Una Historia de Dos Ciudades: novela (Nivel B2)

PROLOGO Concebí las líneas generales de esta historia cuando representé con mis hijos y amigos el drama de Collin El Abismo Helado. Apoderóse entonces de mí el deseo firme de encarnar el drama en mi persona, y procuré asimilarme, con solicitud e interés especiales, el estado de ánimo necesario para hacer su presentación a un espectador dotado del espíritu de observación. A medida que me fuí familiarizando con la idea, fueron dibujándose y resaltando las líneas generales hasta llegar gradualmente a adquirir la forma que en la actualidad tienen. Hasta tal extremo se ha posesionado de mí el argumento durante su ejecución, ha dado tanta vida a todo lo que en estas páginas se ha hecho y sufrido, que puedo decir, sin incurrir en exageraciones, que todo lo he hecho y sufrido yo mismo. Cuantas referencias haga, por ligeras que sean, a la condición del pueblo francés antes o durante la Revolución, serán exactas de toda exactitud, fundadas en los testimonios de personas dignas de fe absoluta. Ha sido una de mis aspiraciones añadir algo a los medios de inteligencia populares y pintorescos de aquella época terrible, bien que firmemente convencido de que no hay quien pueda añadir nada a la portentosa filosofía que encierra la obra admirable de Carlyle. UNA HISTORIA DE DOS CIUDADES LIBRO PRIMERO VUELTA A LA VIDA I. EL PERÍODO Erase el mejor de los tiempos y el más detestable de los tiempos; la época de la sabiduría y la época de la bobería, el período de la fe y el período de la incredulidad, la era de la Luz y la era de las Tinieblas, la primavera de la vida y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos y nada poseíamos, caminábamos en derechura al cielo y rodábamos precipitados al abismo: en una palabra, era tan parecido aquel período al actual, que nuestras autoridades de mayor renombre están contestes en afirmar que, entre uno y otro, tanto en lo que al bien se refiere como en lo que toca al mal, sólo en grado superlativo es aceptable la comparación. Un rey de bien desarrolladas mandíbulas y una reina de cara aplastada se sentaban sobre el trono de Inglaterra, y un rey de grandes quijadas y una reina de rostro hermoso ocupaban el de Francia. Los señores de los grandes almacenes de pan y de pescado de entrambos países veían claro como el cristal que el bien público estaba asegurado para siempre. Era el año de Nuestro Señor de mil setecientos setenta y cinco. En un período tan favorecido, no podían faltar a Inglaterra las revelaciones espirituales. Recientemente había celebrado su vigésimoquinto natalicio la señora Southcott, cuya aparición sublime en el mundo anunciara con la antelación debida un guardia de corps, profeta privado, pronosticando que se hacían preparativos para tragarse a Londres y a Westminster. Hasta había sido definitivamente enterrado el fantasma de la Callejuela del Gallo, después de andar rondando por el mundo doce años, y de revelar a los mortales sus mensajes en la misma forma que los espíritus del año anterior, acusando una pobreza sobrenatural de originalidad, revelaron los suyos. Los mensajes únicos de orden terrenal que recibieron la Corona y el Pueblo ingleses, les llegaron de un congreso de súbditos británicos residentes en América, mensajes que, por extraño que parezca, han resultado de muchísima mayor transcendencia para la raza humana que cuantos recibió ésta por la mediación de cualquiera de los pollitos de la Callejuela del Gallo. Menos favorecida Francia en lo referente a asuntos de orden espiritual que su hermana la del escudo y del tridente, rodaba con suavidad encantadora pendiente abajo, fabricando papel moneda y gastándolo que era un contento. Bajo la dirección de sus cristianísimos pastores, permitíase entretenerse, además, con distracciones tan humanitarias como sentenciar a algún que otro joven a que le cortaran las manos, le arrancaran con pinzas la lengua y le quemaran vivo, por el nefando delito de no haber caído de rodillas sobre el fango del camino, en un día lluvioso, para rendir el debido acatamiento a una procesión de frailes que pasó al alcance de su vista, bien que a distancia de cincuenta o sesenta varas. Es muy probable que, cuando aquel criminal fué llevado al suplicio, el leñador Destino hubiera marcado ya en los bosques de Francia y de Normandía los añosos árboles que la sierra debía convertir en tablas que servirían para construir aquella plataforma movible, provista de su cesto y su cuchilla, que tanta y tan terrible celebridad ha conquistado en la historia. Es asimismo muy posible que, en los rústicos cobertizos anejos a las casuchas de los labradores de las cercanías de París, se hallasen en el mismo día, resguardados de las inclemencias del tiempo, las primitivas carretas, llenas de salpicaduras de fango lamidas por los cerdos y sirviendo de percha a las aves de corral, que el labriego Muerte había seleccionado para que fueran las carrozas de la Revolución. Verdad es que, si bien el Leñador y el Labriego trabajaban incesantemente, su labor era silenciosa y no había oído humano que percibiera sus pasos sordos, tanto más, cuanto que abrigar algún recelo de que aquellos estuvieran despiertos era tanto como confesarse a la faz del mundo ateo y traidor. En Inglaterra, apenas si quedaba un átomo de orden y de protección bastantes para justificar la jactancia nacional. La misma capital era todas las noches teatro de robos a mano armada y de crímenes los más osados y escandalosos. Pública y oficialmente se avisaba a las familias que no salieran de la ciudad sin llevar antes sus mobiliarios a los almacenes de los tapiceros, únicos sitios que les ofrecían alguna garantía. El que a favor de las sombras de la noche era bandolero, parecía honrado mercader de la ciudad a la luz del sol, y si alguna vez era reconocido por el comerciante auténtico a quien se presentaba bajo el carácter de «capitán», disparábale con la mayor frescura un tiro que le enviaba a otro mundo mejor y ponía pies en polvorosa. La diligencia-correo fué asaltada por siete bandoleros, de los cuales mató a tres la guardia, la cual a su vez fué muerta por los cuatro restantes «a consecuencia de haberse quedado sin municiones»: a continuación, la diligencia fué robada concienzuda y tranquilamente. El altísimo y poderosísimo alcalde mayor de Londres fué secuestrado y obligado a vivir durante algún tiempo en Turnham Green por un esforzado bandido, quien tuvo el honor de desbalijar a criatura tan ilustre en las barbas de su numerosa escolta y no menos numerosa servidumbre. En las cárceles de Londres reñían los prisioneros fieras batallas con sus carceleros, a los cuales obsequiaba la majestad de la ley con sendos arcabuzazos. En los propios salones de la corte, manos habilidosas libraban a los más altos señores de las cruces de brillantes que adornaban sus cuellos. Penetraron los mosqueteros en San Gil en busca de contrabando, y el populacho hizo fuego contra los mosqueteros, y los mosqueteros hicieron fuego sobre el populacho, sin que a nadie se le ocurriera pensar que semejante suceso no fuera incidente de los más comunes y triviales de la vida. A todo esto, el verdugo, siempre en funciones, siempre atareado, no bastaba a acudir a los distintos puntos en que era necesario, hoy dejando pendientes de sus cuerdas grandes racimos de criminales y mañana ahorcando a un ladrón vulgar, que penetró el jueves en la casa del vecino, y emprendió el viaje a la eternidad el sábado siguiente; para quemar hoy en Newgate docenas de personas, y mañana centenares de folletos en la puerta de Westminster Hall; para enviar hoy a la eternidad a un desalmado feroz, y hacer mañana lo propio con un mísero raterillo que robó seis peniques al hijo de un agricultor. Todas estas cosas, y mil otras por el estilo que podría referir, eran el pan nuestro de cada día en el bendito año de mil setecientos setenta y cinco sin que fueran obstáculo para que, mientras el Leñador y la Labriega proseguían su silenciosa labor, los dos mortales de las desarrolladas quijadas y las dos de cara aplastada y hermosa, respectivamente, llevaran a punta de lanza sus divinos derechos. Así conducía el año de mil setecientos setenta y cinco a Sus Grandezas y a los millones de criaturas insignificantes, entre ellas las que han de figurar en la crónica presente, a sus destinos respectivos, por los caminos que ante sus pasos estaban abiertos. II. LA DILIGENCIA El que recorría el primero de los personajes que han de jugar papel de mucha importancia en la historia presente, la noche de un viernes de noviembre, era el de Dover. Seguía el viajero a la diligencia, mientras ésta avanzaba pesadamente por el repecho de la colina Shooter. Subía caminando entre el barro pegado a la caja desvencijada del carruaje, y a su lado iban los demás compañeros de viaje, no ciertamente movidos del deseo de hacer ejercicio, poco agradable dadas las circunstancias, sino porque rampa, arneses, fango, diligencia y caballos eran tan pesados, que éstos últimos habían declarado ya tres veces sus deseos de no seguir adelante, amén de otra que intentaron dar media vuelta, con el propósito sedicioso de volverse a Blackheath. Las riendas y la fusta, el postillón y el guarda, puestos de acuerdo, hubieron de dar lectura al artículo del Reglamento de Campaña que asegura que nunca, ni en ningún caso, tendrán razón los animales brutos, gracias a lo cual capituló el tiro y se resignó a cumplir con su deber. Bajas las cabezas y trémulas las colas procuraban abrirse paso por entre los mares de espeso barro que cubrían el camino, tropezando aquí, dando allá un tumbo espantoso, cayendo no pocas veces y tambaleándose siempre. Cuantas veces el mayoral les concedía algún descanso, el caballo delantero sacudía violentamente la cabeza y cuantos objetos la adornaban con aire doctoral y enfático, cual si su intención fuera negar que la diligencia pudiera llegar a lo alto de la loma; y cuantas veces aquel hacía restallar el látigo, el viajero de quien vengo hablando levantaba asustado la cabeza, como hombre a quien arrancan bruscamente de sus meditaciones. Mares de vapor acuoso en forma de espesa niebla cubrían todas las hondonadas y se deslizaban pegados a la tierra semejantes a espíritus malignos que buscan descanso y no lo encuentran. La niebla era pegajosa y muy fría, y avanzaba formando graciosos rizos y masas onduladas que se perseguían y alcanzaban como se persiguen y alcanzan las olas cuando el mar está movido. Era lo suficientemente densa para encerrar en un círculo estrechísimo la claridad que derramaban los faroles del carruaje, hasta impedir que se vieran los chorros de vapor que los caballos lanzaban por las narices y que iban a aumentar el caudal de los que llenaban la atmósfera. Dos viajeros, además del que he mencionado, subían trabajosamente la rampa siguiendo a la diligencia. Los tres llevaban subidos hasta las orejas los cuellos de sus abrigos y los tres usaban botas muy altas. Ninguno de ellos hubiera podido decir si sus compañeros de viaje eran guapos o feos, jóvenes o viejos; tan cuidadosamente recataban sus semblantes, y no estará de más añadir que, si imposible era a los ojos del cuerpo divisar la seña corporal más insignificante, aun lo era más a los ojos del espíritu conjeturar las del alma, es decir, las intenciones que cada uno de ellos pudiera abrigar. En aquellos felices tiempos, los viajeros eran altamente reservados y evitaban con gran cautela hacer confianza en personas desconocidas, pues cualquier compañero de diligencia o de camino podía resultar un bandolero o un cómplice de bandoleros, señores que abundaban que era una bendición, pues todas las tabernas y posadas contaban con cosecha no escasa de soldados a sueldo del «capitán», cuyas huestes nutrían todos sin excepción, comenzando por el posadero y terminando por el último mozo de cuadra. En esto precisamente iba pensando el guarda de la diligencia-correo de Dover la noche de aquel viernes del mes de noviembre de mil setecientos setenta y cinco, mientras aquélla subía trabajosamente la rampa de Shooter, sentado en la banqueta posterior del carromato que le estaba reservada, dando furiosas patadas sobre las tablas para evitar que sus pies quedaran transformados en bloques de hielo y puesta la mano sobre un arcabuz cargado, que coronaba un montón de seis u ocho pistolas de arzón, también cargadas, a las cuales servía de base otro montón de machetes y puñales perfectamente afilados. En el viaje al que la presente historia se refiere, ocurría en la diligencia de Dover lo que invariablemente sucedía en todos los viajes: el guarda sospechaba de los viajeros, los viajeros sospechaban entre sí y del guarda, unos a otros se miraban con recelo, y en cuanto al postillón, sólo de los caballos estaba seguro: es decir, que con plena conciencia hubiera jurado por el Antiguo y el Nuevo Testamento, que el ganado no servía para la faena a que estaba destinado. —¡Ap! ¡Ap!