar en la justa medida los que comprenden que por debajo de ella corre, como fecundante río, la originalidad, signo de un cerebro fuerte y creador, incapaz de sujetarse á estrechos límites ni de seguir caminos trillados. La personalidad de Kipling no es de las que esperan modestamente que el beneplácito de los críticos les diga cómo y sobre qué deben escribir, sino de las que traen dentro de sí un mundo y lo van esparciendo á pedazos para que los demás aprendan algo que ignoraban ó que no pensaron nunca que pudiera ser tan bello iluminado á plena luz. Rudyard Kipling es de los reveladores, de los que llegan al alma de las cosas y sorprenden allí leyes y armonías de las que ve el poeta, y que si no son la verdad son una apariencia de ella, más hermosa, á veces, que la verdad misma. La literatura inglesa tiene más tendencia al cosmopolitismo que la nuestra. Viajan los ingleses mucho más que nosotros; como gente muy convencida de su fuerza, no temen que nadie les robe su propia personalidad, y así como muy fácilmente introducen en su lenguaje voces de idiomas extranjeros sin tomarse el trabajo de subrayarlas siquiera cuando las escriben, y sin esperar á que ninguna Academia de la Lengua (que no poseen) les dé permiso para ello, así también hallan especial encanto en que no sólo los libros de viajes les hablen de las más apartadas regiones del planeta que habitamos, sino, además, las obras del género novelesco, que satisfacen así mejor cierta innata sed de romanticismo que hay en el alma inglesa bajo la grave y fría, ó quizá mejor, serena, cubierta exterior. Son frecuentísimas las novelas inglesas de asunto extranjero; y en terreno tan bien preparado para el cultivo ha ido á sembrar Kipling sus narraciones de asunto indio, su gran especialidad, ó aquéllas en que intervienen principalmente marineros, soldados, tipos de aventureros de las colonias, etc., etc., gente, en suma, que nació muy lejos ó que muy lejos ha ido á parar con frecuencia en su vida, como al mismo autor le ocurre, aunque por distintos motivos. La India tiene, sin embargo, doble interés para los ingleses, porque al romántico júntase también el político. Del último carecerá en absoluto el lector español; pero, aun así, creo yo que si fuere niño leerá este libro con más interés, por lo general, que ciertos insustanciales cuentos de hadas, y si fuere hombre se sentirá agradablemente sorprendido ante el profundo conocimiento que de la vida de los animales muestra el autor; ante su habilidad en ponerlos en escena prestando á sus actos hondo valor psicológico; ante el poder de evocación de cosas que, sin duda, ha presenciado, ó el de imaginar las que no ha visto, aunque acerca de ellas posea datos propios ó ajenos, aquellos datos de primera mano que parecen ser privilegio de los naturalistas, de los hombres del campo, de los cazadores... de todos los que gozan de la doble vista que comunica el diario contacto con la naturaleza y son, como si dijéramos, los zahoríes de ella. Poned á cada uno de los animales de que nos habla el autor en esta obra un nombre humano, referid á nuestra propia vida no pocas de las escenas que él describe, y el literato, y el político, y el soldado, los hombres de todos los oficios y caracteres, se reconocerán á sí mismos en este libro, ó, si para ello les falta valor y sinceridad, reconocerán al vecino, sea amigo ó enemigo, y más si es lo segundo que lo primero. De mí sé decir que, con la sonrisa en los labios, porque hay aquí su parte de humorismo, me ha parecido algunas veces descubrir la más sorprendente semejanza entre algunos de los caballeros que andan por el mundo mostrando satisfechos su maldad ó su tontería y los que Kipling nos presenta haciendo con poca diferencia lo mismo. Y si á la vida literaria aplicáramos todo eso ¡oh! qué despiadada sátira contra los falsos dioses; los impotentes; los envidiosos; los que á sabiendas faltan á la verdad para que el efecto redunde en propia ventaja; los que chillan, se disputan y se exhiben como monos para que alguien se fije en ellos por lo que bullen, ya que no por lo que valen; los que como el chacal adulan sólo con la intención de sacar algo, y cuando nada consiguen devoran al adulado si la ocasión se ofrece; los que como el tigre (Shere Khan) se convierten en una especie de caciques de pueblo á quienes todo el mundo debe sumisión incondicional, ó pretenden ellos que se la debe, hasta que, al fin, viene un hombre verdaderamente libre y los manda enhoramala, y les arranca la piel para que sirva de lección á los que vengan detrás... ¡Y qué bello y significativo aquel tipo de Mowgli, que es, como de Segismundo dicen los versos de Calderón, «un hombre entre las fieras—y una fiera entre los hombres»! La idea de patria late en fiel fondo de esa figurilla de muchacho, y al mismo tiempo, y como burla burlando, infinidad de problemas de la educación, de la mezcla de razas, de la emigración... problemas que se ofrecen continuamente á los que por unas ú otras razones han hallado en el mundo más de una patria, ó así, al menos, se lo parece á ellos. ¡Y aquella manada de lobos que mata constantemente á su jefe cuando ya no le sirve, porque la edad le ha hecho poco apto para la caza!... ¿No os parece que se trata de políticos, artistas, literatos, pensadores, hombres en fin? Y hasta la foca que, por nacer blanca, constituye una excepción desagradable para su raza, y aun para su propia familia, y más cuando se le antoja reformar inveteradas tradiciones y descubrir nuevas tierras para los que se hallan ya perfectamente con las que poseen, sean buenas ó malas... ¿quién no la ha conocido á esa pobre foca blanca, ó quién con sólo hurgar en su propia conciencia no la ha descubierto allí muy escondida, por poco que no piense en todo como las mayorías, como las multitudes suelen pensar? Sería interminable la tarea de poner comentarios á este libro, que á mí me parece una gran fábula con que un escritor se venga de los que le han hecho sufrir, y el modesto papel de traductor me impone ciertos límites á los que he de procurar ajustarme, no sin dificultad. Los comentarios que yo no hago, los hará, seguramente, más de un lector que lea la obra como debe leerse la de un autor cuya gloria no necesita de más aplausos ni recomendaciones que los que hace años está acostumbrado á oir. Claro es que también ha oído censuras, unas debidas á la desigualdad que se nota á veces en sus trabajos, y otras á su imperialismo fogoso (de brutal lo ha calificado un poeta inglés), que si le ha hecho más popular en Inglaterra en época reciente, le ha convertido también en blanco de la prensa política en los países en que se combate encarnizadamente aquella tendencia. Acaso alguien espere que hable yo aquí largo y tendido de ese imperialismo de Kipling y que me detenga á combatirlo, como hacen otros, con ensañamiento, por sanguinario y poco escrupuloso. No voy á complacerles, porque no me preocupa eso tanto como á ellos. Los países fuertes han tenido siempre, en todas las épocas, tendencia á tratar de demostrar que el mundo les pertenece por derecho propio; así como los débiles han protestado, también siempre, en nombre de la justicia y del derecho. Pero pierde el tiempo quien crea que á las naciones les importa mucho la opinión ajena cuando tratan de engrandecerse é imponerse. Por otra parte: no debe inmiscuirse el lector de una obra literaria en averiguar si las ideas políticas del autor coinciden ó no con las suyas. Juzgue sobre la belleza ó fealdad de la obra que se le ofrece, y deje lo demás para otra ocasión, ó para que sea discutido en las columnas de la prensa á la que esto interesa. Rudyard Kipling, á pesar de lo mucho que lleva escrito y de su extensa reputación, es aun joven, pues nació en Bombay en 1865. Pasó allí con sus padres sus primeros años, hasta que le llevaron á Inglaterra dejándole con unos parientes para que se educara. Era sobrino del célebre pintor Burne Jones, y esto le facilitó el conocer á no pocas personalidades distinguidas, y entre ellas al famoso William Morris. Á los diez y siete años regresó á la India, y, gracias á la influencia de su padre, entró en el periodismo, al que se entregó con pasión y en el cual dejó buenos recuerdos. El padre de Kipling era también persona muy conocida y respetada: hábil dibujante, ilustró parte de las dos series de este mismo libro; fué profesor de la Escuela de Bellas Artes de Bombay, y estuvo encargado luego del Museo establecido por el Gobierno inglés en Lahore; publicó en 1891 una obra titulada «Fieras y hombres en la India», y no sería de extrañar que á su padre le debiera nuestro autor algunos de los conocimientos de que da fe The Jungle Book. Juan Lockwood Kipling es su nombre, y hay quien pretende, sin que yo pueda afirmarlo, que el de su hijo fué primitivamente José Rudyard Kipling, desapareciendo muy pronto el José y quedando al fin sólo el Rudyard, único que he visto mencionado en biografías suyas que conozco. Rudyard es intraducible: es uno de tantos nombres de pila que se usan en Inglaterra y que no recuerdan á un santo, sino al sitio en que nació el que lo lleva, ó únicamente al capricho de su familia. Rudyard Lake, en el Staffordshire, es el punto en que por primera vez vió el padre de Kipling á la que debía después ser su esposa, y el nombre de aquel lago quiso que se perpetuara, dándoselo á su hijo que, realmente, ha hecho que no se olvidara en el mundo. La reputación literaria de Kipling comenzó en la India, y allí, exclusivamente, publicó sus primeros libros, que iban de mano en mano entre los ingleses residentes en el país. En 1889 emprendió un viaje á Inglaterra, y, de vuelta del mismo, estuvo en el Japón y en la América del Norte, donde no halló un sólo editor para sus obras quien pocos años después había de verse solicitado por todos, y con ofrecimientos tan increíbles para nosotros como el de un chelín por cada palabra que escribiera formando parte de una de sus narraciones. Aquel mismo año se estableció en Londres, donde no tardó en hacerse popular. Desde entonces ha vivido unas veces en Inglaterra, otras en los Estados Unidos, y ha viajado mucho por África y Oceanía. En una visita que hizo á Nueva York, en 1899, enfermó gravemente, y los periódicos de más circulación de Londres publicaban hojas extraordinarias para dar cuenta de la marcha de la enfermedad, mientras los norteamericanos le dedicaban sus artículos de fondo y por las calles de Nueva York voceaban los vendedores de periódicos los números diciendo que contenían «las últimas noticias sobre Rudyard Kipling». Celebridad más rápida y completa pocas veces se ha visto. El Emperador de Alemania dijo entonces, en una carta que dirigió á la esposa del escritor, interesándose por la salud de éste, que era entusiasta admirador suyo, y que en él veía al cantor de los grandes hechos de «la raza común» que en el fondo forman ingleses y alemanes. La raza era entonces la que hablaba, y ha hablado siempre en los grandes entusiasmos por Kipling, que parecen inexplicables porque otros autores de valía no los despiertan con tanta facilidad en el público. La multitud había hallado su verbo y temía perderlo antes de tiempo. Kipling es un escritor fecundo. Trabaja mucho, con regularidad, y ha habido año en que ha publicado hasta siete libros. Quizá de ello se resienta su producción. Es, además de prosista, poeta y aun dibujante, habiendo escrito un tomo de cuentos para niños que está ilustrado por él mismo. Como poeta es muy popular, casi tanto como cuentista, y si puede discutirse su inspiración, es, en cambio, un versificador hábil que sabe producir efecto pulsando la cuerda sensible del patriotismo. Esa facilidad que tiene para versificar es, sin duda (además de ciertos ejemplos de Walter