—gritó el postillón.—¡Arriba, perezosos! ¡Un tironcito más, y os encontráis en lo alto de esa maldita colina! ¡Oye, Pepe! —¿Qué hay?—contestó el guarda. —¿Qué hora crees que será? —Por lo menos, las once y diez. —¡Ira de Dios!—gritó el postillón.—¡Las once y diez y no estamos en la cresta de Shooter! ¡Ap... ap...! ¡Ah, ladrón! El caballo delantero, cuyos lomos recogieron el terrible latigazo con que el postillón acompañó sus últimas palabras, avanzó con decisión por la rampa, arrastrando a sus tres compañeros. La diligencia continuó dando tumbos, escoltada por los tres viajeros que tenían buen cuidado de no separarse de ella, haciendo alto cuando la diligencia lo hacía y avanzando al paso de la misma, siempre atentos a no adelantarse ni a quedar rezagados, sabedores de que, si tal hubieran hecho, habrían corrido riesgo inminente de recibir un arcabuzazo como bandoleros. Dominó al fin la pendiente el pesado carromato: los fatigados caballos hicieron nuevo alto para tomar aliento y el guarda saltó al camino para echar los frenos a las ruedas y abrir la portezuela a fin de que montasen los viajeros. —¡Pepe!—murmuró el postillón, bajando la cabeza y la voz. —¿Qué hay, Tomás?—contestó el guarda. —Me parece que se nos acerca un caballo al trote, Pepe. —A mí me parece que viene a galope, Tomás—replicó el guarda, soltando la portezuela y encaramándose de un salto a su sitio.—¡Caballeros, favor al Rey y a la Justicia! Lanzado el llamamiento, empuñó su arcabuz y permaneció a la defensiva. Hallábase el viajero a quien se refiere esta historia sobre el estribo, dispuesto a entrar en la diligencia, y los dos restantes continuaban en la carretera dispuestos a seguirle. El primero continuó en el estribo, y como consecuencia, sus dos compañeros de viaje hubieron de permanecer en la carretera. Los tres paseaban sus miradas desde el postillón al guarda y desde el guarda al postillón, y escuchaban. El postillón había vuelto atrás la cabeza, el guarda hizo lo propio, y hasta el caballo delantero aguzó las orejas y miró atrás, para no ser nota discordante. El silencio consiguiente a la cesación del rodar del vehículo, añadido al silencio de la noche, hizo que en la cima de la colina reinara un silencio solemne. El jadear de los caballos comunicaba al coche un movimiento trémulo que le daba apariencias de monstruo dominado por intensa agitación. Latían con fuerza tal los corazones de los viajeros, que probablemente no hubiera sido imposible oir sus latidos, pero si esto no, al menos la quietud solemne de la escena evidenciaba que sus personajes contenían el aliento, o no le tenían para respirar, y que sus pulsaciones eran rápidas por efecto de la expectación. Retumbaban en el silencio de la noche los cascos del caballo que subía la rampa a galope furioso. —¡Eh! ¡Alto quien sea!—rugió el guarda con voz de trueno.—¡Alto, o hago fuego! Cesó el desenfrenado galopar y rasgó los aires una voz de hombre que preguntó: —¿Es esa la diligencia de Dover? —¡Eso lo veremos más tarde!—replicó el guarda.—¿Quién es usted? —¿Es la diligencia de Dover?—insistió la voz. —¿Para qué quiere usted saberlo? —Porque si lo es, he de hablar con uno de sus pasajeros. —¿Qué pasajero? —El señor Mauricio Lorry. Inmediatamente manifestó el viajero de quien venimos hablando que Mauricio Lorry era él. El guarda, el postillón y sus dos compañeros de viaje le dirigieron miradas de desconfianza. —¡Cuidado con moverse!—intimó el guarda.—Tenga usted presente que si cometo un error, lo que me ocurre algunas veces, no habrá en el mundo quien sea capaz de repararlo. Caballero llamado Lorry, ¡conteste con verdad a mis preguntas! —¿Qué pasa?—preguntó el interpelado, con voz ligeramente temblorosa.—¿Quién es el que me busca? ¿Jeremías, tal vez? —Si ese individuo es Jeremías, maldito lo que me gusta la voz de Jeremías—gruñó el guarda entre dientes.—No me agradan las voces tan broncas. —El mismo, señor Lorry—respondió el del caballo. —¿Qué pasa? —Despacho de allá para usted: T. y Compañía. —Conozco al mensajero, guarda—dijo Lorry, saltando desde el estribo al camino, ayudado, y no con suavidad, por sus dos compañeros de viaje, que tiraron de la esclavina de su abrigo, montaron inmediatamente, cerraron la portezuela y subieron el cristal.—Puede acercarse: respondo de él. —¿Y de ti quién responde?—se preguntó el guarda por lo bajo.—¡A ver!—continuó con voz tonante.—¡Escuche el del caballo! —¡Concluye pronto!—replicó Jeremías, con voz más ronca que antes. —¡Avance usted al paso...! ¿Me entiende? Y si en la montura lleva pistoleras, procure tener las manos muy lejos de ellas. Tenga presente que me pinto solo para cometer errores, y que, cuando los cometo, siempre toman la forma de plomo. Venga usted para que nos veamos las caras. No tardó en dibujarse entre la niebla la forma de un caballo con su jinete, que a paso lento se acercó al pasajero que esperaba junto al estribo. Detuvo el jinete su cabalgadura, miró al guarda y alargó al pasajero un papel doblado. Jadeaba el jinete al respirar, y tanto él como su caballo estaban cubiertos de barro, desde los cascos del último hasta el sombrero del primero. —¡Guarda!—llamó el pasajero con tono confidencial. —¿Qué se ofrece?—respondió con sequedad el tremebundo guarda, puesta la diestra sobre la caja del arcabuz, la izquierda sobre el cañón y los ojos sobre el jinete. —Puede usted estar completamente tranquilo—repuso Lorry.—Pertenezco al Banco Tellson, entidad de Londres que seguramente conoce usted. Asuntos de importancia me llevan a París. Tome usted una corona para echar un trago... ¿Puedo leer esto? —Si lo lee, despache usted cuanto antes, caballero. Lorry desdobló el papel, y leyó, primero para sí y a continuación en voz alta: «Espere en Dover la visita de la señorita.» —Ya ve usted que el mensaje no es largo, guarda—añadió Lorry.—Conteste usted a quien le envía, Jeremías, la palabra siguiente: «Resucitado». Jeremías dió un salto sobre la montura. —¡Vaya una contestación endiabladamente extraña!—exclamó, sacando el registro más bronco de voz. —Repita usted esa palabra, y los que le envían sabrán que ha cumplido la misión que le confiaron. Puede usted emprender el regreso... Buenas noches. Diciendo estas palabras, el pasajero abrió la portezuela y entró en el carruaje, sin que por galantería le diera la mano ninguno de sus compañeros de viaje, los cuales habían escondido, mientras tenía lugar el incidente mencionado, sus bolsillos y relojes en sus botas y fingían dormir profundamente, sin duda con objeto de evitar ocasiones que dieran lugar a ocupación más activa que el sueño. Rechinó de nuevo el coche y gimió más lastimeramente que nunca al emprender el descenso de la colina. El guarda colocó su arcabuz sobre el montón de pistolas, bien que asegurándose antes de que las que, en calidad de suplementaria, pendían del cinto, estaban en su lugar, sacó de debajo del asiento una cajita que contenía algunas herramientas de cerrajero, dos velas, eslabón, pedernal y yesca. Hombre previsor, llevaba cuanto era necesario para encender, con facilidad y seguridad relativas (si estaba de suerte) los faroles del coche en unos cinco minutos, si aquéllos se apagaban o eran apagados, como ocurría en los viajes más de una vez. —Tomás—llamó el guarda con voz baja. —¿Qué quieres, Pepe? —¿Oíste la lectura del papel? —La oí. —¿Y la contestación? —También. —¿Y qué sacas en limpio, Tomás? —Absolutamente nada, Pepe. —¡Mira qué casualidad!—exclamó el guarda.—Otro tanto me sucede a mí. Jeremías, luego que quedó a solas con la niebla que le envolvía, echó pie a tierra, no ya sólo para dar algún descanso a su rendido corcel, sino también para limpiar los salpicones de barro que llenaban su cara y para bajar las alas de su sombrero, que contenían así como medio galón de agua. Luego permaneció en medio de la carretera, y cuando dejó de oir el ruido del rodar de la diligencia, dió media vuelta y emprendió el regreso a pie diciendo a la yegua que montaba: —Después del galope que te has dado desde el Temple, amiga mía, no me fío mucho de tus manos hasta tanto que lleguemos a camino plano... «¡Resucitado...!» ¡Contestación que podrá entender el infierno, pero no Jeremías...! ¡Lo que sí te aseguro, Jeremías, es que si resucitar se pusiera en moda, te verías en el mayor de los aprietos en que te has visto en tu endiablada vida! III. LAS SOMBRAS DE LA NOCHE Digno de detenidas reflexiones es el fenómeno de que todos los seres humanos llevan en su constitución la necesidad de ser secretos impenetrables entre sí. Cuantas veces entro durante la noche en una gran ciudad, maquinalmente y sin darme cuenta comienzo a pensar que todas y cada una de las casas que forman el ingente y apretado racimo que se alza ante mis ojos encierran su secreto peculiar, que todas y cada una de las habitaciones de las casas encierran su secreto peculiar, y que todos y cada uno de los corazones que palpitan en los cientos de miles de pechos que las habitan, es un secreto profundo para el corazón encerrado en el pecho más inmediato. El fenómeno tiene algo de pavoroso, algo de común con la muerte. El corazón de la persona que me es querida me parece libro cuyas hojas estoy volviendo y a cuyo final no podré llegar jamás: me parece ingente masa líquida en cuyas profundidades insondables he entrevisto, a la luz que momentáneamente las ha penetrado, tesoros ocultos y mil secretos que han excitado mis ansias por saber; pero una voluntad inmutable ha decretado que no pueda leer más que la página primera del libro, que la masa líquida se cuaje y trueque en masa eternamente helada, mientras la luz jugueteaba sobre su superficie y yo la contemplaba desde la orilla, ignorante de lo que en su fondo encerraba. Ha muerto mi amigo, ha muerto mi vecino, han muerto mis amores, y con ellos murieron los anhelos de mi alma, porque su muerte trajo consigo la consolidación inexorable, la perpetuación del secreto que encerraban aquellas individualidades, como la muerte sellará para siempre el mío, sepultándolo conmigo en la tumba. ¿Duerme, acaso, en ninguno de los cementerios de las ciudades que visito, muerto cuya personalidad íntima sea para mí más inexcrutable que las de los vivos que afanosos y solícitos recorren sus calles, más de lo que la mía lo es para todos ellos? Por lo que a este particular se refiere, la herencia natural, herencia imposible de enajenar, del jinete mensajero, era la misma del rey, la misma del primer ministro de Estado, la misma del comerciante más opulento de Londres. Otro tanto sucedía con los tres viajeros encerrados en los angostos límites de una diligencia vieja y destartalada. Cada uno de ellos era un misterio impenetrable para su compañero, tan impenetrable como si en coche propio hubiera viajado, solos y con una nación de por medio entre coche y coche. Montó el mensajero a caballo y emprendió el regreso a trote corto, deteniéndose en todas las tabernas y mesones del camino para refrescar la garganta, pero sin trabar conversación con nadie y procurando llevar siempre el sombrero hundido hasta los ojos. Con éstos se armonizaba perfectamente la precaución, pues eran negros y muy juntos uno a otro; tan juntos, que no parecía sino que temían que alguien los saltase uno a uno si los encontraba separados. Eran de expresión siniestra, a la que tal vez contribuyera la circunstancia de que brillaran entre un sombrero, que más que sombrero parecía escupidera triangular, y una especie de tabardo que arrancaba de los ojos y terminaba en las rodillas con su portador. Cuando éste se detenía para beber, separaba con la mano izquierda el tabardo lo indispensable para verter en la boca el líquido con la mano derecha, y no bien había terminado de beber, lo subía otra vez. —¡No, Jeremías, no!—murmuraba el mensajero, machacando siempre el mismo tema.—Jeremías no puede estar conforme con eso... Eres un hombre honrado, Jeremías, un comerciante que no puede aprobar esa clase de negocios... ¡Resucitado!.... ¡Que me aspen si el señor Lorry no estaba borracho cuando me dió semejante recado! Tan perplejo le traía la palabreja, que con frecuencia se quitaba el sombrero para rascarse despiadadamente la cabeza; y ya que de la cabeza hablo, diré que, excepción hecha de la coronilla, completamente calva, desaparecía bajo una masa de pelo áspero que por la espalda descendía hasta los hombros y por delante crecía hasta el arranque de su ancha y roma nariz. Semejaba la cabeza obra de un herrero, caballete de muro erizado de espesas púas, que los aficionados al juego de a la una la mula hubieran mirado con terror respetuoso, considerándolo seguramente el salto más peligroso que el hombre pudiera dar en el mundo. Tienen las sombras de la noche caprichos verdaderamente extraños. Al mensajero, mientras regresaba con el misterioso recado que debía entregar al vigilante nocturno del Banco Tellson, para que aquel lo transmitiera a su vez a sus superiores jerárquicos, eran muertos resucitados, fantasmas salidos de las tumbas, al paso que para la yegua que montaba, eran caballos corriendo sin descanso. Para los tres inexcrutables viajeros que ocupaban el interior de la diligencia, mientras ésta saltaba y daba tumbos sobre los baches del camino, las sombras de la noche tomaban las formas de los pensamientos que sus respectivas imaginaciones elaboraban. Puede decirse que el Banco Tellson se había trasladado a la diligencia. Para el empleado del mismo, asido con una mano a una correa, gracias a la cual podía evitar una colisión con su vecino cada vez que el vehículo saltaba, y cuenta que saltaba con desesperante frecuencia, las angostas ventanillas del coche, el farol del mismo, que por aquéllas filtraba débiles resplandores, y el bulto negruzco del viajero que tenía ante sus ojos medio cerrados, eran el Banco, en el cual estaba haciendo infinidad de operaciones a cual más afortunadas. El ruido que hacían los arneses antojábasele tintineo de moneda con la que pagaba letras, valores y cheques con rapidez vertiginosa. No tardó en trasladarse con la imaginación a las cámaras subterráneas, cuyos secretos conocía tan bien, y armado de sus grandes llaves abría la enorme caja, que encontraba tan intacta, tan repleta, tan sólida como la dejara la vez última que tuvo ocasión de verla. Pero dominando a la imagen del Banco, que le acompañaba siempre, y a la de la diligencia, que no le dejaba, sentía otra idea fija, tenaz y persistente, que le embargó durante toda la noche. Su viaje tenía por objeto sacar a alguien de la tumba. Ahora bien; lo que las sombras de la noche no determinaban, era cuál de entre el número infinito de caras que pasaban en procesión interminable ante sus ojos era la de la persona enterrada. Eran, empero, todas ellas caras de un hombre de cuarenta y cinco años próximamente, y diferían sobre todo en las pasiones que cada una de ellas reflejaban y en las palideces lívidas que las caracterizaban. Ante los medio cerrados ojos del viajero desfilaron unas tras otras caras que eran espejo de orgullo, de menosprecio, de desafío, de obstinación, de sumisión, de dolor, caras de mejillas hundidas, color cadavérico, flacas y demacradas, pero las líneas generales de todas ellas eran las mismas, de la misma manera que todas aparecían encuadradas en una cabellera prematuramente blanca. Docenas, cientos de veces preguntó al espectro el soñoliento viajero: —¿Cuándo te enterraron? —Hace casi diez y ocho años—contestaba invariablemente el espectros. —¿Habías perdido toda esperanza de volver a ver la luz del día? —Ha mucho tiempo. —¿Sabes que vas a resucitar? —Eso me dicen. —¿Supongo que te interesará vivir? —No puedo decirlo. —¿Querrás que te la presente? ¿Vendrás conmigo a verla? Las contestaciones que los distintos espectros daban a esta pregunta última diferían mucho y hasta se contradecían entre sí. —¡Espera!—exclamaban unos con voz entrecortada.—¡Moriría si la viera tan de repente! —¡Llévame en seguida!—contestaban otros, derramando mares de lágrimas.—¡Me muero por verla! —¡No la conozco!—respondían otros espectros, mirando asombrados a quien les preguntaba.—¡No sé de qué me hablas! No comprendo. El viajero interrumpía estos discursos imaginarios para cavar, cavar sin tregua ni descanso, ora con la azada, ora con la pala, tan pronto con una llave inmensa como con sus propias uñas, en sus ansias por desenterrar al que sepultaran prematuramente. Rendido al fin, falto de fuerzas caía de bruces sobre la tierra removida, y al contacto de ésta con su frente, despertaba sobresaltado y bajaba el cristal de la ventanilla para que los zarpazos de la niebla y de la lluvia le hicieran pasar de lo soñado a lo real. No conseguía, empero, su objeto. Flanqueando el camino, huyendo ante el incierto resplandor de los faroles del coche, veía las mismas imágenes vivificadas por su excitada fantasía. Ante sus ojos se alzaba el Banco Tellson, sus manos pagaban letras y cheques, recorría las cámaras subterráneas, visitaba la caja, y de pronto le salían al paso los fantasmas de rostro lívido y cabellera blanca, y se repetía el interrogatorio anterior: —¿Cuándo te enterraron? —Hace casi diez y ocho años. —¿Supongo que te interesará vivir? —No puedo decirlo. Y vuelta a cavar, y a cavar, y a cavar, hasta que uno de sus compañeros de viaje le indicó, con modales un tanto bruscos, que subiera el cristal de la ventanilla. Quiso entonces fijar sus pensamientos en sus dos compañeros de viaje; mas no tardó en olvidarlos para volver a ensimismarse en los del Banco y de la tumba. —¿Cuándo te enterraron? —Hace casi diez y ocho años. —¿Habías perdido las esperanzas de que te desenterrasen? —Hace muchísimo tiempo. Sonaban aún en sus oídos estas palabras, tan claras y distintas como jamás las oyera en su vida cuando se percató de pronto de que las sombras de la noche habían huído avergonzadas ante los esplendores del nuevo día. Bajó la ventanilla y contempló el brillante disco del sol. Clavado en el surco de un campo inmediato al camino vió un arado. Más allá se divisaba un soto lleno de árboles, en cuyas ramas quedaban muchas hojas a las cuales el astro rey daba tonos rojos y dorados. La tierra estaba húmeda, el cielo despejado y el sol se alzaba solemne, plácido, rutilante, hermoso. —¡Diez y ocho años!—exclamó el viajero, puestos sus ojos en el sol.—¡Dios mío... Dios mío! ¡Enterrado en vida durante diez y ocho años! IV. LA PREPARACIÓN Cuando llegó la diligencia a Dover, a su tiempo y sin tropiezo, el mayordomo en jefe del Hotel del Rey Jorge se apresuró a abrir la portezuela, como tenía por costumbre. Supo dar a su acto cierto aire solemne y ceremonioso, y a fe que lo merecía, pues digno era en verdad de todos los parabienes y enhorabuenas el venturoso viajero que, en pleno invierno, acometía y acababa felizmente una hazaña tan erizada de peligros como un viaje en diligencia desde Londres hasta Dover. No pudo felicitar el fino y cumplido mayordomo más que a un solo viajero, sencillamente porque uno solo venía en el carruaje: los restantes habíanse quedado en sus destinos respectivos. El interior de la diligencia, sucio, lleno de paja y mal oliente, más que otra cosa parecía obscura perrera, y el señor Lorry que lo ocupaba, cuando salió, sacudiéndose las pajas y las inmundicias que cubrían su indumentaria, envuelto en un abrigo viejo y sucio, cubierto con un sombrero apabullado y calzando botas altas cubiertas de fango, más que hombre parecía perro de raza gigante. —¿Saldrá mañana barco para Calais, mayordomo?—preguntó. —Saldrá, señor, si continúa el buen tiempo y sopla viento favorable. ¿Desea cama el señor? —No pienso acostarme hasta la noche; pero necesito habitación y un barbero. —¿Y el almuerzo a continuación, señor? Muy bien... Por aquí, señor. ¡La Concordia para este caballero...! ¡El equipaje de este caballero a la Concordia...! ¡Agua caliente a la Concordia!... ¡Qué suba inmediatamente un barbero a la Concordia!... En la Concordia encontrará usted, señor, una lumbre agradable. La habitación conocida por el nombre de la Concordia, que invariablemente se destinaba a uno de los viajeros llegados por la diligencia, ofrecía un interés especial. Nadie advirtió jamás la diferencia más insignificante entre los diferentes personajes que en ella entraron, pues nunca ojo humano distinguió otra cosa que un levitón de viaje, puesto sobre unos zapatos ordinariamente sucios, y coronado por un sombrero casi siempre viejo y apabullado; pero si en la Concordia entró siempre el mismo individuo al parecer, salieron de ella en el transcurso de los años hombres de todas las edades, tipos, figuras y cataduras. No es, por tanto, de admirar, que la casualidad llevase al trayecto comprendido entre la Concordia y el comedor, a dos mayordomos, tres camareros y varias criadas, amén de la propia dueña del establecimiento, los cuales estaban entregados a diversas faenas domésticas, cuando de la habitación mencionada salió un caballero de unos sesenta años, vistiendo traje de color obscuro, casi nuevo y muy bien conservado, y luciendo unos puños cuadrados muy grandes, aunque no más grandes ni más cuadrados que las carteras que adornaban sus bolsillos. El caballero del traje obscuro se dirigió al comedor, y fué el único que aquella mañana se sentó a la mesa. Habían colocado ésta junto a la chimenea, y al amor de la lumbre se sentó nuestro viajero, puesta una mano sobre cada rodilla, esperando que le sirvieran el almuerzo, en actitud tan rígida y compuesta, que no parecía sino que para que le hicieran un retrato había tomado asiento. Parecía hombre metódico y ordenado. Allá en las profundidades del bolsillo de su chaleco dejaba oir su voz potente y sonora un reloj de tamaño extraordinariamente grande, cuya gravedad y longevidad incontestables semejaban protesta ruidosa y elocuente contra la ligereza y futilidad del fuego que en la chimenea ardía. Buenas pantorrillas tenía el caballero, y es posible que de ellas estuviera envanecido, a juzgar por las medias que las encerraban, del tono mismo que su traje, de punto muy fino y perfectamente ajustadas. Sus zapatos, que adornaban hermosas hebillas, si bien eran de clase corriente, revelaban la mano de un zapatero hábil y ducho en su oficio. Perfectamente ajustada a su cabeza llevaba una peluca pequeña, muy fina y ligeramente rizada, cuya peluca, de suponer es que fuera de cabello, aunque a decir verdad, más parecía hecha de filamentos de seda o de cristal. En cuanto a su camisa, si en finura no podía competir con las medias, en cambio en blancura rivalizaba con la de las crestas de las olas que mansas venían a besar la arena de la playa inmediata, o con la de las velas que mar adentro brillaban a los rayos del sol. Prestaban animación a aquella cara de expresión tranquila, mejor dicho, a aquella cara inexpresiva, pues la mano persistente de la costumbre había borrado de ella la expresión, dos ojos de mirar penetrante, aunque un poquito blandos, que en años pasados debieron dar no poco trabajo a su dueño, antes que consiguiera domarlos y darles aquella expresión de reserva impenetrable y de compostura que era la característica de todos los empleados del Banco Tellson. En la cara, de color sano, aunque surcada de numerosas arrugas, no habían dejado huellas las ansiedades e inquietudes, quizá porque los viejos solterones empleados en el Banco Tellson jamás se ocuparon más que en asuntos de otras personas, y esos asuntos se parecen a los guantes usados, que entran y salen sin esfuerzo. El señor Lorry concluyó por dormirse. Despertó cuando le sirvieron el almuerzo y dijo al camarero que le servía: —Deseo que preparen habitación para una señorita, que probablemente llegará hoy, no sé a qué hora. Es posible que pregunte por el señor Mauricio Lorry, aunque pudiera también ocurrir que lo haga por el señor