Scott), la que le induce muchas veces á entreverar en sus libros la prosa con el verso, no siempre con buen acuerdo, en mi humilde opinión. En este mismo libro, sus composiciones (que los niños pueden pasar por alto, si gustan) son, con frecuencia, alardes métricos, en los cuales dice lo que quiere y como quiere, jugando con las palabras y escribiendo lo que en España no se está generalmente acostumbrado á considerar como susceptible de ser poetizado. Traduzco estas poesías en verso, cuando así están escritas, porque éste creo que es mi deber, no por gusto, pues las dificultades que ofrece su adaptación á un idioma tan poco parecido al inglés como el castellano, son grandes, y, con frecuencia, casi invencibles[2]. Espero que el lector discreto se hará cargo de que no es fácil tarea la de hinchar un perro, como dijo Cervantes, y que no me achacará á mí más faltas que las que me correspondan, comprendiendo que ni la poesía inglesa de Kipling es como la de Zorrilla, Campoamor y Nuñez de Arce, ni mis pobres traducciones han de obrar milagros y hacer que lo que sea una imitación de la musa popular parezca lleno del mismo aroma al ser trasplantado aquí, y lo que imite al caprichoso y extraño poeta norteamericano Walt Whitman lo halle de perlas quien nunca haya leído en el original una línea de aquel poeta... sin rimas, ni leyes, ni grandes respetos humanos, autor que á los que no han visto mucho mundo... literario y creen que todas las razas han de ser como la suya les parece un loco; pero que á los más entendidos se les antoja un genio. No debemos los latinos medir con nuestro rasero á los pueblos septentrionales, porque ni ellos tienen nuestra ligereza, nuestro gusto é impresionabilidad, ni nosotros su fuerza incontrastable, fría, calmosa, audaz, poco amiga de detenerse ante ciertos reparos que paralizan á veces nuestra acción. Como libro útil para la educación de la voluntad en los niños yo no dudo en recomendar éste de un hombre de voluntad de hierro. De igual modo podría un médico prescribir un tónico y mucho ejercicio al aire libre á quien él viera que lleva en el rostro el sello de la anemia. Prólogo del autor Numerosas son las consultas á especialistas generosos que exige una obra como la presente, y el Autor faltaría, á todas luces, al deber que le impone el modo cómo aquéllas han sido contestadas, si dejaba aquí de hacer constar su gratitud para que tenga la mayor publicidad posible. Debe dar gracias, en primer término, al sabio y distinguido Bahadur Shah, elefante destinado á la conducción de bagajes, que lleva el número 174 en el libro de registro oficial de la India, el cual, junto con su amable hermana Pudmini, suministró con la mayor galantería la historia de Toomai el de los elefantes y buena parte de la información contenida en Los servidores de Su Majestad. Las aventuras de Mowgli fueron recogidas, en varias épocas y lugares, de multitud de fuentes, sobre las cuales desean los interesados que se guarde el más estricto incógnito. Sin embargo, á tanta distancia, el Autor se considera en libertad para dar las gracias, también, á un caballero indio de los de vieja cepa, á un apreciable habitante de las más altas lomas de Jakko, por su persuasiva aunque algo mordaz crítica de los rasgos típicos de su raza: los présbitas[3]. Sahi, sabio diligentísimo y hábil, miembro de una disuelta manada que vagaba por las tierras de Seeonee, y un artista conocidísimo en la mayor parte de las ferias locales de la India meridional, donde atrae á toda la juventud y á cuanto hay de bello y culto en muchas aldeas, bailando, puesto el bozal, con su amo, han contribuído también á este libro con valiosísimos datos sobre gentes, maneras y costumbres. De éstos se ha usado abundantemente en las narraciones tituladas: «¡Al tigre! ¡Al tigre!», «La caza de Kaa», y «Los hermanos de Mowgli». Deber de gratitud es igualmente para el Editor el confesar que el cuento «Rikki-tikki-tavi» es, en sus líneas generales, el mismo que le relató uno de los principales herpetólogos de la India septentrional, atrevido é independiente investigador que, resuelto «no á vivir, sino á saber,» sacrificó su vida al estudio incansable de la Thanatofidia oriental. Una feliz casualidad permitió al Autor, viajando á bordo del Emperatriz de la India, ser útil á uno de sus compañeros de viaje. Quienes leyeren el cuento «La foca blanca» podrán juzgar por sí mismos si no es éste espléndido pago á sus pobres servicios. Los hermanos de Mowgli Suelta á la noche Mang, el murciélago, tráela en sus alas Rann, el milano; ya en sus corrales las vacas duermen, de los corderos duerme el rebaño, tras las cerradas puertas se esconden porque hasta al alba libres vagamos. Ésta es la hora: fuerza y orgullo; garra afilada, silencio cauto. ¡Ya el grito suena! ¡Caza abundante para el que observa la ley que amamos! Canción nocturna en la selva. Eran las siete de una calurosa tarde en las colinas de Seeonee, cuando papá Lobo despertó de su sueño diurno, rascóse, bostezó y estiró las patas una tras otra para quitarse de encima la pesadez que en ellas sentía aún. Mamá Loba estaba echada, caído el grande hocico de color gris sobre sus cuatro vacilantes y chillones lobatos, mientras la luna brillaba á la entrada de la caverna donde todos ellos vivían. —¡Augr![4] dijo el lobo padre, ya es hora de volver á cazar. E iba á lanzarse por la ladera cuando una sombra, no muy grande y provista de espesa cola, atravesó el umbral y exclamó con plañidera voz: —¡Buena suerte, Jefe de los lobos, y que no sea peor la de tus nobles hijos! ¡Buenos dientes les crezcan, y que jamás se les olvide el tener hambre en este mundo! Quien así hablaba era el chacal (Tabaqui, el lameplatos), y los lobos en la India desprecian á Tabaqui porque anda siempre enredando de un lado á otro, metiendo chismes, comiendo andrajos y pedazos de cuero de los montones de basura que hay en las calles de los pueblos. Pero aunque le desprecien le temen, porque Tabaqui, más que nadie en la selva toda, tiene propensión á perder la cabeza, y entonces se olvida de que jamás haya tenido miedo y corre por la espesura mordiendo cuanto encuentra al paso. Hasta el tigre se esconde cuando Tabaqui se vuelve loco, porque la locura es lo más deshonroso que puede ocurrirle á un animal salvaje. Nosotros le damos el nombre de hidrofobia, pero ellos le llaman dewanee (la locura) y huyen al decirlo. —Bueno; entra y busca, dijo papá Lobo; pero te advierto que aquí no hay comida. —Para un lobo no, contestó Tabaqui, mas para un pobrecillo como yo hasta un hueso es exquisito banquete. ¿Quiénes somos nosotros, los Gidur-log (el pueblo chacal), para andar escogiendo? Dirigióse á toda prisa hacia el fondo de la caverna, donde halló un hueso de gamo con algo de carne adherida á él, y se puso á romperlo alegremente. —Muchísimas gracias por tan buena comida, dijo relamiéndose. ¡Qué hermosos son tus nobles hijos! ¡Qué ojos más grandes tienen! ¡Y á pesar de ser tan jovencitos! Por más que, verdaderamente, no debiera extrañarme, con sólo recordar que los hijos de los reyes son ya hombres desde que nacen. Excusado es decir que Tabaqui sabía, tan bien como cualquiera, que nada hay tan inoportuno como elogiar á los niños estando ellos delante, y que le divertía en extremo el ver en situación embarazosa, no sólo á mamá Loba, sino también al papá. Tabaqui se quedó inmóvil gozándose en el daño que había causado, y luego añadió con aire de despecho: —Shere Kan, el Grande, ha cambiado de cazadero. Durante la próxima luna cazará, según me ha dicho, en estas colinas. Shere Khan era el tigre que vivía cerca del río Wainganga, á cinco leguas de distancia. —No tiene ningún derecho á ello, dijo incomodado papá Lobo. Según la Ley de la Selva no puede cambiar de lugar sin advertirlo debidamente. Va á asustar á toda la caza en dos leguas y media á la redonda, y yo... yo he de trabajar doble en esos casos. —Por algo le llamó su madre Lungri (el Cojo), dijo mamá Loba en voz baja: es cojo de nacimiento. Por eso no ha podido matar nunca más que ganado. Ahora, los campesinos de Wainganga le persiguen, y se ha venido aquí á molestar á los nuestros. Revolverán la selva en busca de él cuando estará ya lejos, pero nosotros y nuestros hijos tendremos que huir cuando peguen fuego á la maleza. ¡Te aseguro que le estamos muy agradecidos á Shere Khan! —¿Queréis que se lo diga? contestó Tabaqui. —¡Fuera de aquí! replicó enfadado papá Lobo. ¡Fuera de aquí y vete á cazar con tu amo! Ya has hecho bastante daño por esta noche. —Ya me voy, dijo con suave tono Tabaqui. Desde aquí se oye á Shere Khan allá abajo, en la espesura. Podía haberme ahorrado el traeros la noticia. Púsose á escuchar papá Lobo, y en el valle que descendía hasta el río oyó el seco, rabioso, pérfido lamento que canturrea el tigre cuando no ha podido apoderarse ni de una sola pieza, y poco le importa ya que la selva toda se entere de ello. —¡Imbécil! exclamó papá Lobo. ¡Vaya un modo de comenzar el trabajo metiendo semejante ruido! ¿Si se figurará que nuestros gamos son como sus gordos bueyes de Wainganga? —¡Chist! No son bueyes ni gamos lo que caza esta noche, contestó mamá Loba. Lo que busca es el Hombre. El plañidero grito se había trocado ya en una especie de zumbante ronquido que parecía venir de todo el ámbito del país. Era aquel ruido especial que desconcierta á los leñadores y á toda la gente errante que duerme al raso, haciéndoles correr, á veces, tan desatentados que se arrojan en las mismas fauces del tigre. —¡El Hombre! dijo papá Lobo enseñando la doble hilera de blanquísimos dientes. ¡Faug! ¿Acaso no hay bastantes escarabajos y ranas en las cisternas, que ahora se le ocurre comer carne humana? ¡Y, por añadidura, en terreno nuestro! La Ley de la Selva, que nunca ordena algo sin tener motivos para ello, prohibe á toda fiera el comer Hombre, excepto en el caso de que ésta mate para enseñar á sus pequeñuelos á matar, y aun así es preciso que cace fuera del cazadero de su manada ó tribu. La verdadera razón que hay para disponerlo de esta suerte es que toda humana matanza significa, tarde ó temprano, la llegada de hombres blancos, montados en elefantes y armados de fusiles, en compañía de algunos centenares de hombres de color con gongos, cohetes y antorchas. Á todo el mundo en la selva le toca sufrir entonces. En cuanto á la razón que entre sí se dan las fieras, es que el Hombre es el más débil é indefenso de todos los seres vivientes, y no es digno de un cazador el poner mano en él. Dicen también (y es cierto), que los devoradores de hombres se vuelven sarnosos y pierden los dientes. El ronquido fué haciéndose más intenso y terminó, al fin, en el ¡Aaar! á plena voz que lanza el tigre en el momento en que ataca. Oyóse entonces un aullido (impropio de un tigre), lanzado por Shere Khan. —Ha errado el golpe, dijo mamá Loba. ¿Qué ocurre? Corrió hacia fuera papá Lobo, á la distancia de algunos pasos, y oyó á Shere Khan murmurando y gruñendo furiosamente, mientras se revoleaba entre la maleza. —Á ese estúpido se le ha ocurrido nada menos que saltar por encima del fuego de unos leñadores, y se le han quemado las patas, dijo papá Lobo gruñendo con malhumor. Tabaqui está allí, con él. —Algo sube por la colina, observó mamá Loba levantando una oreja. Prepárate. Crujieron levemente los matorrales en la espesura y papá Lobo agachóse, con el cuarto trasero junto á la tierra, pronto á dar el salto. Á haber estado allí en acecho, hubiérais visto entonces la cosa más estupenda de este mundo: el lobo se detuvo en el preciso momento de estar saltando. Brincó antes de haber visto contra qué se lanzaba, y, de pronto, trató de pararse. El resultado fué salir disparado en dirección vertical hasta un metro ó metro y medio de altura, volviendo