del Banco Tellson: en uno y otro caso, páseme aviso. —Está muy bien, señor. ¿El Banco Tellson de Londres, señor? —Sí. —Con frecuencia nos ha cabido el honor de servir a los caballeros de ese Banco, señor, en los repetidos viajes que hacen entre Londres y París, y viceversa. ¡Ah! ¡El Banco Tellson y Compañía viaja mucho, señor! —Cierto. Nuestra casa es tan francesa como inglesa. —Pero si no me equivoco, usted no suele viajar mucho, señor. —Muy poco desde hace algunos años. Habrán pasado ya... quince desde que no he ido a Francia. —No estaba yo aquí en aquella fecha, señor... Ni yo ni ninguno de los que hoy estamos. El Hotel del Rey Jorge tenía otros dueños, señor. —Tal creo. —En cambio apostaría sin temor a perder, que una casa como el Banco Tellson y Compañía viene prosperando y floreciendo, no diré ya desde quince años atrás, sino de cincuenta. —Puede usted apostar y decir ciento cincuenta, sin temor a perder y con conciencia de que se aproxima mucho a la verdad. —¡Ciento cincuenta años! Abriendo desmesuradamente los ojos y haciendo de su boca una O perfecta, el camarero adoptó la postura clásica, pasó la servilleta desde el brazo derecho al izquierdo y quedó callado, mirando cómo comía y bebía el viajero, conforme vienen haciendo desde tiempo inmemorial los camareros de todos los siglos y países. Terminado el almuerzo, el señor Lorry salió a dar un paseíto por la playa. No se divisaba desde ella la pequeña e irregular ciudad de Dover, excepción hecha de sus tejados que, metidos entre picachos de canteras calizas, semejaban gigantesca ostra marina. Era la playa un desierto erizado de peñascales y plagado de escollos, donde la mar hacía lo que se la antojaba, y lo que se la antojaba invariablemente era destruir. Casi de continuo rugía contra la ciudad, bramaba contra los farallones, embestía contra los peñascos que pretendían oponerse a su paso y los derribaba con estruendo. Respirábase en las casas un olor tan fuerte a pescado, que no parecía sino que los habitantes de las aguas salían de éstas para curar en las casas sus enfermedades, de la misma manera que las personas enfermas suelen buscar la salud en los baños de mar. Algunos, muy pocos, se dedicaban a la pesca en aquellas aguas, y si durante el día la playa estaba siempre desierta, en cambio por la noche se veían personas que clavaban sus miradas inquietas en la inmensidad del mar. Comerciantes insignificantes a los que nunca se veía hacer un negocio, realizaban de pronto fortunas inmensas que no tenían explicación racional, y era muy de notar que nadie, por aquellos lugares, podía sufrir la presencia de una luz, de la que huían como del demonio. A medida que declinaba la tarde, y el aire, tan diáfano y transparente durante el día, que hubo momentos en que se divisaban perfectamente las costas de Francia, se saturaba de vapores y nieblas, se entenebrecían también los pensamientos del señor Lorry. Cuando, llegada la noche, se sentó al amor de la lumbre del comedor para esperar que le sirvieran la comida, como esperara aquella mañana que le sirvieran el almuerzo, su imaginación cavaba, cavaba sin descanso. No perjudica la salud de un buen cavador una botella de añejo clarete, aunque acaso sea rémora a su actividad, si es cierto, como dicen, que el clarete, sobre todo si es bueno y añejo, inocula en quien lo bebe tendencia marcada a la suspensión de toda clase de trabajos corporales. El señor Lorry había suspendido hacía largo rato todas sus operaciones y acababa de verter en el vaso el último líquido que quedaba en la botella, revelando su rostro toda la satisfacción que pueda revelar un caballero entrado en años que acaba de ver el fondo de una botella, cuando hirió sus oídos el rápido rodar de un carruaje que penetraba en la angosta callejuela y se detenía dentro del patio del hotel. —¡La señorita!—exclamó Lorry, dejando sobre la mesa el vaso que iba a llevar a sus labios. Momentos después entraba en el comedor el camarero y anunciaba que la señorita Manette, recién llegada de Londres, deseaba ver al caballero del Banco Tellson. —¿Tan pronto? —La señorita Manette ha tomado un refrigerio en el camino, y lo único que ahora desea con verdadero anhelo es ver sin pérdida de momento al caballero del Banco Tellson, siempre que éste tenga agrado en visitarla. No quedó otro recurso al caballero del Banco Tellson que vaciar el vaso haciendo un gesto de estólida desesperación, ajustar su sedosa peluca a sus orejas y seguir al camarero, que le guió a la habitación de la señorita Manette. Era una estancia de grandes proporciones, muy obscura, tapizada de negro, como una capilla ardiente, y amueblada con objetos de tonos obscuros, entre los cuales podían contarse una porción de mesas, todas pesadas y todas negras. Sobre la del centro, untada, como todas las otras, mil veces con aceite, había dos candelabros, negros también, cuya luz no bastaba a disipar las tinieblas que reinaban como dueñas y señoras en la estancia. Tan densa era la obscuridad, que el señor Lorry, mientras avanzaba caminando sobre una alfombra, bastante deteriorada por cierto, supuso que la señorita se encontraría en alguna habitación contigua, y en esa creencia persistió hasta que, después de dejar a sus espaldas los dos candelabros, tropezó con una persona que de pie le estaba esperando, entre la mesa y la chimenea. Era una joven de unos diez y siete años de edad, vestida de amazona, cuyas manos sostenían aún por la cinta el sombrero de paja que llevó durante el viaje. Al fijar sus ojos en aquella carita diminuta, perfectamente ovalada y de líneas graciosas, encuadrada en una masa abundante de cabellos de oro, dos ojos azules salieron al encuentro de los suyos, mirándoles con mirada penetrante y expresión que no era de perplejidad, ni de asombro, ni de admiración, ni de alarma, aunque probablemente participaba de las cuatro. En la imaginación del señor Lorry, al apreciar las facciones que delante tenía, surgió la figura de una niña que muchos años antes había llevado en sus brazos en un viaje de travesía por aquel mismo canal con tiempo frío y mar extraordinariamente gruesa. Disipóse la imagen casi con tanta rapidez como se borró la mancha producida por el aliento en la no muy limpia cornucopia colocada a espaldas de la joven, y encerrada en un marco que ofrecía una procesión de cupidos negros sin cabeza muchos y todos cojos o mancos, los cuales ofrecían canastillas negras llenas de frutas del Mar Muerto a unos ídolos negros del género femenino, y se inclinó profunda y solemnemente ante la señorita Manette. —Sírvase tomar asiento, caballero—dijo una voz clara y musical, con acento extranjero, aunque apenas perceptible. —Beso a usted la mano, señorita—contestó el señor Lorry, haciendo otra reverencia, a la usanza antigua, antes de tomar asiento. —Ayer recibí una carta del Banco, caballero, en la que me decían que se había sabido... o descubierto... —La palabra es lo de menos, señorita: una y otra expresan la idea. —... Algo acerca de los escasos bienes que dejó mi pobre padre, a quien he tenido la desventura de no conocer... Lorry se revolvió en la silla, y dirigió miradas angustiosas a la fúnebre procesión de cupidos negros, cual si esperara encontrar en las absurdas canastillas que llevaban, la luz que le negaba su inteligencia. —... Y que, en consecuencia, era de todo punto necesario que hiciera un viaje a París, donde habría de ponerme en contacto con un caballero del Banco, enviado a la capital de Francia para ese objeto. —Ese caballero soy yo, señorita. —Lo suponía, caballero. La niña hizo una reverencia llena de gracia (en aquellos tiempos hacían reverencias las señoritas). El caballero se inclinó profundamente. —Contesté al Banco que si las personas que llevan su benevolencia para conmigo hasta el punto de aconsejarme, consideraban que era necesario el viaje, iría desde luego a Francia, pero que, en atención a que soy huérfana y no tengo amigos que puedan acompañarme, estimaría como favor especial que me permitieran colocarme, durante el viaje, bajo la protección del digno caballero con quien había de ponerme en contacto en París. El caballero había salido ya de Londres, pero creo que le enviaron un mensajero rogándole que me esperase aquí. —Me consideré feliz al recibir el encargo, y me lo consideraré mucho más cumpliéndolo, señorita—contestó el señor Lorry. —Muchísimas gracias, caballero; crea usted que se las doy de corazón. Me anunció el Banco que el caballero me explicaría los detalles del asunto, y que fuera preparada a recibir noticias de índole sorprendente. He hecho todo lo posible para prepararme, y puede estar seguro de que siento verdaderos anhelos por saber de qué se trata. —Lo encuentro muy natural—respondió Lorry.—Sí... perfectamente natural... Yo... Hizo una pausa, ajustó nuevamente su peluquín a las orejas, y repuso al fin: —Lo cierto es que resulta tan difícil principiar... Y no principió. En su indecisión sus miradas se encontraron con las de su interlocutora. En la frente de ésta se dibujaron algunas arrugas, su rostro varió de expresión, y su mano se alzó hasta la altura de los ojos, cual si deseara apoderarse de alguna sombra que ante ellos acababa de cruzar. —¿Nos habremos visto alguna vez, caballero?—preguntó. —¿Lo cree usted así?—interrogó Lorry, extendiendo los brazos y sonriendo. La línea delicada y fina que se había dibujado entre las cejas de la niña se hizo más profunda y enérgica al sentarse ésta en la silla junto a la cual había permanecido en pie hasta entonces. Lorry la contemplaba silencioso, y cuando al cabo del rato la joven alzó de nuevo sus ojos, apresuróse aquél a preguntar: —Supongo que en su patria de adopción deseará usted que le trate y hable como a señorita inglesa; ¿no es verdad, señorita Manette? —Como usted guste, caballero. —Soy hombre de negocios, señorita Manette, y he recibido el encargo de tratar y llevar a feliz término un negocio. Cuando escuche usted de mis labios todos los detalles con aquél relacionados, no vea usted en mí más que una máquina habladora, pues en rigor, máquina habladora soy. Con su permiso, señorita Manette, referiré a usted la historia de uno de nuestros clientes. —¡Historia! Parece que Lorry debió tomar una palabra por otra, pues no bien repitió su interlocutora la palabra historia, repuso con apresuramiento: —Sí, señorita: de uno de nuestros clientes. Los que nos dedicamos a los negocios bancarios solemos llamar clientes a todos nuestros conocimientos. El cliente a que me refiero era un caballero francés, hombre de mucho talento y grandes dotes intelectuales... un médico. —No sería de Beauvais, ¿eh? —Precisamente de Beauvais. Lo mismo que el señor Manette, su padre de usted, el caballero en cuestión era de Beauvais: lo mismo que el señor Manette, su padre de usted, era una notabilidad en París, donde tuve el honor de conocerle. Nuestras relaciones fueron lisa y exclusivamente de negocios, pero confidenciales. Me hallaba yo a la sazón en nuestra casa francesa, y hace de esto... ¡friolera! ¡veinte años! —En aquel tiempo... Perdone usted mi curiosidad, caballero, pero desearía saber... —Hablo de veinte años atrás, señorita. Casó con una dama inglesa... y yo era uno de sus fideicomisarios. El Banco Tellson manejaba todos sus negocios, como los de casi todos los caballeros y familias francesas. De la misma manera que fuí fideicomisario de aquel caballero, lo soy o lo he sido de docenas de clientes de la casa. Son puras relaciones comerciales, señorita, libres de amistad, libres de interés, libres de afecto, relaciones en las cuales nada hay que se parezca a sentimiento. En el curso de mi vida, he pasado de unas a otras sin que ninguna dejara rastros ni casi recuerdos en mí, exactamente lo mismo que despacho con los innumerables clientes que diariamente se acercan al Banco con objetos tan variados. En una palabra, señorita: yo no tengo sentimientos, yo no tengo afecto a nadie, yo soy una máquina, yo soy un... —Pero es que me está usted refiriendo la historia de mi padre, caballero, y principio a sospechar que, cuando murió mi madre, que solamente dos años sobrevivió a mi padre, dejándome huérfana y sola en el mundo, fué usted el que me llevó a Inglaterra. Casi me atrevería a asegurar que fué usted. El señor Lorry tomó la diminuta mano que llena de confianza buscaba las suyas, y la llevó con cierto aire de ceremonia a sus labios. —Yo fuí, en efecto, señorita Manette—contestó Lorry.—El hecho de que desde entonces nunca más haya vuelto a ver a usted, la convencerá de la exactitud de mis palabras, la convencerá de la verdad con que aseguré ha poco que no tengo sentimientos, y que cuantas relaciones mantengo o he mantenido con mis semejantes han sido exclusivamente de negocios. ¡No! ¡Nada de sentimentalismo! Usted ha sido desde entonces la pupila del Banco Tellson, y yo he tenido sobrado quehacer también desde entonces trabajando en los asuntos del Banco Tellson. ¡Sentimientos! ¡Me falta tiempo y voluntad para permitirme el lujo de tenerlos! He pasado mi vida entera moviendo y dando vueltas a masas inmensas de dinero. Hecha esta descripción singular de sus rutinas diarias, el señor Lorry alisó con entrambas manos su sedosa peluca, operación innecesaria, pues era imposible alisarla más de lo que estaba, y volvió a tomar su actitud anterior. —Hasta ahora, señorita, lo que acabo de narrar es, conforme ha adivinado usted, la historia de su padre. Las diferencias vienen ahora. Si su padre no hubiese muerto cuando murió... ¡No se asuste usted! ¡Si está temblando como la hoja en el árbol! Era cierto. La joven temblaba convulsivamente y, sin articular palabra, alargó entrambas manos en actitud suplicante. —¡Por favor, señorita...!—exclamó Lorry con extremada dulzura.—Domínese usted... Calme esa agitación... ¿Qué tienen que ver aquí los sentimientos?... Estamos hablando de negocios... Ya ve usted: decía... La mirada que la niña dirigió al narrador le descompuso tan por completo, que vaciló, tartamudeó, hubo de hacer una pausa bastante prolongada, y al fin repuso: —Decía que si el señor Manette no hubiese muerto, que si en vez de morir hubiera desaparecido inesperada y silenciosamente, evaporándose, por decirlo así, que si no hubiera sido empresa imposible adivinar el pavoroso lugar donde habría sido sepultado, aunque sí llegar hasta él, si hubiera tenido la desgracia de acarrearse la animadversión de algún compatriota suyo, investido de un poder que los hombres más valientes de mi tiempo no se atrevían a mencionar sin temblar, el poder de llenar órdenes o decretos firmados en blanco, en virtud de las cuales fácil era condenar a prisión y olvido temporal o perpetuo a cualquier mortal, si la esposa de ese caballero hubiera implorado compasión del rey, de la reina, de la corte, del clero y de la nobleza, solicitando noticias de su marido ausente, sin conseguir ablandar ningún corazón, entonces la historia del doctor de Beauvais que estoy refiriendo sería en efecto la de su padre de usted. —¡Por Dios santo, caballero, dígame más! —A eso voy: ¿pero cuenta usted con valor bastante para escuchar lo que yo diga? —Todo lo puedo soportar menos la incertidumbre en que me dejan sus palabras. —Habla usted con calma... y seguramente está ya sosegada: ¡magnífico!—continuó Lorry, con expresión que desmentía sus últimas palabras.—Estamos hablando de negocios... nada más que de negocios. No vea usted en lo que digo más que un negocio... que puede hacerse... que, según todas las probabilidades, saldrá bien. Sigamos: si la buena señora del doctor, dama de valor excepcional y de gran presencia de espíritu apuró dolores, sufrimientos tan acerbos, a consecuencia de lo que acabo de manifestar, antes que viniera al mundo su hijo... —¡El hijo era hija, caballero!... —¡Bueno...! ¿Qué más da? El sexo no altera el negocio... Digo, señorita, que si la pobre dama sufrió dolores tan acerbos antes que naciera su hija, que a fin de impedir que llegase hasta ésta la triste herencia de sus agonías, la amamantó y educó en la creencia de que su padre había muerto... ¡No se arrodille usted, por Dios vivo...! ¡En nombre del Cielo!... ¿Por qué cae de rodillas a mis pies? —¡Para suplicarle que me diga la verdad...! ¡Por piedad, señor, nada me oculte!... —Todo se lo diré... ¡Pero cálmese usted, por lo que más quiera! Estamos tratando un... un... negocio, señorita, y sus extremos me confunden... y no es posible... no puedo tratar negocios con acierto si confunden y obscurecen mis ideas. Veamos de despejar la cabeza. Si usted puede decirme ahora mismo... por ejemplo, cuántos peniques suman nueve monedas de a nueve peniques una, o cuántos chelines son veinte guineas, tranquilizará mucho mi espíritu, pues será prueba palpable de la calma y serenidad del suyo. Sin contestar directamente a este llamamiento, la niña se dejó alzar del suelo y volvió a sentarse con tal compostura, que comunicó a su interlocutor el valor que principiaba a faltarle. —¡Muy bien! ¡Así...! ¡Mucho valor! ¡Negocio y nada más que negocio! Se le presenta un negocio, negocio positivo, de rendimientos. Su madre, señorita Manette, adoptó con usted la norma de conducta que antes he insinuado. Cuando murió... creo que de pesadumbre... sin haber cesado ni por un instante de buscar a su marido, y sin llegar a averiguar nada, dejó a usted, niña de dos años, en camino de crecer hermosa, feliz, sin penas, libre de la nube negra que hubiera amargado su existencia, si al morir la hubiese revelado la historia de su padre, sin poder añadir si éste había muerto en la cárcel o si continuaba enterrado en el calabozo, sufriendo las torturas del sepultado en vida. Pronunció las últimas palabras posando una mirada de compasión infinita sobre los cabellos de oro que tenía delante, cual si a sí mismo se dijera que, gracias a la compasiva reserva de la madre, no abundaban en aquellos las hebras de plata. —Sabe usted perfectamente que sus padres no disfrutaron de una gran fortuna, y que, la que poseían, pasó a su madre y a usted. Por lo que a dinero y bienes materiales se refiere, no se han hecho descubrimientos nuevos; pero... Sintió el narrador que manos delicadas oprimían con fuerza sus muñecas, y dejó de hablar. La expresión del rostro de la niña era de pena y de horror. —Pero ha sido encontrado... él. Vive, sí... muy cambiado... lo considero probable; destrozado, hecho una ruina, reducido a sombra de lo que fué... es posible; pero vive, y debemos abrigar esperanzas de que mejorará. Su padre ha sido llevado a la casa de un antiguo criado suyo, que reside en París, y a su encuentro vamos nosotros: yo, para identificarle, si puedo; usted, para abrazarle, para devolverle la vida, el cariño, la calma y el descanso. La niña se estremeció de pies a cabeza. Trémula, conmovida, con voz extraña, cual de la quien habla en sueños, dijo: —¡Voy a ver su fantasma!... ¡Su fantasma!... ¡No a él! Lorry desprendió con suavidad las manos que atenaceaban su brazo. —¡Calma, calma, señorita!—dijo.—Ya pasó todo. Conoce usted todo lo bueno y todo lo malo. Vamos al encuentro del desventurado caballero, injustamente castigado, y después de un viaje feliz por mar, seguido de otro no menos venturoso por tierra, tendrá muy en breve el dulce placer de abrazarle. —¡He vivido tranquila, he vivido feliz, y nunca me ha perseguido su fantasma!—exclamó la niña con el mismo tono de voz que antes. —Réstame otra observación—repuso Lorry, recalcando la palabra, con objeto, sin duda, de asegurarse la atención de su oyente. Cuando le encontraron, llevaba otro nombre. El suyo, o lo olvidaron hace mucho tiempo, o alguien ha tenido interés en ocultarlo. Sería peor que inútil intentar averiguar si ha ocurrido lo uno o lo otro: sería peor que inútil tratar de inquirir si se olvidaron de su persona, o si deliberadamente y con intención le han retenido durante tantos años prisionero: sería peor que inútil practicar pesquisas de ninguna clase, y lo sería, porque además de inútil, nos expondríamos a correr grandes peligros. Preferible mil veces es no hablar siquiera del asunto, y sacar a su padre de Francia. Yo mismo, no obstante encontrarme a cubierto de peligros de esa clase por ser ciudadano inglés, y hasta el Banco Tellson, con toda la importancia que en Francia tiene, no nos atrevemos a mencionar siquiera el asunto. No llevo sobre mi persona una línea, una palabra escrita que a él se refiera con claridad. En una palabra: se trata de un secreto. Todas las credenciales que para resolverlo me acreditan, todas las instrucciones que como agente he recibido, se reducen a una palabra sola: «Resucitado»... ¡Pero qué es eso!... ¡Si no ha oído una palabra de las que vengo diciendo! ¡Señorita Manette! La niña continuaba en la silla, perfectamente quieta, perfectamente tranquila, perfectamente silenciosa, perfectamente erguida, perfectamente insensible, abiertos los ojos y clavados en la cara de Lorry, pero con esa expresión singular que tienen los ojos esculpidos bajo la frente de una estatua. Sus dedos continuaban asiendo su brazo con tal fuerza, que no se atrevió a desasirlos temiendo lastimarla, por cuyo motivo gritó pidiendo socorro, pero sin moverse. A los gritos acudió una mujer de aspecto bravío, roja de cabeza a pies, pues rojo era el color de su cara, rojo su cabello, rojo su vestido, rojo el monumental gorro, semejante al que solían llevar los granaderos o a un descomunal queso de Stilton. Pisando los talones a la mujer, que penetró corriendo en la estancia, llegaron todas las criadas de la posada. Pocos miramientos empleó la primera para solucionar el conflicto de desasir el brazo de Lorry de los dedos que, agarrotados, lo sujetaban, pues de la primera manotada asestada contra el pecho del caballero del Banco Tellson, envió a éste precipitado contra la pared más inmediata. —¡Esa mujer es hombre!—murmuró para sus adentros Lorry, al chocar contra la pared. —¡Qué buscáis aquí, bobaliconas!—rugió la mujer roja, dirigiéndose a las criadas.—¿Por qué no vais a fregar, en vez de estar ahí, mirándome como idiotas? ¿Soy alguna mona por ventura? ¡A trabajar! ¡Pronto sabréis quién soy yo, si no me traéis volando sales, agua fría, vinagre y todo lo que haga falta! La dispersión fué general e inmediata. Volaron las criadas en busca de los restaurativos pedidos, mientras la matrona roja colocaba a la paciente sobre un sofá con gran pericia y suavidad llamándola «preciosa», «hijita mía», «paloma», etc., etc. —¿Y usted, pedazo de bruto—gritó a continuación, revolviéndose furiosa contra el señor Lorry,—no pudo contarla su famosa historia sin darla un susto de muerte? ¡Vea cómo la ha puesto! ¡Pálida como un difunto, fría como el hielo! ¿No le da vergüenza decir que es banquero? Hasta tal extremo desconcertó al señor Lorry una pregunta de contestación tan difícil, que no supo hacer otra cosa que mirar desde lejos con expresión de simpatía y humildad extraordinarias, mientras la tremebunda mujer, después de ahuyentar de nuevo a los criados que habían vuelto a entrar con agua, vinagre y sales, bajo la penalidad misteriosa de «hacerles saber algo que no tenía por qué mencionar» si continuaban allí mirándola embobados, puso manos a la obra y consiguió, al cabo de mucho rato, que la niña comenzara a dar señales de vida. —Parece que se encuentra mejor—observó el señor Lorry. —Pero no será por lo que usted ha hecho—replicó con aspereza la matrona.