á caer casi en el mismo sitio. —¡Un hombre! exclamó con disgusto. Un cachorro humano. ¡Mira! Frente á frente de él, apoyándose sobre una rama baja, erguíase, completamente desnudo, un niño moreno que apenas sabía andar: la cosa más mona y pequeña, más fina y regordeta que jamás se había presentado, de noche, ante la caverna de un lobo. Miró á éste cara á cara, y se rió. —¿Es esto un cachorro de hombre? dijo mamá Loba. Nunca he visto ninguno: tráelo. Acostumbrado á mover de un lado á otro sus propios pequeñuelos puede un lobo, si es preciso, llevar un huevo en la boca sin romperlo, y así, aunque se juntaron sobre la espalda del niño ambas quijadas de papá Lobo, ni un solo diente le arañó la piel, que apareció intacta al colocarle éste entre los lobatos. —¡Qué pequeño! ¡Qué desnudo! Y... ¡qué valiente! dijo con dulzura mamá Loba. El niño se abría paso por entre los cachorros para arrimarse al calor de la piel. ¡Ajá! Ahora come con los demás. De modo que éste es un cachorro de hombre ¿eh? Pues á ver si ha habido nunca lobo que pudiera vanagloriarse de contar uno entre sus hijos. —De eso he oído hablar algunas veces, pero nunca refiriéndolo á nuestra manada ni á mis tiempos, contestó papá Lobo. Está completamente desprovisto de pelo, y bastaría que lo tocara con el pie para matarlo. Pero observa: nos está mirando y ni siquiera tiene miedo. El resplandor de la luna, que penetraba por la boca de la caverna, quedó interceptado, de pronto, por la enorme cabeza cuadrada y por los hombros de Shere Khan que se asomaba á la entrada. Tabaqui, detrás de él, le decía con voz chillona: —¡Señor, señor, se ha metido aquí. —Shere Khan nos honra en extremo con su visita, dijo papá Lobo, mientras le desmentían sus iracundos ojos. ¿Qué desea Shere Khan? —Mi presa. Un cachorro humano ha pasado por aquí. Sus padres han huído. Dámelo. Shere Khan había saltado por encima de un fuego de leñadores, como dijo papá Lobo, y estaba furioso por el dolor de las quemaduras que tenía en las patas. Pero papá Lobo sabía perfectamente que la boca de la caverna era harto estrecha para que por ella pudiera pasar un tigre. Aun en el sitio donde Shere Khan estaba, sus hombros y patas delanteras tenían que encogerse penosamente, como le ocurriría al hombre que intentara pelearse con otro dentro de una cuba. —Los lobos son un pueblo libre, dijo papá Lobo. Obedecen las órdenes del Jefe de su manada, y no las de un pintarrajeado cazador de reses como tú. El cachorro de hombre es nuestro... para matarlo si se nos antoja. —¡Si se nos antoja! ¡Si se nos antoja! ¿Qué es eso de antojárseos ó no? ¡Por el toro que maté, que es cosa de preguntar hasta cuándo he de estar oliendo vuestra perruna guarida, para obtener lo que en justicia se me debe! ¡Soy yo, Shere Khan, el que os habla! Tronó por los ámbitos de la caverna el rugido del tigre. Mamá Loba separóse de los lobatos y se adelantó, fijando en los llameantes ojos de Shere Khan los suyos, semejantes á dos verdes lunas brillando en la oscuridad. —Y soy yo, Raksha (el Demonio), quien te contesta. El cachorro humano es mío, Lungri, mío y muy mío. No se le matará. Vivirá para correr junto con nuestra manada y para cazar con ella; y, al fin y al cabo, mire vuesa merced, señor cazador de desnudos cachorrillos... devorador de ranas... matador de peces..., al fin y al cabo, él será quien, á su vez, le cace. Con que ahora apártese, ó por el sambhur que maté (yo no como ganado hambriento), le aseguro, fiera chamuscada de estas selvas, que va á volver vuesa merced al regazo de su madre, más coja aún que al venir al mundo. ¡Márchese! Papá Lobo miró con aire estupefacto. Había casi olvidado ya aquellos tiempos en que ganó á mamá Loba en liza abierta contra otros cinco lobos, cuando ella tomaba parte en las correrías de la manada, y el llamarla el Demonio no era un mero cumplido. Shere Khan acaso hubiera desafiado á papá Lobo, pero no podía resistirse contra mamá Loba, porque sabía que, en el sitio en que se hallaban, todas las ventajas eran para ella, y que lucharía hasta morir. Retiróse, pues, refunfuñando, de la boca de la caverna, y cuando se vió libre, gritó: —¡Cada perro ladra en su cubil! Ya veremos lo que dice la manada respecto á eso de criar cachorros humanos. El cachorro es mío, y al fin vendrá á parar á mis dientes, ¡rabosos! ¡ladrones! Dejóse caer jadeante mamá Loba, entre sus lobatos, y díjole gravemente papá Lobo: —Mucho hay de verdad en lo que ha hablado Shere Khan. Es preciso enseñar á la manada el cachorro ese. ¿Persistes aún en guardártelo, mamá? —¡Guardarlo! contestó ella suspirando. Desnudo vino, de noche, sólo y hambriento, y, sin embargo, no tenía miedo. Mira: ha echado ya á un lado á uno de mis hijos. ¡Y ese carnicero cojo hubiese querido matarlo y escaparse después al Wainganga, mientras los campesinos, en venganza, venían aquí al ojeo en nuestros cubiles! ¡Guardarlo! ¡Vaya si lo guardaré! Acuéstate quietecito, renacuajo. Tiempo vendrá, Mowgli (porque Mowgli, la rana, le llamaré á vuesa merced en adelante), en que no sea el cazado por Shere Khan, sino quien le cace á él. —Pero ¿qué va á decir nuestra manada? dijo papá Lobo. La Ley de la Selva prescribe terminantemente que cualquier lobo, al casarse, puede retirarse de la manada á que pertenece; pero que, tan pronto como sus cachorros tienen edad suficiente para sostenerse de pie, debe llevarlos al Consejo de la manada, que se celebra una vez cada mes, al resplandor de la luna llena, con el fin de que los demás lobos puedan identificarlos. Después de esta inspección, los lobatos quedan en libertad para correr por donde quieran, y, hasta que no hayan matado el primer gamo, no se admite excusa alguna en favor del lobo de la manada que sea ya mayor y mate á alguno de aquéllos. La pena de muerte es el castigo que se da al asesino donde pueda hallársele; y, si pensáis sobre esto un momento, veréis que es, realmente, justo. Esperó papá Lobo á que sus cachorros pudieran corretear poco ó mucho, y entonces, la noche de la reunión de toda la manada, cogiólos, junto con Mowgli y con mamá Loba, y llevóselos á la Peña del Consejo, una cima cubierta de piedras y guijarros, donde podían ocultarse un centenar de lobos. Akela, el enorme y gris Lobo Solitario que había llegado á ser jefe de la manada gracias á su fuerza y habilidad, estaba echado cuan largo era sobre su peña, y más abajo se sentaban unos cuarenta lobos de todos tamaños y colores, desde los veteranos de color de tejón que podían habérselas á solas con un gamo, hasta los de tres años de edad que sólo presumían que habían de poder. El Lobo Solitario los guiaba á todos desde hacía un año. Dos veces había caído en una trampa allá en su juventud, y otra había sido apaleado hasta darlo ya por muerto: bien sabía, pues, los usos y costumbres de los hombres. Muy poco se habló en la reunión de la Peña. Los lobatos tropezaban unos con otros, cayéndose, en el centro del círculo donde sus respectivos padres y madres se sentaban, y de vez en cuando un lobo anciano se dirigía silenciosamente hacia uno de los cachorros, lo miraba con gran atención, y se volvía á su sitio sin producir el menor ruido. De pronto empujaba una madre su lobato hacia la luz de la luna para tener la seguridad de que no había pasado inadvertido. Desde su peña, Akela gritaba: «Ya sabéis lo que dice la Ley; ya lo sabéis. ¡Mirad bien, lobos!» Y las ansiosas madres repetían: «¡Mirad! ¡Mirad bien, lobos!» Al fin (y en aquel momento se le erizaron á mamá Loba todos los pelos del cuello), empujó papá Lobo á «Mowgli, la rana», como le llamaban, hacia el centro, donde se sentó, riendo y jugando con algunos guijarros que la luz de la luna hacía brillar. Akela, sin levantar la cabeza, que tenía puesta sobre las patas, continuó con su monótono grito: «¡Mirad bien!» Sordo rugido se elevó por detrás de las rocas; era la voz de Shere Khan que gritaba á su vez: —El cachorro es mío, dádmelo. ¿Qué tiene que ver el Pueblo Libre con un cachorro humano? Akela no movía ni las orejas. No hizo más que decir: —¡Mirad bien, lobos! ¿Qué tiene que ver el Pueblo Libre con los mandatos de cualquiera que no sea el mismo Pueblo? ¡Miradlo bien! Alzóse un coro de gruñidos, y un lobo joven, de unos cuatro años, recogió la pregunta de Shere Khan, dirigiéndose otra vez á Akela: —¿Qué tiene que ver el Pueblo Libre con un cachorro humano? Ahora bien: la Ley de la Selva prescribe que, en el caso de disputársele á un cachorro el derecho á ser admitido por la manada, han de defenderle por lo menos dos de los miembros de ésta, que no sean su padre ó su madre. —¿Quién habla en favor de este cachorro? dijo Akela. ¿Quién, que pertenezca al Pueblo Libre, habla en favor suyo? Nadie contestó, y mamá Loba preparóse para lo que ya sabía ella que sería su última pelea, si al terreno de la lucha era preciso llegar. Entonces, el único animal de otra especie á quien se le permite tomar parte en el Consejo de la manada, Baloo, el soñoliento oso pardo, que enseña á los lobatos la Ley de la Selva, el viejo Baloo que puede ir y venir por donde se le antoja porque no come más que nueces, raíces y miel, se levantó en dos patas y gruñó. —¿El cachorro humano...? dijo. Yo hablo en favor del cachorro. Ningún mal puede hacernos. No poseo el don de la palabra, pero digo la verdad. Dejadle correr con la manada, y contadlo como uno de tantos. Yo mismo le enseñaré. —Necesitamos ahora que hable otro, dijo Akela. Baloo lo ha hecho ya, y él es el maestro de nuestros lobatos. ¿Quién toma la palabra además de él? Una sombra negra deslizóse hacia el círculo. Era Bagheera, la pantera negra, de un negro de tinta toda ella, pero con marcas en la piel, propias de la pantera, que según como les daba la luz parecían las aguas que llevan en la trama ciertas sedas. Todo el mundo conocía á Bagheera, y nadie gustaba de atravesarse en su camino, porque era tan astuta como Tabaqui, tan atrevida como el búfalo salvaje y tan sin freno como el elefante herido. Pero, con todo eso, tenía una voz suave como la miel silvestre que gota á gota se desprende de un árbol, y piel más fina que plumón. —¡Akela, dijo como susurrando, y vosotros, Pueblo Libre! Yo no tengo derecho á mezclarme en vuestra asamblea; pero la Ley de la Selva dice que si alguna duda ocurre, que no sea relativa á alguna muerte, respecto á un nuevo cachorro, la vida de éste puede comprarse mediante un precio estipulado. Y la Ley no dice quién puede, ó no, pagar este precio. ¿Estoy en lo cierto? —¡Bien, bien! dijeron los lobos más jóvenes, hambrientos siempre. ¡Que se oiga á Bagheera! El cachorro puede comprarse mediante un precio estipulado. La Ley lo dice. —Como sé que no tengo derecho á hablar aquí, pido, para hacerlo, vuestro permiso. —¡Habla, pues! gritaron á la vez veinte voces. —Matar á un cachorro desnudo es una vergüenza. Por otra parte, puede seros muy útil en la caza cuando sea mayor. Baloo ha hablado ya en su defensa. Pues bien: á lo que él ha dicho añadiré yo la oferta de un toro, gordo, acabado de matar, á poca distancia de aquí, si aceptáis al cachorro humano, de acuerdo con lo que dice la Ley. ¿Tenéis algo qué objetar? Levantóse un clamor de docenas de voces que decían: —¡Qué importa! ya se morirá cuando lleguen las lluvias del invierno. Ya le abrasarán vivo los rayos del sol. ¿En qué puede perjudicarnos una rana desnuda, como ésta? Dejadle que se junte á la manada. ¿Dónde está el toro, Bagheera? Aceptémoslo. Y entonces se oyó el profundo ladrido de Akela que decía: —¡Miradlo bien, miradlo bien, lobos! Tan entretenido estaba Mowgli en jugar con los guijarros que no observó el acercársele de los lobos uno por uno y mirarle atentamente. Al fin, descendieron todos de la colina, en busca del toro muerto, exceptuando únicamente Akela, Bagheera, Baloo y los lobos de Mowgli. Shere Khan rugía aún? entre las sombras de la noche, rabioso por no haber logrado que le entregaran á Mowgli. —¡Sí! ¡Ruge, ruge cuanto quieras! díjole Bagheera en sus propias barbas: ó yo no sé nada de lo que son hombres, ó vendrá día en que esa cosa que está ahí tan desnuda le hará á vuesa merced rugir en muy distinto tono. —Bien hemos hecho, dijo Akela. Los hombres y sus cachorros saben mucho. Con el tiempo podría ayudarnos. —Verdaderamente... Puede ser nuestro apoyo en caso de necesidad; porque nadie es capaz de forjarse la ilusión de ser siempre director de la manada, dijo Bagheera. Akela no contestó. Pensaba en aquel tiempo que llega, al fin, para todo jefe de manada, en que las fuerzas le abandonan, en que se halla más débil cada día, hasta que, al cabo, lo matan los otros lobos, y viene un nuevo jefe á ocupar su puesto... para que lo maten también, cuando le toca el turno. —Llévatelo, dijo á papá Lobo, y adiéstralo en cuanto debe saber quien pertenece al Pueblo Libre. Y así fué como Mowgli entró á formar parte de la manada de lobos de Seeonee, siendo un toro el precio pagado por su vida, y Baloo su defensor. Ahora, contentaos con saltar diez ú once años y con adivinar lo estupenda que sería la vida de Mowgli entre los lobos, porque, á tener que escribirla, sabe Dios los libros que llenaría. Creció junto con los lobatos, aunque, naturalmente, ellos eran ya lobos hechos y derechos, antes de que hubiera salido él de la primera infancia, y papá Lobo le enseñó su oficio y el significado de cuanto en la selva había, hasta que cada crujido bajo la yerba; cada soplo del tibio aire de la noche; cada nota lanzada por el buho sobre su cabeza; cada ruido que producen los murciélagos, arañando, al descansar por un momento en un árbol; cada rumor que causa el pececillo al saltar en una balsa, significaron para él tanto como el trabajo de su oficina significa para el hombre de negocios. Cuando no aprendía algo se sentaba á tomar el sol ó dormía, y luego á comer y á dormir de nuevo; cuando sentía necesidad de limpieza, ó le molestaba el calor, se iba á nadar en las lagunas del bosque; en fin, cuando necesitaba miel (Baloo le había dicho que miel con nueces era comida tan delicada como la carne cruda), se encaramaba á los árboles para buscarla, y quien le enseñó á hacer esto fué Bagheera. Tendíase la pantera sobre una rama y le llamaba diciendo: «Ven acá, Hermanito,» y al principio Mowgli se agarraba torpemente, como el perezoso; mas luego saltaba por entre las ramas, de una á otra, con todo el aplomo de un mono gris. Ocupó, también, su puesto en el Consejo de la Peña, al reunirse la manada, y allí descubrió que mirando fijamente á un lobo le obligaba á bajar los ojos, lo que fué causa de que lo hiciera á menudo por mera diversión. Otras veces arrancaba de la piel de sus amigos las largas espinas que se les clavaban en ella; porque los lobos sufren horriblemente con las espinas y cadillos que se les quedan entre las lanas. Descendía también por la ladera de la colina, en plena noche, hasta llegar á las tierras de cultivo, y miraba curiosamente á los campesinos en sus chozas; pero desconfiaba de ellos, porque Bagheera le había enseñado una caja cuadrada con una puerta que se hundía al pisarla, y con tanta habilidad colocada entre la maleza que casi cayó él dentro. Bagheera le dijo que era una trampa. Nada fué tan de su gusto como perderse con la pantera por entre las tibias profundidades del bosque, dormir durante todo el pesado día, y contemplar por la noche cómo Bagheera se dedicaba á la caza. Mataba ella á diestro y siniestro según su apetito, y lo mismo hacía Mowgli, con una sola excepción. En cuanto tuvo suficiente edad para hacerse cargo de las cosas, Bagheera le dijo que se abstuviera de poner mano en cabeza alguna de ganado, porque su propia vida había sido rescatada mediante la entrega de un toro. —Tuyo es cuanto hay en la selva, díjole Bagheera, y puedes matar todo lo que tus fuerzas te permitan; pero, por la memoria del toro que sirvió para comprar tu vida, no has de poner mano nunca en res alguna, ni aun para comerla, sea joven ó vieja. Esto es lo que prescribe la Ley de la Selva. Mowgli obedeció estrictamente lo que se le mandaba. Y creció, creció tan fuerte como debe de crecer el niño que no ha de preocuparse en estudiar las lecciones que por modo natural aprende, y para quién no hay otros cuidados que el de procurarse comida. Una ó dos veces díjole mamá Loba que desconfiara de Shere Khan, y que un día ú otro tendría que matarlo; pero, si un lobato se hubiera acordado de este consejo á cada momento, Mowgli lo olvidó por completo, como niño que era... aunque indudablemente él se hubiera calificado á sí mismo de lobo á haber podido hablar en lengua alguna de las que usan los hombres. Continuamente Shere Khan le salía al paso, porque como Akela se hacía ya viejo y perdía fuerzas cada día, el tigre cojo había llegado á tener gran amistad con los lobos más jóvenes de la manada que le seguían para recoger sus sobras, cosa que Akela no hubiera nunca tolerado á haberse atrevido á ejercer su autoridad llevándola hasta el extremo. En tales ocasiones, Shere Khan les halagaba manifestándose sorprendido de que tan jóvenes y excelentes cazadores se dejaran guiar por un lobo que estaba ya medio muerto y por un cachorro humano. —Cuéntanme, les decía Shere Khan, que al hombrecito no os atrevéis á mirarle en los ojos cuando os reunís en el Consejo. Y los lobos le contestaban gruñendo, erizado el pelo. Bagheera, que parecía estar en todas partes viéndolo y oyéndolo todo, llegó á saber algo de esto, y más de una vez le explicó á Mowgli, en pocas palabras, que Shere Khan había de matarle algún día; á lo que Mowgli contestaba riéndose: —Cuento con la manada y contigo; y hasta Baloo, con toda su pereza, no dejaría de dar algunos golpes en mi defensa. ¿Á qué inquietarme, pues? Un día en que el calor era extremado, ocurriósele á Bagheera una nueva idea, nacida de algo que había oído. Tal vez á Ikki, el puerco espín, debía la noticia, pero ello fué que dijo á Mowgli, cuando ambos estaban en lo más profundo de la selva, y mientras el muchacho reclinaba la cabeza sobre la hermosa, negra piel de Bagheera: —¿Cuántas veces te he dicho, Hermanito, que Shere Khan es enemigo tuyo? —Tantas como frutos tiene esta palmera, contestó Mowgli que, naturalmente, no sabía contar. ¡Bueno! ¡Y qué! tengo sueño, Bagheera, y Shere Khan no tiene más que mucha cola y muchas palabras... como Mao, el pavo real. —No es ésta hora de dormir. Baloo sabe lo que te digo; lo sabe la manada, y sábenlo hasta los infelices, los simplícisimos ciervos. Á tí mismo, además, te lo ha dicho Tabaqui. —¡Oh! contestó Mowgli. Vínome, no ha mucho, con impertinencias de que si yo era un desnudo cachorro de hombre y que no servía ni para desenterrar raíces; pero lo cogí por la cola y le dí contra una palmera un par de veces para enseñarle á tener mejores modales. —¡Valiente tontería! Porque aunque Tabaqui es un chismoso, te hubiera dicho algo que te interesa mucho. ¡Abre esos ojos, Hermanito! Shere Khan no se atreve á matarte en la selva; pero acuérdate de que Akela es ya muy viejo, y no tardará en llegar el día en que le será imposible cazar un sólo gamo. Ese día dejará de ser jefe. Muchos de los lobos que te admitieron cuando fuíste presentado al Consejo son ya viejos también, y los jóvenes creen, porque así se lo ha enseñado Shere Khan, que un cachorro humano no tiene derecho á estar en la manada. Dentro de poco serás ya un hombre. —¿Qué es, pues, un hombre, que no puede juntarse con sus hermanos? dijo Mowgli. En la selva nací; su Ley he obedecido, y no hay un sólo lobo, entre los nuestros, de cuyas patas no haya yo arrancado alguna espina. ¿Cómo dudar de que son mis hermanos? Tendióse Bagheera cuan larga era, y, con los ojos medio cerrados, dijo: —Toca ahí, Hermanito, bajo mi quijada. Levantó Mowgli su áspera y tostada mano, y debajo mismo de la sedosa barbilla de Bagheera, donde los enormes y rodantes músculos quedaban ocultos por el luciente pelo, halló un espacio raído. —Nadie, en toda la extensión de la selva, sabe que yo, Bagheera, tenga esta marca... la marca que deja el collar; y, sin embargo, Hermanito, yo nací entre los hombres, y entre ellos murió mi madre... en las jaulas del Palacio Real, en Oodeypore. Este fué el motivo que me indujo á pagar por tí el precio convenido en el Consejo cuando no eras más que un desnudo cachorrillo. Sí, también yo nací entre los hombres. La selva era desconocida para mí. Alimentábanme en gamellas de hierro tras los barrotes de la jaula, hasta que una noche despertó en mí el sentimiento de que yo era Bagheera, la pantera, y no un juguete para diversión de los hombres, y entonces rompí de un zarpazo el estúpido cerrojo y me escapé; y precisamente porque había aprendido las costumbres de los hombres llegué á infundir en la selva más terror que Shere Khan. ¿No es cierto? —Sí, dijo Mowgli: todos en la selva temen á Bagheera..., todos, excepto Mowgli. —¡Oh!... Tú eres un cachorro humano, dijo con gran ternura la pantera negra, y del propio modo que yo he vuelto á mi selva, así debes tú volver, al fin, á donde están los hombres... los hombres que son tus hermanos. Esto, si no te matan antes en el Consejo. —Pero ¿por qué? ¿Por qué ha de querer nadie matarme? dijo Mowgli. —Mírame, contestóle Bagheera. Y Mowgli la miró fijamente en los ojos. La enorme pantera volvió, al cabo de algunos momentos, la cabeza. —Por esto, dijo mudando de posición una de sus patas y colocándola sobre un lecho de hojas. Hasta á mí me es imposible mirarte en los ojos, y eso que yo nací entre los hombres, y te quiero, Hermanito. Los otros te odian porque su mirada no puede resistir el choque de la tuya; porque eres sabio; porque has arrancado espinas de sus patas... porque eres un hombre. —No sabía nada de eso, contestó con aspereza Mowgli, arrugando las negras y pobladas cejas. —¿Cuál es la Ley de la Selva? Pega primero y avisa después. Hasta por tu propio descuido conocen que eres un hombre. Pero sé prudente. Me da el corazón que en cuanto á Akela se le escape el primer gamo sobre el cual se arroje (y cada día va haciéndosele más difícil el apoderarse de los gamos que persigue), la manada se pondrá en contra de él y de tí. Celebraráse un Consejo de la Selva en la Peña, y entonces... y entonces... Ya tengo una idea, dijo Bagheera levantándose de un salto. Vete inmediatamente á donde los hombres tienen sus chozas, allá en el valle, y coge una parte de la Flor Roja que allí cultivan, á fin de que en el momento oportuno puedas contar con un apoyo más fuerte que yo, ó que Baloo, ó los que bien te quieren en la manada. Anda, ve á buscar la Flor Roja. Lo que Bagheera quería significar al hablar de la Flor Roja era el fuego; pero no hay en toda la selva ser viviente que quiera llamar al fuego por su nombre. Sienten ante él todas las fieras un miedo mortal, é inventan cien maneras diferentes de describir lo que tal pavor les causa. —¿La Flor Roja? dijo Mowgli. Es la que á la hora del crepúsculo crece fuera de las chozas. Yo la cogeré. —Así deben hablar los cachorros de los hombres, dijo Bagheera con orgullo. Acuérdate de que la flor crece en unas macetas pequeñas. Arrebatas una y la guardas para cuando llegue la hora en que puedas necesitarla. —¡Bueno! dijo Mowgli. Allá voy. Pero ¿estás segura, ¡Bagheera mía! (y al decir esto le deslizó un brazo en torno del espléndido cuello y la miró profundamente en los grandes ojos), estás segura de que todo esto es obra de Shere Khan? —Por el Cerrojo que me dió la libertad, te aseguro que sí, Hermanito. —Pues, entonces, por el Toro que sirvió para comprar mi vida, te prometo que voy á saldar mis cuentas con Shere Khan, y