—¡Hija mía! —¿Tendría usted inconveniente—preguntó Lorry con gran humildad, pasados algunos momentos—en acompañarla hasta Francia? —¡No sabe usted decir más que sandeces! Si la Providencia hubiese dispuesto que alguna vez cruzase yo el charco, ¿cree usted que me habría hecho nacer en una isla? Como también resultaba difícil en extremo la contestación a semejante pregunta, el señor Mauricio Lorry creyó conveniente retirarse para meditar. V. LA TABERNA Había caído en la calle, haciéndose pedazos, una barrica de vino. El accidente ocurrió al sacar la barrica de un carro. Aquélla cayó al suelo, comenzó a rodar, saltaron los aros, y fué a abrirse como un cascarón de monstruosa nuez frente a la puerta de una taberna. Cuantas personas había por los alrededores suspendieron sus tareas o pusieron fin a su ociosidad para correr al lugar del siniestro y beberse el vino. Las piedras ásperas, desiguales y puntiagudas que formaban el adoquinado de la calle, puestas de propósito, según todas las apariencias, para hacer tantos cojos como afortunados mortales tuvieran la dicha de pasar sobre ellas, habían hecho la distribución del rojo líquido, formando variedad de estanques de diferentes dimensiones, todos los cuales estaban rodeados por grupos mayores o menores, según fuera mayor o menor su extensión. Muchos hombres, tendidos de bruces, recogían el vino en el hueco de sus manos, y bebían, o hacían que bebieran las mujeres que afanosas se inclinaban sobre sus hombros, antes que el líquido escapara entre sus dedos. Otros, hombres y mujeres, lo recogían con pequeñas vasijas de barro cocido o bien empapaban los pañuelos de cabeza de las mujeres, que luego exprimían en sus bocas o en las de los niños: éstos oponían diques de barro al curso del vino, aquéllos, obedeciendo los consejos que a gritos les daban desde las ventanas los curiosos, saltaban de acá para allá a fin de desviar el curso de nuevos regueros, y no faltaban quienes apoderándose de los fragmentos medio podridos de la barrica, los chupaban y lamían con indecible ansiedad. Puede asegurarse que las turbas recogieron, no ya sólo hasta la última gota de vino, sino también hasta la última molécula de tierra que con aquel estuvo en contacto. La calle quedó como si por ella acabasen de pasar todas las brigadas de basureros de la ciudad, si en la ciudad se hubiera conocido la brillante institución de basureros. Mientras duró la diversión del vino, no cesó en la calle la algarabía de alegres carcajadas y gritos de júbilo, lanzados por docenas de gargantas de hombres, de mujeres y de niños. La distracción resultaba un poquito ordinaria y un mucho movida. Cuantos en ella tomaban parte mostraban tendencia especial a las afinidades y confianzas, de las que resultaban brindis de gusto discutible, apretones de manos, abrazos y caprichosas danzas, en los que tomaban parte especial los que habían bebido más, o los de carácter más jovial y divertido. Cuando faltó el vino, y las piedras y tierra que había regado quedaron secas y limpias, cesaron las demostraciones de alegría con tanta brusquedad como habían comenzado. El individuo que había dejado su sierra apoyada contra el leño que estaba aserrando, la empuñó y puso de nuevo en movimiento; la mujer que dejó su puchero cociendo frente a la puerta de su casa, volvió a atenderlo; descendieron otra vez a las profundidades de las obscuras cuevas los hombres de brazos desnudos, pelo sucio y rostros cadavéricos que habían salido a la luz del día minutos antes, y las tinieblas envolvieron con su manto una escena que, en realidad, hacía daño contemplar a la luz del sol. El vino que contenía la barrica destrozada era tinto, y manchó la estrecha calle del suburbio de San Antonio en la cual se había derramado. Manchó asimismo muchas manos y muchas caras y muchos pies desnudos y muchos zuecos. Las manos del hombre que aserraba el leño dejaron huellas rojizas en las tablas, y la frente de la mujer que amamantaba a su tierno hijo quedó también manchada al chocar con la frente de la vieja bruja con la cual se abrazó y bailó en momentos de efímera alegría. Los que ansiosos se apoderaron de los restos de la barrica y los chuparon y lamieron, salieron de la diversión con círculos rojizos en sus bocas que les daban aspecto de tigres feroces, y hubo uno, más aficionado sin duda a las bromas que los demás, que con el dedo untado en la masa formada por el lodo y el vino, garrapateó en la pared la palabra sangre. ¡Día llegaría en que la sangre fuera vertida a torrentes, y en que muchos de los que en la diversión reseñada tomaron parte irían tintos en sangre de cabeza a pies! Luego que la calle de San Antonio volvió a su ser y condición habituales, de los que momentáneamente la sacara un incidente fortuito, quedó triste, obscura y tétrica, gimiendo bajo el cetro del frío, de la suciedad, de las enfermedades, de la ignorancia y del hambre, nobles de gran poder todos ellos, pero particularmente el mencionado en último lugar. En todos los rincones se veían agazapados ejemplares de desdichados que habían sido prensados y triturados una y cien veces entre las pesadas piedras del molino, tiritando de frío y cayéndose de hambre. El molino que los había triturado no era aquel molino fabuloso que tiene la propiedad de convertir a los viejos en jóvenes llenos de vida, sino el que hace de los jóvenes viejos. Caras de ancianos tenían los muchachos, y voces graves y profundas los niños. Sus espaldas se doblaban bajo el peso, no de los años, pero sí bajo el del hambre, que era la dueña y señora de aquellos barrios. Hambre era la palabra que se repetía en todas las casas, hambre el fatídico fantasma montado sobre los míseros harapos que pendían de las pértigas o cuerdas tendidas frente a las inmundas casuchas, hambre repetían todos los fragmentos de serrín que caían bajo los dientes de la sierra del carpintero, hambre el espantoso monstruo que, no encontrando en las calles inmundicias con que alimentarse, se encaramaba a lo alto de las chimeneas, que tampoco ofrecían humo a su voracidad; hambre era la inscripción que se leía en las anaquelerías de todos los panaderos, hambre la palabra estampada en todos los panes, caros, de mala calidad y faltos de peso. Los distritos donde había sentado sus reales no podían ser más a propósito para el objeto. Una calle estrecha y tortuosa, muladar inmundo y hediondo, de la que arrancaban otras callejas más estrechas y tortuosas, habitadas por piltrafas humanas y oliendo a piltrafas humanas, en las cuales sólo se veían personas y cosas que daban náuseas. En la torva expresión de sus habitantes vislumbrábanse anhelos feroces de volver las cosas del revés. No faltaban en sus caras demacradas ojos que despedían llamas, ni labios crispados, ni frentes contraídas horriblemente. Hasta las muestras de las tiendas eran ilustraciones vívidas de la necesidad. En las carnicerías y tocinerías pintaban reses escuálidas, y en las panaderías panes fementidos, microscópicos. La única industria que parecía atravesar una época de prosperidad floreciente era la de las herramientas y armas. Los cuchillos y hachas de los carniceros eran brillantes, estaban perfectamente afiladas, los martillos de los herreros pesaban muchas libras, y las armerías estaban atestadas de instrumentos de muerte. Las calles, llenas de baches, depósitos de fango y de agua corrompida, carecían de aceras. Los faroles, que a intervalos muy largos pendían de unas cuerdas, derramaban sobre ellas una luz enfermiza que no bastaba a disipar las tinieblas como no disipan las tinieblas del mar la luz de los faroles colocados en lo alto de las vergas. A decir verdad, París era un mar, y tanto el barco como los que lo tripulaban corrían grave peligro de naufragar. Había de llegar el día en que los famélicos habitantes de aquellas regiones, a fuerza de contemplar los míseros faroles, llegarían a concebir el proyecto de introducir mejoras en el sistema y colgarían de aquellas cuerdas hombres que iluminasen las negruras de su situación. No era, empero, llegado el tiempo, y aunque todas las brisas que soplaban sobre Francia eran precursoras de recios vendarales, no se daban por enterados los pajarillos de sedoso plumaje. La taberna frente a la cual se desarrolló la escena que acaban de presenciar los lectores de esta historia ofrecía mejor aspecto que la mayor parte de las tabernas de aquellos barrios, y su dueño, vestido con chaleco amarillo y calzones verdes, estuvo contemplando con tranquila indiferencia la lucha de los que corrían a la conquista del vino derramado. —Poco me importa—exclamó, encogiéndose de hombros.—Lo han dejado caer los empleados del almacenista; ellos me traerán otra barrica. Acertó entonces el tabernero a ver al individuo que escribía en la pared la palabra sangre, y le preguntó: —Oye, Gaspar; ¿qué estás haciendo ahí? Contestó él interpelado con uno de esos gestos significativos que tanto privan entre las gentes de su ralea, y cuya significación tantas veces pasa inadvertida, como ocurrió en el caso presente. —¿Estás haciendo méritos para ingresar en un manicomio?—repuso el tabernero, atravesando la calle y extendiendo sobre la palabra escrita en la pared un puñado de barro que recogió del suelo.—¿No encuentras otro sitio, dime, donde escribir palabras como ésa? Mientras formulaba la segunda pregunta, el tabernero colocó su mano menos sucia (quizá por casualidad, quizá intencionadamente) sobre la región del corazón de su interlocutor. Este golpeó su pecho con la suya, dió un prodigioso salto y quedó inmóvil, en actitud de danza fantástica puesto el brazo izquierdo sobre la cadera y el derecho en alto, y sosteniendo entre el pulgar y el índice de la diestra un zapato sucio que previamente se había sacado de uno de sus pies. El tabernero volvió a cruzar la calle y entró en su establecimiento. Era un hombre de unos treinta años, de aire marcial y cuello de toro. Debía ser de un temperamento de fuego, pues aunque el día era uno de los más fríos que disfrutaron los parisienses en aquel invierno crudo, iba en mangas de camisa y llevaba éstas arremengadas hasta muy cerca de los hombros. En cuanto a prendas de cabeza, no usaba otra que la natural: una masa de pelo negro, áspero y ensortijado. Era de tez morena y buenos ojos, de mirar implacable. Evidentemente era hombre de gran resolución y propósitos inquebrantables, uno de esos hombres con los cuales sería peligroso tropezarse en un sendero estrecho bordeado por dos abismos, pues es seguro que por nada ni por nadie volvería sobre sus pasos. La señora Defarge, esposa del tabernero en cuestión, estaba sentada detrás del mostrador cuando aquél entró en el establecimiento. Era mujer de constitución robusta, aproximadamente de la edad misma que su marido, de ojos vigilantes, aunque muy contadas veces parecía mirar a ningún objeto determinado, grandes manos cubiertas de sortijas, cara de líneas enérgicas, expresión reservada y aire de perfecta compostura. Una de las características de la señora Defarge consistía en no sufrir nunca equivocaciones que redundasen en perjuicio de sus intereses en ninguna de las operaciones del establecimiento. Extremadamente sensible al frío, iba envuelta en pieles y abrigaba su cabeza con un chal de colores chillones que la cubría por completo, bien que dejando a la vista los grandes pendientes que adornaban sus orejas. Tenía frente a sí su calceta, pero la había dejado sobre el mostrador para consagrar algunos minutos a la limpieza de su dentadura, lo que estaba haciendo con un mondadientes. Absorta en su ocupación, con el codo derecho apoyado sobre la mano izquierda, nada dijo la señora Defarge cuando su marido entró en el establecimiento, pero dejó oir una tosecita apenas perceptible. La tosecita, combinada con un ligero enarcamiento de sus cejas, negras como el ala del cuervo y perfectamente arqueadas, dió a entender a su marido la conveniencia de dar un vistazo a los clientes, entre los cuales acaso encontrase alguno nuevo que había llegado a la taberna mientras se encontraba en la calle. Paseó el tabernero sus miradas por la sala, no tardando en fijarlas las sobre un caballero, ya entrado en años, y en una señorita, sentados en uno de los ángulos. Había otros parroquianos también: dos que jugaban a las cartas en una mesa, otros dos que se entretenían en otra, puestas sus facultades en las fichas de dominó, y otros tres que, de pie junto al mostrador, procuraban alargar todo lo posible el vino que se habían hecho servir. El tabernero, al pasar detrás del mostrador, pudo advertir que el caballero entrado en años decía con los ojos a su joven compañera: —Ese es nuestro hombre. Fingió el tabernero no reparar en la presencia de los dos personajes desconocidos, y entabló conversación con el triunvirato que estaba bebiendo junto al mostrador. —¿Qué tal, Santiago—preguntó uno de los tres al buen Defarge,—se han tragado todo el vino que salió de la barrica? —Hasta la última gota, Santiago—contestó Defarge. No bien hicieron los interlocutores el intercambio de sus nombres de pila, la señora Defarge tosió otro poquito y arqueó de nuevo las cejas. —Pocas veces—observó el segundo de los parroquianos del mostrador—tienen esos bestias miserables ocasión de conocer a qué sabe el vino, ni nada que no sea el pan negro y la muerte: ¿no es verdad, Santiago? —Verdad es, Santiago—respondió el tabernero. Al segundo intercambio de los nombres de pila sucedió otra tosecita acompañada del enarcamiento de cejas de la señora Defarge. —¡Ah!