es posible que le pague aun algo más de lo que le debo. Al decir esto salió disparado. —He aquí á un hombre... todo un hombre, dijo, entre sí, Bagheera, tendiéndose en el suelo nuevamente. ¡Ah, Shere Khan, nunca te metiste en más funesta cacería que en la de esta rana, diez años atrás! Mowgli había ido alejándose por el interior del bosque, á todo correr, ardiéndole el corazón en el pecho. Llegó á la cueva á la hora en que comenzaba á elevarse la niebla vespertina, paróse para tomar aliento, y miró hacia el fondo del valle. Los lobatos habían salido, pero mamá Loba, desde las profundidades de la caverna, conoció por el modo de respirar que algo le pasaba á su rana. —¿Qué hay, hijo? exclamó. —Charlatanismos, propios de murciélago, de ese Shere Khan, respondió Mowgli. Esta noche cazo en terreno labrantío, añadió, y enseguida hundióse entre los arbustos, dirigiéndose hacia el sitio por donde corrían las aguas en el fondo del valle. Detúvose allí porque oyó los salvajes alaridos de la cacería en que se hallaba la manada; el mugido del sambhur cuando le persiguen; el resoplar del gamo que se ve acorralado. Entonces resonó un coro de perversos é insultantes aullidos que partían de los lobos más jóvenes: —¡Akela! ¡Akela! Dejad que el Lobo Solitario muestre su fuerza, decían. ¡Paso al Jefe de la manada! ¡Salta, Akela! El Lobo Solitario debió de saltar, sin duda, equivocando el golpe, porque Mowgli oyó el castañeteo de los dientes y luego una especie de ladrido cuando el sambhur le hizo rodar por el suelo empujándole con las patas delanteras. No esperó ya más para ver lo que sucedía. Siguió adelante, y los gritos fueron oyéndose cada vez más débiles á medida que se alejaba en dirección á las tierras de labor, en las cuales vivían los campesinos. —Bagheera estaba en lo cierto, dijo resollando fuerte, mientras se arrellanaba sobre unos forrajes que halló bajo la ventana de una choza. Mañana será un día importante para Akela y para mí. Pegó, entonces, la cara á la ventana, y miró el fuego que ardía en el suelo. Vió á la mujer del labriego levantarse y arrojar, por la noche, sobre las llamas, unos pedazos de algo negro; y al llegar la mañana, cuando todo estaba envuelto en blanca y fría neblina, vió á un rapaz, hijo del campesino, coger una especie de maceta de mimbres, enjalbegada interiormente con tierra, llenarla de encendidas brasas, colocarla bajo una manta, y salir para cuidar de las vacas en el establo. —¿Y esto es todo? dijo Mowgli. Si un cachorro como éste puede hacerlo, entonces nada hay que temer. Dobló la esquina de la casa, corrió hacia el muchacho, le arrebató aquélla especie de maceta y desapareció con ella entre la niebla, mientras el chico se quedaba chillando atemorizado. —Mucho se me parecen, dijo Mowgli, soplando en la maceta, como había visto que la mujer hacía. Esto se me va á morir si no lo alimento, añadió. Y comenzó á arrojar ramitas de árbol y cortezas secas sobre aquella materia de un rojo tan vivo. Hacia media colina hallóse con Bagheera, cuya piel, con el rocío matinal, parecía salpicada de piedras preciosas. —Akela ha errado el golpe; dijo la pantera. Á no haber sido porque te necesitaban también á tí, lo hubieran muerto ayer noche. En busca tuya fueron á la colina. —Yo andaba, entonces, por las tierras de labor. Ya estoy listo. ¡Mira! Y Mowgli levantó la especie de maceta llena de fuego. —¡Bien! Ahora falta otra cosa: yo he visto á los hombres arrojar una rama seca sobre esto, y al poco rato la Flor Roja se abría al extremo de la rama. ¿No tienes miedo de hacer otro tanto? —No. ¿Por qué he de tenerlo? Recuerdo ahora (si no es todo ello un sueño) como, antes de ser lobo, me acosté junto á la Flor Roja, hallándola caliente y agradable. Todo el día lo pasó Mowgli sentado en la caverna, cuidando de su maceta y metiendo en ella ramas secas, para ver el efecto que producían después. Halló una á su gusto, y, al anochecer, cuando Tabaqui llegó á la cueva y le dijo, con harta rudeza, que le necesitaban en el Consejo de la Peña, se estuvo riendo hasta que Tabaqui echó á correr. Entonces se dirigió hacia el Consejo, pero riéndose aún. Akela, el Lobo Solitario, estaba echado junto á su roca, como signo de que la jefatura de la manada se hallaba vacante, y Shere Khan, con su cohorte de lobos ahitos de sus sobras, paseábase de un lado á otro con aire resuelto y satisfecho. Bagheera estaba echada junto á Mowgli, y éste tenía, entre las piernas, la maceta del fuego. Cuando estuvieron todos reunidos, Shere Khan empezó á hablar, lo que jamás se hubiera atrevido á hacer en los buenos tiempos de Akela. —No tiene derecho á esto, murmuró Bagheera. Díselo. Ese es de casta de perro: verás como se atemoriza. Mowgli púsose en pie. —¡Pueblo libre! gritó, ¿es, acaso, Shere Khan quien dirige la manada? ¿Qué tiene que ver un tigre con nuestra jefatura? —Viendo que el puesto está vacante, y habiéndoseme suplicado que hablara... comenzó á decir Shere Khan. —¿Quién lo ha suplicado? ¿Por ventura nos hemos vuelto todos chacales para estar adulando á este carnicero, matador de reses? La jefatura de la manada pertenece exclusivamente á miembros de la manada misma. Oyéronse feroces aullidos que significaban: —¡Silencio, cachorro de hombre! —Dejadle hablar. Ha observado fielmente nuestra Ley. Al fin los ancianos de la manada gritaron con voz tonante: —¡Dejad que hable el Lobo Muerto! Cuando un jefe de la manada ha errado el golpe en la caza, dejando de matar á la pieza que perseguía, recibe el nombre de Lobo Muerto en todo lo que le queda de vida, que no es mucho por regla general. Akela levantó con aire de fatiga la cabeza en que la vejez había impreso su sello: —¡Pueblo Libre, dijo, y vosotros también, chacales de Shere Khan! Durante doce estaciones os he llevado á la caza, y de ella os he vuelto sin que ni uno de vosotros cayera en trampa alguna ó quedara inutilizado. Ahora he errado el golpe. Bien sabéis cómo vosotros mismos me llevasteis á atacar á un gamo que no había sido corrido previamente, para que así se viera más clara mi debilidad. Hábiles han sido vuestros manejos. Tenéis derecho á matarme ahora mismo, aquí, en el Consejo de la Peña. Por lo tanto no pregunto más que esto: ¿quién es el que va á quitar la vida al Lobo Solitario? Porque también á mí me asiste otro derecho, según la Ley de la Selva: el de exigir que os acerquéis á mí uno á uno. Reinó entonces prolongado silencio, porque á ningún lobo le parecía muy agradable el tener un duelo á muerte con Akela. De pronto Shere Khan rugió: —¡Bah! ¿Qué nos importa lo que diga ese viejo chocho y sin dientes? ¡No tardará en morirse! El hombrecito ese es quien ha vivido ya demasiado... ¡Pueblo Libre! Mi presa fué desde el primer día: dádmelo. Cansado estoy ya de ese loco empeño de hacer de él un hombre-lobo. Durante diez estaciones no ha hecho más que molestar á todo el mundo en la Selva. Dadme á ese hombrecito, ó de lo contrario os prometo que he de cazar siempre aquí y no he de daros ni un solo hueso. El es un hombre, un chiquillo de los que los hombres tienen, y yo le odio hasta los tuétanos. Entonces, más de la mitad de los lobos que formaban la manada aulló: —¡Un hombre! ¡Un hombre! ¿Qué tiene que ver con nosotros hombre alguno? ¡Qué se vaya con los suyos! —¿Y que vaya á alzar contra vosotros á toda la gente de los pueblos? No: dádmelo á mí. Es un hombre, y ninguno de nosotros puede mirarle de hito en hito en los ojos. Akela levantó de nuevo la cabeza y dijo: —De lo nuestro ha comido; con nosotros durmió hasta hoy; nos ha proporcionado caza; nada ha hecho que sea contrario á la Ley de la Selva... —Además, yo pagué por él un toro cuando se le aceptó. Poco vale un toro; pero el honor de Bagheera es algo por lo cual acaso esté dispuesta á pelearse, dijo la pantera con voz que suavizó cuanto pudo. —¡Un toro que fué pagado diez años atrás! gruñeron entre dientes los lobos de la manada. ¡Qué nos importan unos huesos roídos hace ya diez años! —¿O, mejor, qué os importa una promesa? dijo Bagheera mostrando sus blancos dientes por debajo del labio. ¡Bien os sienta ese nombre de Pueblo Libre! —Un cachorro humano no puede juntarse con el Pueblo de la Selva, rugió Shere Khan. ¡Entregádmelo! —Por todo es nuestro hermano, excepto por la sangre, siguió diciendo Akela. ¡Y vosotros quisierais matarle aquí! En verdad que harto he vivido. Algunos de vosotros se alimentan de ganado, y de otros he oído decir que, bajo la dirección de Shere Khan, van de noche, protegidos por la oscuridad, á robar niños á las mismas puertas de las aldeas. De ello deduzco que sois cobardes, y que á cobardes estoy hablando. Cierto que he de morir, y mi vida carece ya de valor, mas, á tenerlo, yo la ofrecería en lugar de la del hombrecito. Pero por el honor de la manada (una bagatela de la cual os habéis olvidado desde que estáis sin jefe), yo os prometo que, si dejáis á ese hombre-cachorro volver con los suyos, no he de enseñaros los dientes cuando me llegue la hora de morir. Esperaré la muerte sin resistencia. Lo menos tres vidas se ahorrarán así. No puedo hacer más; pero si asentís á lo que os digo, no pasaréis por la vergüenza de matar á un hermano que ningún delito ha cometido... un hermano cuya vida fué defendida y comprada, de acuerdo con la Ley de la Selva, cuando se le incorporó á nuestra manada. —¡Es un hombre... un hombre... un hombre! gruñeron los lobos, y la mayor parte de ellos comenzó á agruparse en torno de Shere Khan, que se azotaba los ijares con la cola. —En tus manos está ahora el asunto, dijo Bagheera á Mowgli. Ni tú ni yo podemos hacer ya más que luchar contra todos. Púsose Mowgli en pie llevando entre las manos la maceta del fuego. Estiró los brazos y bostezó mirando hacia el Consejo; pero estaba loco de ira y de pena al ver que los lobos, procediendo como lo que eran, le habían ocultado siempre el odio que por él sentían. —¡Escuchadme! gritó. Ninguna necesidad hay de que estéis aquí charlando como si fuerais perros. Tantas veces me habéis dicho ya esta noche que soy un hombre (y en verdad que, por mi gusto, hubiera sido un lobo hasta el fin de mi vida), que empiezo á comprender que estáis en lo cierto. En adelante, no os llamaré ya hermanos míos, sino sag (perros) como os llamaría un hombre. Lo que haréis, ó dejaréis de hacer, no sois vosotros los llamados á decirlo. Asunto es éste que me corresponde á mí; y para que podáis haceros cargo de él más claramente, yo, el hombre, he traído aquí una pequeña porción de la Flor Roja que tanto os atemoriza á vosotros, como perros que sois. Arrojó al suelo la maceta del fuego, y algunas de las brasas prendieron en un montón de seco musgo, que ardió al punto, mientras todo el Consejo retrocedía aterrorizado al ver elevarse las llamas. Lanzó Mowgli sobre el fuego la rama que llevaba, y cuando ésta se encendió chisporroteando, comenzó á agitarla rápidamente por encima de los acobardados lobos. —Ya no hay aquí más amo que tú, dijo Bagheera en voz baja. Salva la vida á Akela: fué siempre tu amigo. Akela, el serio y ya viejo lobo que en su vida había pedido á nadie misericordia, dirigió á Mowgli una triste mirada, mientras éste se erguía completamente desnudo, la larga y negra cabellera caída sobre los hombros, iluminado por las llamas de la encendida rama que agitaba las sombras y las hacía temblar. —¡Bueno! dijo Mowgli tendiendo pausadamente la mirada en torno suyo. Veo que no sois más que unos perros. Os dejo para irme con mi gente... si hay en el mundo semejante cosa. La selva es desde hoy campo vedado para mí, y es fuerza que olvide vuestra amistad; pero voy á mostrarme más generoso que vosotros: por la sola razón de que, exceptuando el ser hermano por la sangre, yo lo he sido todo para vosotros, os prometo que, cuando sea un hombre entre los hombres, no he de haceros traición, como vosotros me la habéis hecho á mí. Dió al fuego un puntapié, y el aire se llenó de chispas. —No habrá guerra, prosiguió, entre nosotros. Pero antes de dejaros, he de solventar una deuda. Dirigióse á grandes pasos hacia el sitio donde Shere Khan estaba sentado sobre sus patas, parpadeando con aire atontado al mirar las llamas, y cogióle por el puñado de pelo que tenía bajo la barba. Bagheera siguió á entrambos, en previsión de lo que pudiera ocurrir. —¡Levántate, perro! gritó Mowgli. ¡Levántate cuando te habla un hombre, ó, de lo contrario, te abraso la piel! Shere Khan bajó las orejas hasta dejarlas como aplastadas sobre su cabeza, y cerró los ojos, porque vió muy cerca de él la rama ardiendo. —Ese cazador de reses dijo que me mataría en el Consejo, porque no pudo matarme cuando yo no era más que un cachorro. Así es como nosotros pagamos á los perros cuando llegamos á ser hombres. ¡Mueve no más que uno de tus bigotes, Lungri, y te hundo la Flor Roja en el gaznate! Pególe á Shere Khan en la cabeza con la rama, y el tigre gimoteó con plañidera voz, como agonizante de terror. —¡Bah! ¡Anda ahora, chamuscado gato de la Selva! Pero acuérdate de lo que te digo: cuando yo vuelva al Consejo de la Peña, como es bien que un hombre vuelva, será cubriendo mi cabeza con tu piel. Por lo demás, Akela queda en libertad de vivir, y del modo que mejor guste. No le mataréis, porque no es ésta mi voluntad. Ni pienso, tampoco, que vais á estar aquí más tiempo con la lengua colgando, como si fuerais algo más que perros que yo arrojo de este lugar... Por lo tanto ¡largo de ahí! Ardía furiosamente el extremo de la rama, y Mowgli comenzó á vapulear con ella, á derecha é izquierda, á los que formaban el círculo, con lo cual echaron á correr los lobos aullando, al sentir que las chispas les quemaban el pelo. No quedaron, al fin, más que Akela, Bagheera y unos diez lobos que se habían puesto del lado de Mowgli. Entonces sintió éste en su interior una pena como jamás la había experimentado antes, y, tomando aliento, sollozó, y las lágrimas corrieron por su rostro. —¿Qué es eso?... ¿Qué es eso? dijo. No quisiera abandonar la Selva, y no sé qué es lo que me ocurre. ¿Me estoy muriendo, acaso, Bagheera? —No, Hermanito. Eso no son más que lágrimas, como las que derraman los hombres, díjole Bagheera. Ahora sí que eres un hombre, y no ya un cachorro humano, como antes. En verdad que la Selva se ha cerrado para tí desde hoy. Déjalas correr, Mowgli: no son más que lágrimas. Sentóse, pues, Mowgli, y lloró como si el corazón fuera á rompérsele á pedazos. Era la primera vez que lloraba. —Ahora, dijo, me voy con los hombres. Pero antes he de despedirme de mi madre; y así diciendo fuése á la caverna donde ella vivía junto con papá Lobo, y sobre su piel derramó nuevas lágrimas, mientras los cuatro lobatos aullaban tristemente. —¿No me olvidaréis? dijo Mowgli. —Nunca, mientras podamos seguir una pista, dijeron los cachorros. Cuando seas un hombre, ven hasta el pie de la colina y hablaremos contigo. Nosotros iremos también, de noche, á las tierras de cultivo, y allí jugaremos juntos. —¡Vuelve pronto! dijo papá Lobo. ¡Vuelve pronto, ranita sabia, porque tanto tu madre como yo somos ya viejos! —¡Vuelve pronto! repitió mamá Loba, desnudito hijo mío; porque... oye lo que voy á decirte... siempre te he querido á tí más, con todo y ser hijo de un hombre, que á mis cachorros. —Sin duda que volveré, dijo Mowgli; y cuando lo haga será para tender sobre la Peña del Consejo la piel de Shere Khan. ¡No me olvidéis! ¡Decidles á todos en la Selva que tampoco me olviden nunca! Rayaba el alba cuando Mowgli bajó de la colina, completamente solo, para ir en busca de esos misteriosos seres que se llaman hombres[5]. Canción de caza de la manada de Seeonee Al rayar la aurora—el sambhur baló ¡una, dos veces, tres! y del lago donde—va el ciervo á beber un gamo saltó—un gamo saltó. Yo sólo, en acecho,—lo he podido ver, ¡una, dos veces, tres! Al rayar la aurora—el sambhur baló ¡una, dos veces, tres! Y atrás volvió un lobo,—volvió un lobo atrás la nueva llevando—pronto á los demás: de la hallada pista—nos vamos detrás, ¡una, dos veces, tres! Al rayar la aurora—la tribu rugió ¡una, dos veces, tres! ¡Pies que van pisando—sin huella dejar!... ¡Ojos que en la noche—ven claro al mirar!... ¡Y gritos y estruendo—y torna á escuchar!... ¡Una, dos veces, tres! La caza de Kaa Sus manchas son orgullo del Leopardo, sus cuernos son del búfalo el honor. Sé limpio, que la fuerza del que caza se juzga de la piel por el color. Si te ocurre que un toro te voltea, ó pruebas del sambhur una cornada, no dejes el trabajo por contarlo, que es cosa que tenemos ya olvidada. Nunca maltrates al cachorro ajeno; mírale como á un hijo de tu padre, que, aunque pequeño y torpe, es muy posible, que á una osa, tal vez, tenga por madre. ¡No hay nadie como yo! dice el cachorro, cuando derriba la primera pieza; pero grande es la Selva y él pequeño; deja que piense en calma, que ahora empieza. Máximas de Baloo. Cuanto aquí se refiere ocurrió algún tiempo antes de que Mowgli fuera arrojado de la manada de lobos de Seeonee, y se vengara de Shere Khan, el tigre. Era en la época en que Baloo le enseñaba la Ley de la Selva. El serio, viejo y enorme oso pardo estaba contentísimo con un discípulo tan listo, porque los lobatos no quieren aprender de la Ley de la Selva más que lo que se refiere á su propia manada y tribu; escapándose en cuanto saben de memoria estas palabras de la «Canción de caza»: «Pies que no causan el menor ruido; ojos que ven en la oscuridad; orejas que pueden oir los diferentes vientos desde el cubil; blancos y afilados dientes: todo esto son señales características de nuestros hermanos, exceptuando á Tabaqui, el Chacal, y á la Hiena, que odiamos». Pero Mowgli, que era un hombrecito, tuvo que aprender bastante más. Algunas veces Bagheera, la pantera negra, se acercaba, curioseando por la selva, para ver cómo le iba á su niño mimado, y, apoyando la cabeza contra un árbol, escuchaba, con sordo ronquido, la lección que Mowgli recitaba á Baloo. Sabía el muchacho trepar á los árboles casi tan bien como nadar, y nadar casi con igual habilidad que correr; por lo cual Baloo, el Maestro de la Ley, le enseñó las del Bosque y del Agua: cómo puede distinguirse una rama carcomida de otra sana; cómo tenía que hablar cortesmente á las abejas silvestres cuando encontrara una de sus colmenas á quince metros sobre el nivel del suelo; qué es lo que había de decir á Mang, el murciélago, cuando fuera á molestarle entre las ramas en mitad del día; cómo tenía que avisar á las serpientes de agua que viven en las lagunas, antes de lanzarse al agua entre ellas. Ni uno sólo de los habitantes de la Selva gusta de que le molesten, y todos están siempre muy dispuestos á arrojarse sobre los intrusos. Después de esto, aprendió Mowgli también la «Consigna del cazador forastero», que hay que ir repitiendo en alta voz hasta que sea contestada, siempre que alguno de los habitantes de la Selva caza fuera de su propio terreno. Traducida la consigna, significa: «Dame permiso para cazar aquí, porque tengo hambre». Y la respuesta dice: «Caza, pues, para buscar comida, pero no para tu recreo». Todo esto os demostrará las muchas cosas que tuvo que aprender Mowgli de memoria, llegando á cansarse ya de tanto repetir lo mismo más de cien veces; pero es lo que le dijo Baloo á Bagheera un día en que hubo que pegarle y el muchacho se marchó malhumorado: —Un cachorro humano es un cachorro humano, y tengo el deber de enseñarle toda la Ley de la Selva. —Pero ten presente lo pequeño que es, dijo la pantera negra, que hubiera echado á perder á Mowgli si ella hubiera podido educarle á su modo. ¿Cómo pueden caber en cabeza tan chica todos tus largos paliques? —¿Hay, acaso, en la Selva cosa alguna que de puro pequeña no pueda matarse? No. Pues bien: por esta razón le enseño todo eso, y por lo mismo le pego, con mucha suavidad, cuando se le olvida algo. —¡Con suavidad! ¿Qué sabes tú de suavidades, viejo Patas-de-hierro? gruñó Bagheera. Toda la cara le has llenado hoy de cardenales con tu... suavidad. ¡Uf!... —Valdría más que estuviera lleno de cardenales de cabeza á pies, mientras fueran causados por mí, que le quiero, que no que le ocurriera alguna desgracia por ignorancia, contestó Baloo con suma gravedad. Ahora le estoy enseñando las Palabras Mágicas de la Selva, que han de protegerle contra los pájaros, contra el Pueblo de las Serpientes y contra todo cuadrúpedo que caza, excepto contra su propia manada. Desde hoy, con sólo recordar tales palabras, podrá ya pedir protección á todos los habitantes de la Selva. ¿No vale esto la pena de recibir algunos golpes? —Bien, pero cuidado con matar al hombrecito. No es ningún tronco de árbol para que vayas á afilar en él tus embotadas garras. Pero, dime, ¿qué Palabras Mágicas son ésas de que estás hablando? Más probable es que tenga yo que prestar ayuda á alguien, que pedirla (y, al decir esto, estiró Bagheera una de sus patas, contemplando con admiración los acerados cinceles de sus garras); sin embargo, añadió, me gustaría saberlo. —Llamaré á Mowgli y él te dirá esas palabras... si se le antoja. ¡Ven, Hermanito! —Tengo la cabeza como un árbol lleno de abejas que zumban, dijo por encima de los que hablaban una vocecilla malhumorada, y Mowgli, en el colmo de la indignación, se deslizó por el tronco de un árbol añadiendo al echar pie á tierra: —¡Si vengo es por Bagheera y no por tí, Baloo, viejo gordiflón! —Lo mismo me da, dijo Baloo, aunque le hiriera en lo vivo y le apenara la contestación. Dile, pues, á Bagheera las Palabras Mágicas de la Selva, que te he enseñado hoy. —¿Las Palabras Mágicas... para qué Pueblo? dijo Mowgli contentísimo al ver la ocasión que se le ofrecía para exhibirse. En la Selva hay muchos lenguajes. Yo los sé todos. —Algo de ellos sabes, pero no mucho. ¿Ves, Bagheera? Nunca se muestran agradecidos con quien les enseña. Jamás un sólo lobato ha venido á dar las gracias á Baloo por sus enseñanzas. Vamos, dí, pues, las palabras para el Pueblo Cazador... ¡gran sabio! —«Tú y yo somos de la misma sangre», dijo Mowgli dando á las palabras el acento especial de oso que usan todos los que cazan allí. —Bueno. Ahora las que sirven para los pájaros. Repitiólas Mowgli, terminando la frase con el silbido característico del milano. —Ahora las que son para el Pueblo de las Serpientes, dijo Bagheera. La contestación fué un silbido indescriptible, tras el cual hizo Mowgli una salvaje pirueta, batió palmas para celebrar su propia habilidad y de un salto se colocó sobre el lomo de Bagheera, sentándose de medio lado y dándole con los talones sobre la reluciente piel, mientras le hacía á Baloo las más horrorosas muecas. —¡Ea! ¡Ea! ¡Bien merecido tenías el cardenal! dijo, con ternura, el oso pardo. Algún día me lo agradecerás. Volvióse, entonces, para decirle á Bagheera cómo había pedido á Hathi, el Elefante Salvaje, que sabe todas esas cosas, que le dijera las Palabras Mágicas, y, cómo Hathi llevó á Mowgli á una laguna para obtener de una serpiente de agua la Palabra que sirve para todas las Serpientes, porque Baloo no podía pronunciarla; finalmente, cómo Mowgli podía considerarse ya á salvo de todas las eventualidades que pudieran presentársele en la Selva, porque ni serpientes, ni pájaros, ni fieras le causarían daño alguno. —No hay que temer á nadie, dedujo de lo expuesto Baloo, dándose suaves golpecitos con aire de orgullo sobre el enorme y peludo vientre. —Excepto á los de su propia tribu, dijo Bagheera para sí. Y añadió luego, en voz alta, dirigiéndose á Mowgli: —¡Ten un poco de cuidado con mis costillas, Hermanito! ¿Qué significa tanto bailoteo? Mowgli había intentado