—exclamó el tercero de los bebedores, apurando el último sorbo y dejando el vaso sobre el mostrador.—¡Hiel tienen siempre en sus bocas esos borregos, y viven vida de perros! ¿digo bien, Santiago? —Dices bien, Santiago—fué la contestación del tabernero. Hecho el tercer intercambio de nombres de pila, la señora Defarge dejó el mondadientes e hizo un movimiento insignificante. —¡Es verdad...! ¡Entretenlos!—murmuró muy por lo bajo su marido.—Señores... tengo el gusto de presentarles a mi mujer. Los tres parroquianos se descubrieron y saludaron con sendas inclinaciones de cabeza a la tabernera, la cual, a su vez, recibió sus homenajes doblando ligeramente la suya y mirándolos sucesivamente. A continuación, tendió como por casualidad sus miradas en derredor, recogió la calceta con gran calma, y comenzó a trabajar. —Señores—repuso el tabernero, que había observado con mirada escrutadora a su mujer,—la cámara que ustedes manifestaron deseos de ver cuando yo salí a la calle, está en el quinto piso. Arranca la escalera del patio de la izquierda, junto a la ventana del... Pero ahora recuerdo que uno de ustedes ha estado ya en ella, y puede guiar a los demás. ¡Adiós, señores! Pagaron los bebedores el consumo hecho, y se retiraron. Los ojos del tabernero parecían estudiar a su mujer y la calceta que estaba haciendo, cuando el caballero de edad avanzada se levantó manifestando deseos de hablar algunas palabras con Defarge. —Con mucho gusto, caballero—respondió éste, saliendo con el anciano hasta la puerta del establecimiento. Breve fué la conferencia, pero de efectos tan rápidos como decisivos. No se habían cruzado cuatro palabras, cuando Defarge hizo un movimiento de sorpresa, y antes que transcurriera un minuto, hacía una seña al anciano y salía presuroso a la calle. El caballero llamó con un movimiento de cabeza a la señorita, y ambos salieron en pos del tabernero, dejando a la señora Defarge embebida en la tarea de hacer calceta. El señor Mauricio Lorry y la Señorita Manette, que ellos eran los visitantes de la taberna, según habrán adivinado, a no dudar, los lectores, encontraron al tabernero junto a la puerta que momentos antes había indicado el último a los tres parroquianos con los cuales le hemos visto cambiar algunas palabras. En la sombría entrada que daba acceso a la escalera, no menos sombría, el tabernero hincó una rodilla en tierra y llevó a sus labios la mano de la hija de su antiguo señor. Fué un homenaje, un testimonio de sumisión, bien que ejecutado con ademán que nada tenía de dulce. Unos segundos habían bastado para transformar radicalmente a Defarge; ya no reflejaba buen humor su rostro, ya no era su cara espejo de franqueza: antes al contrario, en su expresión de reserva, en su actitud airada, en la cólera que chispeaba en sus ojos, fácil era leer al hombre peligroso. —Está muy alto... la escalera es pesada... creo que hará usted bien subiendo con más calma—dijo el tabernero con dura entonación al señor Lorry, en el momento de empezar a subir la escalera. —¿Está solo?—preguntó Lorry. —¡Solo! ¡Válgame Dios! ¿Quién quiere usted que le acompañe? —¿Siempre solo? —Siempre. —¿Porque así lo desea él? —Porque así lo exigen las circunstancias. Tal como estaba cuando le vi el día que vinieron a preguntarme si quería tenerle en mi casa y ser discreto corriendo el peligro consiguiente... tal como estaba entonces, está ahora. —¿Muy cambiado? —¡Cambiado!... El tabernero descargó un puñetazo contra la pared y lanzó una maldición horrenda. No hubiera producido la mitad de los efectos que produjo aquella explosión de furia cualquier respuesta clara y precisa. La melancolía del señor Lorry iba en aumento a medida que avanzaba en el ascenso de la empinada escalera. Penoso, muy penoso, sería hoy subir la escalera de una casa de las más viejas sita en uno de los barrios más poblados de París; pero en el tiempo a que esta historia se refiere, resultaba punto menos que imposible para los que no tuvieran atrofiados los sentidos a fuerza de costumbre. Todos los vecinos de aquellas inmensas colmenas dejaban las basuras e inmundicias en los rellanos de la escalera general, donde quedaban hacinados sin que nadie cuidara de retirarlos, engendrando así una masa de descomposición bastante para envenenar el aire, si ya no estuviera saturado de las impurezas intangibles que son resultado natural de la miseria y de las privaciones. Combinadas las dos fuentes de corrupción, respirábase allí una atmósfera insoportable. El señor Lorry, cediendo a las molestias que le producía subir por aquel pozo obscuro, sucio y envenenado, no menos que a la agitación que observaba en su joven compañera, agitación que se multiplicaba por momentos, hizo alto dos veces para descansar. Cada uno de aquellos descansos pareció llevarse las últimas reservas de aire no corrompido, rellenando el espacio que aquéllas dejaban libre con mefíticas emanaciones que brotaban de todas partes. Llegaron al fin a lo alto de la escalera, donde se detuvieron por tercera vez. Todavía habrían de subir un tramo, más empinado que los anteriores, y de dimensiones sumamente reducidas, antes de llegar al sotabanco. El tabernero, que caminaba delante y procuraba mantenerse constantemente a distancia respetable de la señorita, cual si temiera que ésta le dirigiera alguna pregunta, llegado frente a la puerta del sotabanco metió la diestra en el bolsillo, y sacó una llave. —¡Ah!—exclamó Lorry, sin poder disimular su sorpresa.—¿Está cerrada la puerta con llave? —Sí—contestó con sequedad Defarge. —¿Considera usted necesario tener en una reclusión tan extremada a ese infortunado caballero? —Considero necesario tener la puerta cerrada con llave—murmuró el interpelado bajando mucho la voz y frunciendo horriblemente las cejas. —¿Por qué? —¡Por qué! ¡Porque ha tantos años que vive cerrado con llave, que se asustaría, se horrorizaría, se lanzaría de cabeza contra las paredes, moriría... yo no sé los extremos que haría... si se le dejase con la puerta abierta! —¡Será posible! —¿Posible? ¡Sería infalible, sí!—replicó con entonación amarga Defarge.—¡A fe que no podemos quejarnos de los atractivos que nos ofrece un mundo en que son posibles estas y otras atrocidades, de la hermosura de un cielo que contempla impasible los horrores que usted está viendo...! ¡El demonio nos gobierna!... ¡Viva el infierno! ¡Entremos, señor, entremos! Tan en voz baja había sido sostenido el diálogo que queda copiado, que ni una palabra llegó a oídos de la niña. Era, empero, tan intensa la emoción que la dominaba, su rostro reflejaba tal expresión de espanto y tan viva ansiedad, que el señor Lorry creyó necesario dirigirle algunas palabras encaminadas a levantar su deprimido ánimo. —¡Valor, mi querida señorita!—dijo.—¡Valor! Estamos persiguiendo un negocio, cuya fase dolorosa pasará en un momento. En cuanto franqueemos esta puerta, habremos vencido lo peor. Dentro de breves segundos podrá el desdichado comenzar a saborear todo el bien, todo el consuelo, toda la dicha que usted va a proporcionarle. Nuestro buen amigo Defarge nos ayudará... ¡Al negocio, al negocio! Al doblar un recodo muy pronunciado encontraron a tres hombres, que estaban mirando por el ojo de la llave y por las rendijas de la puerta que nuestros visitantes iban a abrir. Los hombres en cuestión resultaron ser los mismos que momentos antes bebían de pie junto al mostrador. —La sorpresa que su visita me produjo ha hecho que los olvidara—dijo Defarge a guisa de explicación.—Tengan la bondad de dejarnos, amigos. Los tres hombres desaparecieron silenciosamente. —¿Ha hecho usted del señor Manette objeto de exhibición?—preguntó Lorry en voz muy baja y con expresión colérica. —Lo exhibo, conforme acaba usted de ver, a muy reducido círculo de personas escogidas. —¿Y cree usted que eso está bien? —Sí, señor: creo que está bien. —¿Y esos escogidos, quiénes son? ¿Cómo los escoge usted? —Escojo a los que son hombres verdaderos... y se llaman como yo: Santiago; hombres que conviene que lo vean... Pero usted es inglés, y es inútil que le dé explicaciones que no ha de entender. Tenga la bondad de esperar un momento. Por medio de un gesto recomendó a sus acompañantes que permanecieran inmóviles, y pegó la cara a una grieta que presentaba la pared. Momentos después alzó la cabeza, dió sobre la puerta dos o tres golpes, sin más objeto, a no dudar, que el de hacer ruido, pasó la llave por ella una porción de veces, con idéntica intención, la puso al fin en la cerradura, y abrió haciendo todo el ruido posible. Lenta y silenciosamente se abrió la puerta de fuera a dentro, empujada por la mano del tabernero. Este adelantó la cabeza y dijo algo. Una voz sumamente débil contestó. El tabernero volvió la cara e indicó a sus acompañantes que le siguieran. Lorry rodeó con su brazo la cintura de la niña, próxima a caer desfallecida. —¡Ne... gocio... hija mía... nego... o... cio!—exclamó Lorry, vueltos hacia la niña los ojos, de los cuales brotaba algo que no suele ser producto de los negocios.—¡Entre usted... entre! —¡Tengo miedo!—respondió la joven. —¿Miedo a qué? —¡A él... a mi padre! Viéndose en situación crítica, a consecuencia del estado de espíritu de la joven, por una parte, y por otra de las señas que su guía hacía para que entrasen, Lorry levantó entre sus brazos a la primera y franqueó la puerta. Defarge quitó la llave, cerró la puerta por dentro, con llave, por supuesto, y, terminadas esas operaciones lenta y metódicamente, y sobre todo, haciendo todo el ruido que pudo, echó a andar con paso mesurado en dirección a la ventana. Junto a ésta se detuvo y dió media vuelta. El sotabanco, construído para ser depósito de leña, apenas si recibía la visita de una luz muy escasa, pues la ventana, sumamente estrecha, y casi cerrada para evitar el frío, dificultaba tanto el paso a la luz, que era imposible ver absolutamente nada. Y sin embargo alguien trabajaba en aquella lóbrega estancia, pues junto a la ventana a la que daba frente, y vueltas las espaldas a la puerta, había un hombre de cabellos blancos como la nieve, sentado en una banqueta muy baja y entregado con ardor a la tarea de coser zapatos. VI. EL ZAPATERO —Buenos días—dijo el tabernero, fijando sus ojos en la cabeza blanca del zapatero. —Buenos días. —Siempre tan trabajador, ¿eh? Al cabo de un rato de angustioso silencio, el zapatero alzó la cabeza y contestó: —Sí... estoy trabajando. La languidez de aquella voz hacía daño al oído. No era esa languidez que sigue al decaimiento de fuerzas, a la debilidad física, no, aunque es indudable que alguna parte tenían en ella la alimentación insuficiente, las penalidades y malos tratos recibidos durante el terrible cautiverio: su característica especial y típica la recibía del hecho de tratarse de una languidez producida por la soledad y falta de uso de la voz. Era algo así como el eco de un sonido que nació largos años antes y a considerable distancia: una voz que había perdido la vida, el timbre de voz humana, una voz que producía en los sentidos la impresión misma que produciría la vista de un color hermosísimo y delicado trocado por la mano de los siglos en mancha débil de colorido indefinible, una voz que reflejaba con elocuencia tan vívida la desesperación de un ser humano perdido y abandonado, que cualquier viajero a quien el hambre y las fatigas rindieran en las soledades del árido desierto que estuviera recorriendo, reconocería en su timbre la voz de su hogar, la voz de las personas queridas que dejaba en el mundo, antes de doblar la cabeza para rendir el postrer aliento. Al cabo de algunos minutos que el anciano pasó trabajando silencioso, ajeno a cuanto le rodeaba, volvió a levantar los ojos. En ellos no se advertía ni un átomo de interés, ni un átomo de curiosidad: reflejaban sencillamente esa percepción mecánica, esa conciencia inconsciente de que el espacio donde antes se ha visto un objeto o una persona continúa ocupado. —Quisiera dejar penetrar un poquito más de luz—dijo Defarge, cuyos ojos no se habían separado un instante de la persona del zapatero.