repetidas veces hacerse oir estirándole á Bagheera la piel del hombro y dándole fuertemente con los pies. Cuando los dos le escucharon gritó á voz en cuello: —De modo que yo tendré una tribu de mi propiedad y la dirigiré por entre las ramas durante todo el día. —¿Qué nueva locura es ésa? ¿Ya estás haciendo castillos en el aire? dijo Bagheera. —Sí, y le tiraré ramas y porquería al viejo Baloo, continuó diciendo Mowgli. Me lo han prometido. ¡Ah! —¡Woof! La gruesa pata de Baloo arrojó á Mowgli del sitio en que estaba sentado sobre la espalda de Bagheera, y desde el suelo donde, frente á sus patas delanteras, quedó tendido, pudo ver que el oso estaba incomodado. —Mowgli, dijo Baloo, tú has hablado con los Bandar-log (el Pueblo de los Monos). Mowgli miró á Bagheera para ver si la pantera se había incomodado también, y vió que los ojos de ésta tenían tan dura expresión como si fueran dos piedras de jade. —Tú has estado con el Pueblo de los Monos... con los monos grises... el pueblo sin Ley... los que comen cuanto se les presenta. ¡Qué vergüenza! —Cuando Baloo me hizo daño en la cabeza, dijo Mowgli que seguía aún tendido de espaldas, me marché, y entonces los monos grises bajaron de los árboles y se acercaron compadeciéndome. Nadie más que ellos me hizo caso. Y al decirlo, su voz se alteró un poco. —¡La piedad del Pueblo de los Monos! refunfuñó Baloo. ¡La quietud del torrente que baja del monte! ¡El fresco de un sol de verano! ¿Y qué ocurrió después, hombrecito? —Después... después... Diéronme nueces y muy buenas cosas que comer, y... y me llevaron en brazos á lo más alto de los árboles... y dijeron que yo era su hermano, que éramos de la misma sangre, sólo que yo no tenía cola, y que algún día sería su jefe. —No tienen jefe, dijo Bagheera. Mienten. Siempre han mentido. —Conmigo fueron muy amables y me rogaron que volviera á verles. ¿Por qué no me habéis llevado nunca á donde está el Pueblo de los Monos? Andan en dos pies como yo. No me pegan, no tienen las patas duras... Juegan todo el día. ¡Dejadme subir á donde están ellos! ¡Baloo, malo! ¡Déjame subir! Jugaremos otra vez. —Oye, hombrecito, dijo el oso, y su voz retumbó como un trueno en noche calurosa. Te he enseñado toda la Ley de la Selva para que te sirva con todos los pueblos que en la selva existen... excepto el de los Monos que viven en los árboles. Esos no tienen Ley. Esos son los repudiados de todo el mundo. No poseen lenguaje propio, sino que usan palabras robadas que oyen por casualidad cuando escuchan, y atisban, y están en acecho allá arriba en las ramas. Su camino no es el nuestro. No tienen jefes. No tienen memoria. Presumen, y charlan, y pretenden ser un gran pueblo ocupado en asuntos importantísimos; pero la caída de una nuez desde el árbol les provoca la risa y basta para que todo lo olviden. Nosotros, los de la Selva, no nos tratamos con ellos. No bebemos donde los monos beben; no vamos á donde los monos van; no cazamos donde ellos cazan; no morimos donde ellos mueren. ¿Me has oído antes de ahora hablar de los Bandar-log? —No, dijo Mowgli en voz muy baja, pues el silencio fué completo en el bosque, en cuanto calló Baloo. —El Pueblo de la Selva los tiene desterrados de su boca y de su pensamiento. Son muchísimos, malos, sucios, desvergonzados, y desean, si es que puede decirse de ellos que tengan algún deseo fijo, llamar nuestra atención. Pero nosotros no les hacemos caso, ni siquiera cuando arrojan sobre nuestras cabezas nueces é inmundicias. Apenas había acabado de hablar cuando una lluvia de nueces y de ramas cayó desde las copas de los árboles, mientras se oían toses, aullidos y rumor de saltos por entre el ramaje. —Al Pueblo de la Selva, dijo Baloo, le está prohibido todo trato con el Pueblo de los Monos. Acuérdate. —Prohibido, dijo Bagheera; pero paréceme que Baloo debía haberte prevenido antes contra ellos. —¿Yo?... ¿Yo? ¿Cómo podía yo adivinar que iba á ocurrírsele el jugar con gentuza de esta calaña? ¡El Pueblo de los Monos! ¡Qué asco! Nueva lluvia cayó sobre ellos, y ambos echaron á correr hacia otro sitio, llevándose consigo á Mowgli. Lo que Baloo había dicho de los monos era la pura verdad. Ellos vivían en las copas de los árboles, y como las fieras rara vez miran hacia lo alto, no se ofrecía nunca la ocasión de que se cruzaran en el mismo camino. Pero siempre que veían un lobo enfermo, un tigre herido ó un oso, los monos se divertían en atormentarle, y arrojaban palos y nueces á cualquier fiera, sólo por divertirse y por el gusto de llamar la atención. Entonces aullaban, chillaban luego canciones sin sentido alguno, invitando al Pueblo de la Selva á encaramarse en sus árboles para pelear, ó bien se enredaban en furiosas batallas entre ellos mismos por cualquier fruslería, y dejaban después los muertos donde el Pueblo de la Selva pudiera verlos. Siempre estaban á punto de tener un jefe, de poseer leyes y usos propios, pero nunca lo lograban, porque de un día al otro se les borraba todo de la memoria, y así se contentaban con decir constantemente esta misma frase: «Lo que los Bandar-log piensan ahora toda la Selva lo pensará después,» y esta idea les consolaba. Ninguna de las fieras podía llegar hasta sus alturas; pero, por otra parte, ninguna se fijaba en ellos, y de ahí su alegría cuando vieron que Mowgli iba á buscarles para mezclarse en sus juegos y que esto irritaba grandemente á Baloo. No se propusieron pasar de ahí, porque los Bandar-log nunca se proponen nada; pero ocurriósele á uno de ellos una idea que le pareció magnífica, y la expuso á los demás, persuadiéndoles de que convenía á la tribu conservar á una persona tan útil como Mowgli, porque él sabía entrelazar ramas de modo que protegieran contra el viento, y así, si le cogían, podrían obligarle á que les enseñara. Claro es que Mowgli, como hijo de leñador, había heredado de su padre toda clase de instintivas habilidades, y solía construir chozas con las ramas caídas, sin pensar siquiera en que tal cosa supiese hacer; mas el Pueblo de los Monos, observándolo desde los árboles, consideraba aquel simple juego como una maravilla. Lo que es esta vez, decían, iban, verdaderamente, á tener un jefe, y á ser el pueblo más sabio de toda la Selva... tan sabio que á todos causaría admiración y envidia. Siguieron, como consecuencia de todo esto, con el mayor sigilo, á Baloo, Bagheera y Mowgli á través de la selva, hasta que llegó la hora de la siesta, y Mowgli, que se sentía en realidad avergonzado de sí mismo, se durmió entre la pantera y el oso, resolviendo no tener más tratos con el Pueblo de los Monos. Después de esto, lo único que recordó fué el haber sentido el contacto de unas manos sobre sus piernas y brazos (manos duras, fuertes y chiquitas), y en seguida el choque de unas ramas en la cara, y luego el hallarse mirando hacia abajo á través del movedizo ramaje, mientras Baloo despertaba á toda la selva con sus roncos gritos y Bagheera saltaba tronco arriba del árbol, enseñando todos los dientes. Aullaron los Bandar-log con aire de triunfo, y se acogieron, jugueteando, á las más altas ramas, donde Bagheera no se atrevió á seguirlos. Entre tanto gritaban: —¡Se ha fijado en nosotros! ¡Bagheera se ha fijado en nosotros! ¡Todo el Pueblo de la Selva nos admira por nuestra habilidad y astucia! Comenzaron, entonces, su huída, y esa huída del Pueblo de los Monos á través del país arbóreo es una de las cosas verdaderamente indescriptibles. Tienen sus caminos reales y sus atajos, sus subidas y bajadas, todo trazado á quince, veinte ó treinta metros sobre el nivel del suelo, y por allí pueden viajar hasta de noche, si es preciso. Dos de los monos más fuertes cogieron á Mowgli por los sobacos, y se lo llevaron atravesando las copas de los árboles, dando saltos de una altura como de seis metros. Á haber ido completamente libres, su velocidad hubiera sido mayor; pero el peso del muchacho les embarazaba y detenía algo. Por más que se sintiera mareado y medio enfermo, Mowgli no pudo menos de deleitarse en aquella loca carrera, aunque los trozos de tierra que vislumbraba allá abajo le aterrorizaban, y aquel pararse y partir de nuevo al fin de cada balanceo en el vacío le tenía con el alma en un hilo. Llevábanle sus acompañantes hacia lo más alto de la copa de un árbol, hasta que sentía crujir y doblarse con su peso las más delgadas ramas de la cima, y entonces, con un fuerte resoplido, se arrojaban al aire, avanzando y descendiendo á la vez, para elevarse de nuevo y quedar colgados, por las manos ó por los pies, de las ramas más bajas del próximo árbol. Á veces divisaba millas y millas de extensión en que todo era quieta y verde selva, de igual modo que un hombre encaramado en un mástil abarca con la mirada, en el mar, millas enteras, y entonces el ramaje le sacudía la cara, y él y su guía llegaban casi al nivel del suelo. De tal suerte, saltando, y haciendo ruido, y resoplando fuertemente, y dando chillidos, la tribu entera de los Bandar-log pasó por sus caminos trazados en los árboles, llevando prisionero á Mowgli. Hubo un momento en que temió éste que le dejaran caer, y entonces comenzó á ponerse de malhumor; pero, como era demasiado listo para rebelarse abiertamente, se limitó á pensar qué haría. Lo primero que se le ocurrió fué avisar á Baloo y á Bagheera, porque, al ver la velocidad con que huían los monos, bien se le alcanzaba que sus amigos iban á quedarse muy rezagados. Era completamente inútil mirar hacia abajo, pues nada podía ver más que las puntas de las ramas á uno y otro lado, y así dirigió hacia arriba sus miradas, logrando divisar á lo lejos, en la azul inmensidad, á Rann, el milano, balanceándose y describiendo curvas en el aire, mientras vigilaba la selva, esperando que los seres se murieran en ella. Vió Rann que los monos se habían apoderado de algo que se llevaban, y abatió el vuelo algunos centenares de metros para averiguar si aquella presa era comestible. Al ver á Mowgli arrastrado hasta lo más alto de la copa de un árbol, y al oirle gritar, sorprendióse no poco el milano y le contestó con un silbido: «Tú y yo somos de la misma sangre». La oleada de las ramas cerróse por encima del muchacho; pero Rann se apartó con un balanceo hasta el árbol más próximo en el preciso momento en que asomaba de nuevo la carita morena de Mowgli. —¡Sigue mi pista! gritó éste. ¡Avisa á Baloo, de la manada de Seeonee, y á Bagheera, del Consejo de la Peña! —¿En nombre de quién, hermano? dijo Rann, que nunca había visto á Mowgli, aunque claro está que había oído hablar de él. —En nombre de Mowgli, la Rana. ¡El hombrecito es como me llaman! ¡Sigue mi pist...a! Las últimas palabras las chilló cuando ya le balanceaban en el aire; pero Rann movió la cabeza en señal de asentimiento, y se elevó hasta que no parecía ya mayor que un grano de polvo, y allí cernióse observando con el telescopio de sus ojos el moverse de las copas de los árboles, al paso de la escolta de monos que conducía á Mowgli. —No se alejarán mucho, no, dijo con risa ahogada. Nunca llevan á feliz término lo que comienzan á realizar. Los Bandar-log andan siempre picoteando aquí y allá cosas nuevas. Pero lo que es esta vez, ó yo estoy ciego, ó han picado en algo que va á darles qué hacer, porque Baloo no es ningún polluelo que se caiga del nido, y bien sé yo que Bagheera es muy capaz de matar algo más que cabras. Así diciendo, mecióse en el aire, abiertas las alas, recogidas bajo el cuerpo las patas, y esperó. Entre tanto, Baloo y Bagheera andaban locos de furor y de pena. Bagheera se encaramó á los árboles hasta donde nunca se atreviera á llegar antes; pero quebráronse bajo su peso las delgadas ramas, y resbaló hasta el suelo, llenas las garras de cortezas. —¿Por qué no se lo advertiste al hombrecito? le decía rugiendo al pobre Baloo, que sostenía un trote algo pesado, con la esperanza de adelantarse á los monos. ¿De qué ha servido el que casi le mataras á golpes si no habías de prevenirle contra esto? —¡Date prisa! ¡Date prisa! Aún... aún podría ser que les alcanzáramos, dijo Baloo jadeando. —¡Al paso que vamos! No cansaría ni á una vaca herida. Maestro de la Ley... azota-cachorros... con que tuvieras que agitarte del modo que lo haces, durante un cuarto de legua de distancia, tendrías bastante para reventar. ¡Descansa y piensa! Traza un plan. No es éste el momento de perseguirles. Si les seguimos muy de cerca podrían dejarle caer. —¡Arrula! ¡Woo! Quizá lo han hecho ya, cansados de llevarle. ¿Quién se fía de los Bandar-log? ¡Pon murciélagos muertos sobre mi cabeza! ¡Dame por toda comida huesos negros! ¡Méteme en una colmena de abejas silvestres para que me piquen hasta matarme, y entiérrame luego al lado de una hiena, porque soy el más desgraciado de cuantos osos existen! ¡Arulala! ¡Wahooa! ¡Ah! ¡Mowgli, Mowgli! ¿Por qué no te previne contra el Pueblo de los Monos, en vez de romperte la cabeza? ¿Quién sabe, si á golpes le saqué de la memoria la lección del día, y se hallará sólo en la selva, sin la ayuda de las Palabras Mágicas? Baloo cogióse la cabeza entre las patas y se arrastró gimoteando. —Cuando menos, hace un momento me dijo á mí todas las palabras correctamente, replicó Bagheera con impaciencia. Baloo, continuó, tú has perdido la memoria y el propio respeto. ¿Qué pensaría de mí la Selva toda si yo, la pantera negra, me hiciera una pelota como Ikki, el puerco espín, y empezara á aullar? —¿Qué me importa á mí lo que la Selva piense? Á estas horas quizá él ha muerto ya. —Á no ser que le dejaran caer por juego, ó que le mataran por pereza, no creo yo que haya que temer por el hombrecito. Él es listo, y bien enseñado está, y, sobre todo, cuenta con sus ojos, que atemorizan á todo el Pueblo de la Selva. Pero (y hay que reconocer que grave mal es éste) se halla en poder de los Bandar-log, que como viven en los árboles, no tienen miedo á nuestra gente. Bagheera se lamió, al decir esto, una de sus patas delanteras con aire preocupado. —¡Tonto de mí! ¡Oh! ¡Cuán obeso, moreno y estúpido desenterrador de raíces soy! dijo Baloo desenroscándose de un brinco. Gran verdad es lo que afirma Hathi, el elefante salvaje, cuando dice que «cada uno tiene su miedo peculiar». Pues bien: ellos, los Bandar-log temen á Kaa, la serpiente de la Peña. Se encarama tan bien como ellos; les roba sus pequeñuelos por la noche... Su sólo nombre basta para helarles de espanto hasta las endiabladas colas. Vamos á ver á Kaa. —¿Y qué va á hacer? No es de nuestra tribu, puesto que no tiene patas... y, además, la maldad está escrita en sus ojos, dijo Bagheera. —Es muy vieja y muy astuta. Ante todo hay que pensar en que siempre está hambrienta, contestó Baloo esperanzado. Prométele muchas cabras. —En cuanto come una, duerme un mes entero. Bien pudiera ser que estuviera durmiendo ahora; pero ¿y si se le antojara preferir el matar las cabras por su propia cuenta? Bagheera, que sabía muy poco de Kaa, se inclinaba, naturalmente, á la desconfianza. —En tal caso, tú y yo juntos, vieja cazadora, la haríamos entrar en razón. Aquí Baloo frotó su hombro, de desteñido color moreno, contra la pantera, y ambos se alejaron en busca de Kaa, la serpiente pitón de la Peña. Halláronla tendida al sol en el tibio reborde de una roca, recreándose en la contemplación de su hermosa piel nueva, porque acababa de pasar, cambiándola, diez días en el más completo retiro, y ahora estaba verdaderamente espléndida, con la enorme cabeza roma á lo largo del suelo, enroscado en fantásticos nudos y curvas el cuerpo de nueve metros de largo, y relamiéndose al pensar en la próxima comida. —Está en ayunas, dijo Baloo con un gruñido de satisfacción, en cuanto vió la hermosa piel moteada de amarillo y de color de tierra. ¡Mucho cuidado, Bagheera! Queda siempre medio ciega después del cambio de piel, y ataca con la mayor facilidad. No era Kaa serpiente venenosa (y la verdad es que despreciaba por cobardes á las de tal clase); pero su poder estribaba en su fuerza de presión, y cuando ella había envuelto á alguien en sus enormes anillos, bien podía darse ya por terminada toda lucha. —¡Buena caza! gritó Baloo sentándose sobre sus cuartos traseros. Como todas las serpientes de su especie, Kaa era bastante sorda y no oyó bien, al principio, lo que le decían. Enrollóse en forma de espiral por lo que pudiera ocurrir, conservando baja la cabeza. —¡Buena caza para todos! contestó. ¡Ah! ¿Eres tú, Baloo? ¿Y qué haces aquí? ¡Buena caza, Bagheera! Cuando menos uno de nosotros necesita comer. ¿Sabéis si hay por ahí algo á mano? ¿Algún gamo, por ejemplo, aunque sea joven? Estoy vacía como un pozo seco. —De caza vamos, dijo Baloo como al descuido, porque bien sabía que con Kaa no hay que apresurarse: es harto grande para andar con prisas. —Permitidme que vaya con vosotros, dijo Kaa. Un zarpazo de más ó de menos nada significa para Bagheera y Baloo; pero yo... yo he de esperar días y días en alguna senda del bosque, ó pasar media noche encaramándome á los árboles, para tener la suerte de tropezar con algún mono joven. ¡Pss naw! Las ramas no son ya como cuando yo era joven. Las más tiernas están podridas, y secas las mayores. —Acaso tu enorme peso tenga algo que ver con este asunto, dijo Baloo. —Sí, no me falta longitud...no me falta... contestó Kaa con cierto orgullo. Pero, con todo, no es mía la culpa, sino del ramaje nuevo. En mi última cacería poco faltó... muy poco... para que me cayera, y, como mi cola no rodeaba el tronco del árbol, el ruido que produje despertó á los Bandar-log, que comenzaron á insultarme. —Lombriz de tierra, amarilla y sin patas, dijo, entre dientes, Bagheera, como si tratara de recordar algo. —¡Sssss! ¿Me han llamado eso alguna vez? dijo Kaa. —Algo parecido es lo que nos gritaron á nosotros en el último cuarto de luna que ha pasado, pero ningún caso les hicimos. Son capaces de decir cualquier cosa... hasta que te has quedado sin dientes, y que no te atreves á hacer frente á cualquier cosa que sea mayor que un cabrito, porque... (vamos que esos Bandar-log son unos desvergonzados)... porque les tienes miedo á los cuernos, siguió diciendo con suavidad Bagheera. Ahora bien: una serpiente, sobre todo una tan circunspecta serpiente pitón como era Kaa, raras veces da muestras de estar incomodada; pero Baloo y Bagheera pudieron ver entonces cómo se movían é hinchaban á cada lado del cuello de Kaa sus enormes músculos. —Los Bandar-log han huído de su acostumbrado terreno, dijo con voz baja. Cuando hoy salí á tomar el sol, oí sus gritos entre las copas de los árboles. —Precisamente... precisamente vamos siguiendo su pista, contestó Baloo; pero las palabras se le atascaron en la garganta, porque aquélla era la primera vez, si la memoria no le engañaba, que alguien perteneciente al Pueblo de la Selva confesaba su interés por algo que pudieran hacer los monos. —Indudablemente no dejará de ser importante lo que obliga á dos cazadores como vosotros, que sois jefes y directores entre los vuestros, á seguir los pasos de los Bandar-log, replicó Kaa cortesmente, llena de curiosidad. —En honor de la verdad, comenzó á decir Baloo, yo no soy más que el anciano, y á veces bastante tonto, Maestro de la Ley, encargado de enseñársela á los lobatos de Seeonee, y Bagheera que aquí está presente... —Es Bagheera, dijo la pantera negra, cerrando ambas quijadas con un castañeteo, porque no estaba ella para modestias. Lo que nos ocurre es esto, Kaa: esos ladrones de nueces y de hojas de palmera nos han robado á nuestro hombrecito, del cual acaso hayas oido hablar. —Algo le oí á Ikki (cuyas púas le hacen ser muy presuntuoso) de una especie de hombre que fué admitido en una manada de lobos; pero yo no creí nada de eso. Ikki anda siempre con cuentos que oye mal y cuenta peor. —Pero en este caso ha dicho la verdad. El hombrecito es tal que jamás hubo otro como él, dijo Baloo. El mejor, el más listo y más gallardo de todos... mi discípulo, que hará famoso en todas las selvas el nombre de Baloo... y, vaya, que yo... ó, mejor dicho, que nosotros... le queremos de veras, Kaa. —¡Ts! ¡Ts! contestó ésta sacudiendo la cabeza; también yo he sabido lo que es querer. ¡Podría contaros cosas que...! —Que reclaman una noche clara y el estómago lleno para apreciarlas debidamente, dijo con prontitud Bagheera. Nuestro hombrecito está ahora en poder de los Bandar-log, y nos consta que de todo el Pueblo de la Selva no temen ellos á nadie más que á Kaa. —Á nadie más que á mí. Y no les falta razón, dijo Kaa. Charlatanes, locos y vanos... vanos, locos y charlatanes: así son los monos. Pero si algo humano se halla entre ellos, está en peligro. La nuez que cogen les cansa pronto, y la tiran. Llevarán una rama durante medio día, proponiéndose hacer con ella grandes cosas, y luego la partirán en dos pedazos. En verdad que el hombrecito ese no es digno de envidia. Al insultarme ¿no me llamaron también pez amarillo...? ¿eh? —Lombriz... lombriz... lombriz de tierra, dijo Bagheera,... y otras cosas más que no puedo repetir ahora por vergüenza. —Habrá que enseñarles á hablar con más respeto de su maestro. ¡Aaa-sss! Tendremos que refrescarles algo la memoria. Pero, decidme ¿y á donde se os llevaron el cachorro? —Sólo la selva puede saberlo. Creo que hacia el lado por donde se pone el sol. Pensábamos nosotros que tú lo sabrías, Kaa. —¿Yo? ¿Y cómo? Suelo apoderarme de ellos cuando se me ponen al paso, pero no voy á cazar á los Bandar-log, ni á las ranas... ó á esa espuma verde que hay en las lagunas, y que, para el caso, es lo mismo. —¡Eh!, ¡eh!, ¡eh!, ¡Arriba!, ¡arriba! ¡Mira hacia arriba, Baloo, de la manada de Seeonee! Baloo miró hacia lo alto para ver de donde venía la voz que le llamaba, y vió á Rann, el milano, que descendía barriendo el espacio con las alas desplegadas, en cuyos bordes, vueltos hacia arriba, brillaba la luz del sol. Era ya casi para Rann la hora del sueño, pero hasta entonces había estado buscando á Baloo por toda la selva, sin lograr hallarle, por culpa de lo espeso que era el ramaje. —¿Qué hay?, dijo Baloo. —He visto á Mowgli entre los Bandar-log. El mismo me encargó que te lo dijera. He estado en acecho: se lo han llevado al otro lado del río... á la ciudad de los monos... á las Moradas Frías. Lo mismo pueden quedarse allí una noche que diez, ó que un rato. He encargado á los murciélagos que vigilaran durante las horas de obscuridad. Esto es cuanto tengo que decirte. ¡Buena suerte para todos! —¡Buena suerte, que te llenes el buche y duermas bien, Rann!, gritó Bagheera. No me olvidaré de tí en mi próxima caza: la cabeza de lo que mate, para tí quedará reservada, porque eres el mejor de todos los milanos. —Lo que he hecho no es nada... no es nada. El muchacho se acordó de decir las Palabras Mágicas, y yo no podía menos de cumplir con mi deber, contestó Rann elevándose por los aires trazando círculos, para dirigirse luego á su escondrijo. —¡Vamos, veo que no ha perdido la lengua!, dijo Baloo, con sonrisa de satisfacción y orgullo. ¡Y pensar que, siendo tan joven, se ha acordado de las Palabras Mágicas que sirven para los pájaros, en el preciso instante en que le llevaban á través de los árboles! —¡Bien se lo metiste en la cabeza!, contestó Bagheera. Pero estoy orgullosa de él. Y ahora vamos á las Moradas Frías. Todo el Pueblo de la Selva sabía donde estaba este sitio, pero ninguno de ellos iba nunca allí, porque lo que llamaban las Moradas Frías era una antigua ciudad abandonada, perdida y enterrada en la selva, y pocas veces se ve que las fieras usen un sitio donde antes estuvieron los hombres. Lo hará el jabalí; pero no las tribus cazadoras. ...