—¿Podrá usted sufrirla? Suspendió su obra el interrogado; paseó sus miradas por el suelo, a derecha e izquierda, como quien busca algo, y luego las alzó hacia el que acababa de interrogarle, preguntando al fin: —¿Qué decía usted? —Preguntaba si podrá tolerar un poquito más de luz. —Tendré que tolerarla, si usted la deja entrar. Defarge abrió un poco más la ventana. Los rayos de luz que penetraron en el sotabanco iluminaron perfectamente al zapatero, que tenía sobre el muslo un zapato sin terminar. Diseminados por el suelo, o colocados sobre la banqueta, se veían varios útiles del oficio. Era aquél un hombre de barbas recortadas de cualquier manera, pero no de longitud desmesurada. En su cara macilenta y demacrada brillaban extraordinariamente dos ojos que hubieran parecido grandes y rasgados, aun cuando de suyo no lo fueran. La amarillenta camisa que llevaba abierta por el pecho dejaba ver una carne flácida y blanca como el papel. Su piel, la vieja blusa de lona que cubría la parte superior de su cuerpo, las medias, que llenas de arrugas servían de envoltorio a unas pantorrillas sin carne, y en una palabra, todas las prendas de vestir, habían adquirido, a fuerza de verse privadas del contacto del aire y de la luz, un tono de pergamino que hacía sumamente difícil poder precisar la materia empleada en su manufactura. Había puesto a guisa de pantalla una mano entre sus ojos y la luz, y todos los huesos de aquélla se transparentaban. Jamás miraba a la persona que le dirigía la palabra sin antes bajar los ojos al suelo y pasearlos en todas direcciones, cual si hubiera perdido el hábito de asociar el espacio con el sonido; nunca hablaba sin divagar, nunca se acordaba de lo que acababan de preguntarle, ni de lo mismo que estaba él diciendo. —¿Piensa terminar hoy ese par de zapatos?—preguntó Defarge, haciendo una seña a Lorry para que se acercase. —¿Qué dice usted? —¿Piensa terminar hoy esos zapatos? —No puedo decir si lo pienso o no. Creo que sí; pero no lo sé. La pregunta le recordó la tarea, y a ella se consagró de nuevo. Aproximóse silencioso el señor Lorry, dejando a la niña junto a la puerta. Uno o dos minutos haría que se encontraba junto a Defarge, cuando el zapatero alzó la cabeza. No manifestó la menor sorpresa al ver a dos personas en vez de una. —Tiene usted una visita—observó Defarge. —¿Qué dice usted? —Que ha venido este señor a visitar a usted. El zapatero alzó de nuevo los ojos, pero no dejó de trabajar. —Este caballero—repuso Defarge—entiende mucho en zapatos. Enséñele usted el que está haciendo para que aprecie su trabajo. Tómelo usted, señor. Lorry tomó en su mano el zapato. —Diga usted a este señor qué clase de zapato es, y el nombre del operario que lo hace. Medió una pausa más larga que las de ordinario antes que respondiera el zapatero. —He olvidado la pregunta—dijo al fin.—¿Qué decía usted? —Dije que tuviera usted la bondad de decir a este señor qué clase de zapato es éste. —Es un zapato de señora... zapato de paseo, propio para señorita. Es de moda, aunque la verdad es que nunca he visto la moda. —¿Y el nombre del zapatero?—preguntó Defarge. El desventurado puso los nudillos de la mano derecha en la palma de la izquierda, invirtió el orden, colocando los nudillos de ésta en la palma de la primera, a continuación se pasó las dos por la barba y después por la frente. La obra de arrancarle de la abstracción en que quedaba sumido siempre a raíz de haber hablado no cedía en importancia y dificultad a la de volver a la vida a una persona desmayada o la de infiltrar un poco de vida artificial en un cuerpo casi muerto del que se espera obtener alguna revelación. —¿Preguntó usted mi nombre? —En efecto, eso pregunté. —Ciento Cinco, Torre del Norte. —¿Nada más? —Ciento Cinco, Torre del Norte. Exhalando algo que no fué ni suspiro ni gemido, volvió a la tarea, que no suspendió hasta que el señor Lorry, mirándole con fijeza, le preguntó: —Su profesión de usted no ha sido la de zapatero, ¿verdad? El interrogado volvió sus hundidos ojos hacia Defarge, cual si esperara que éste contestara por él la pregunta, pero como no le llegara por aquella parte el auxilio, los llevó hacia el que le interrogaba, no sin clavarlos antes en el suelo: —¿Que no ha sido mi profesión la de zapatero? No: no lo ha sido. Aprendí... aprendí el oficio... allí. Me lo enseñé yo mismo. Pedí que me dejaran... Perdió, al llegar a este punto, el hilo de lo que estaba diciendo. Vagó errante su mirada de una parte a otra hasta que volvió a encontrar a la persona con quien hablaba, y continuó, con el tono del que, en el momento de despertar, reanuda una conversación que el sueño interrumpió: —Pedí que me dejaran aprender por mí mismo, y aprendí a fuerza de tiempo y de dificultades. Desde entonces no he hecho otra cosa más que zapatos. En el instante que alargaba la mano para tomar de las de Lorry el zapato, preguntóle este último: —Señor Manette, ¿no me recuerda usted? El zapato cayó al suelo y el zapatero quedó inmóvil, clavados sus ojos en la cara de quien le preguntaba. —Señor Manette—repitió Lorry, poniendo una mano sobre el hombro de Defarge.—¿No se acuerda usted de este hombre? ¡Mírele bien! ¡Míreme también a mí! ¿No se alzan en su cerebro las figuras del que fué su banquero, la memoria de sus antiguos negocios, la imagen de su criado antiguo? Mientras el infeliz recién salido de la tumba, donde por espacio de tantos años le tuvieran enterrado en vida, clavaba sus miradas ora en el señor Lorry, ora en Defarge, su frente reveló que allá en las profundidades de su cerebro algunos destellos de inteligencia reñían ruda batalla con la noche profunda que, reinando como señora única, paralizaba toda su actividad. La cerrazón se acentuó poco dispuesta a perder su imperio; los destellos se debilitaron y concluyeron por apagarse; pero habían brillado, y lo que una vez brilla, lo que una vez despierta, no está extinguido del todo, puede brillar otra vez. Así ocurrió en efecto. Cuando momentos después repararon sus miradas en la cara juvenil de la niña que, arrastrándose a lo largo de la pared se había acercado, y de pie y con las manos extendidas le contemplaba, primero con mezcla de compasión infinita y de terror, y más tarde con anhelos vivísimos de estrechar contra su pecho aquella cabeza de espectro y ansias fervientes de inocular en su alma el calor de la vida, la luz del amor y de la esperanza, la inteligencia brotó de nuevo, pero más potente que la vez primera, ante el conjuro misterioso de la chispa que, partiendo del alma de la joven, fué a prender en la del anciano. Las sombras, resistiendo obstinadas, quedaron al fin dueñas del campo. El viejo miró a las personas que tenía delante con menos atención que antes, y sus ojos buscaron el suelo con el aire de sombría abstracción que les era peculiar. Al cabo de algunos segundos, exhalaba un suspiro, recogía el zapato y reanudaba su tarea. —¿Le ha reconocido usted, caballero?—susurró Defarge al oído de Lorry. —Por imposible lo reputé al principio, pero aunque sólo por breves instantes, he conseguido reconocer el rostro que tan conocido me fué en otro tiempo... ¡Chist... silencio! ¡Alejémonos un poco más! La niña se había separado de la pared, y se acercaba silenciosa a la banqueta en que el anciano estaba sentado. Fué una escena sencillamente imponente. Nadie pronunció palabra. Ni el rumor más liviano vino a turbar aquel silencio augusto. La niña, semejante a un espíritu, quedó en pie junto al zapatero, y éste trabajaba con ardor. Ocurrió que al cabo del rato necesitó el anciano cambiar el instrumento con que estaba trabajando por la cuchilla de zapatero. La recogió, y cuando iba a emplearla, se detuvo. Sus ojos acababan de ver una falda. Perezosamente fueron alzándose hasta encontrar la cara de la niña, y allí se detuvieron. Ráfagas de terror cruzaron por la frente del desdichado; moviéronse sus labios cual si quisieran pronunciar palabras que su garganta se negó a articular, su respiración se hizo fatigosa y jadeante, y al fin se le oyó murmurar: —¿Qué es esto? La niña, por cuyas mejillas corrían raudales de lágrimas, llevó a sus labios las manos que tenía juntas en actitud suplicante, las besó, y seguidamente cruzó sus brazos sobre el pecho cual si entre ellos tuviera la cabeza querida del anciano. —¿Eres la hija del calabocero?—preguntó éste. —No—suspiró ella. —¿Quién eres, pues? Comprendiendo la imposibilidad en que se encontraba de articular palabra, la joven tomó asiento en la banqueta junto al anciano. Quiso éste alejarse, pero sintió sobre su brazo la dulce presión de la mano de su compañera, y, dejando sobre la banqueta la cuchilla, quedó contemplando a aquélla. Caían sobre los hombros de la niña sus cabellos de oro peinados en largos tirabuzones. El anciano adelantó poco a poco y con timidez evidente una mano hasta llegar a tocarlos, sus miradas se iluminaron, pero se apagó la luz que momentáneamente había brillado en su inteligencia y, exhalando un suspiro, dobló la frente y quiso reanudar su labor. Muy poco tiempo duró su abstracción. Después de dirigir dos o tres miradas al zapato, cual si quisiera asegurarse de que continuaba sobre su rodilla, lo dejó resueltamente sobre la banqueta, llevó sus manos al cuello y desató una cuerda sucia y ennegrecida que lo rodeaba, de la cual pendía una bolsita de paño. Colocando la bolsita sobre la rodilla, abrióla con cuidado y sacó de ella dos rizos de cabello, que examinó con detenimiento. —¡Es el mismo!—murmuró.—¿Cómo es posible? ¿Cuándo sucedió? ¿Cómo sucedió? Su frente se iluminó más que nunca. Vuelto hacia la niña, tomó entre sus manos la cabeza, la colocó de manera que la luz de la ventana la diera de lleno en la cara, y al cabo de un buen espacio de muda contemplación, dijo: —Aquella noche, la noche en que me llamaron fuera, ella había reclinado su cabeza sobre mi hombro... Ella temía que yo saliese... yo no sentía el menor recelo... y cuando me encerraron en la Torre del Norte, me encontraron esto escondido en la manga... «¿Me permitiréis que lo conserve?—les pregunté.—No han de facilitar la fuga de mi cuerpo... aunque gracias a ellos saldrá con frecuencia mi espíritu por entre las rejas». Esas fueron las palabras que les dije... Las recuerdo como si acabara de pronunciarlas. Largo rato se movieron sus labios antes que consiguiera articular las palabras que quedan transcriptas, pero cuando pudo hablar, lo hizo con acuerdo perfecto, bien que muy lentamente. —No lo entiendo...—añadió.—¿Eras tú? Los dos testigos mudos de la escena avanzaron alarmados al observar la brusquedad con que el anciano se volvió hacia la niña; pero ésta, perfectamente tranquila, les dijo, en voz muy baja: —Suplico a ustedes, mis buenos señores, que no se acerquen, que no hablen, que no se muevan. —¡Chist!—exclamó el anciano.—¿Quién habla? Volvió a guardar los rizos en la bolsita y quiso atar nuevamente la cuerda a su cuello, pero sin dejar de mirar a la joven y moviendo con expresión de dolor sombrío su cabeza. —¡No, no, no!—repuso.—¡No es posible!... ¡Eres demasiado joven, demasiado niña! ¡Ya ves los efectos de permanecer sepultado en una prisión!... Estas no son las manos que ella conoció, ni ésta la cara que ella vió, ni ésta la voz que tan dulce sonaba en sus oídos... ¡No, no! Ella... y él... Hace muchos años... muchas eternidades... antes de los lentos siglos de la Torre del Norte... ¡Dime! ¿Cómo te llamas, ángel hermoso? La hija cayó de rodillas a los pies del infeliz padre, unidas las manos delante del pecho. —¡Oh, señor!—exclamó.—¡En otra ocasión sabrá usted cómo me llamo, quién fué mi madre y quién fué mi desventurado padre, cuya dolorosa historia jamás llegó a mis oídos! No puedo decirlo en este momento ni en este sitio. ¡Lo único que ahora, aquí mismo, puedo decirle, es que me abrace y bendiga! ¡Sí...! ¡Béseme... béseme! Confundiéronse los cabellos de nieve con los cabellos de oro. —Si mi voz... ignoro si será así, pero lo espero... si mi voz despierta en usted ecos de otra voz que en años mejores sonó en sus oídos como música deliciosa... ¡llore por ella... llore por ella! Si mi cabello le recuerda una cabeza querida que descansaba feliz y dichosa sobre su pecho cuando usted era joven y libre, ¡llore por ella, llore por ella! Si al verse en el seno del hogar que nos espera, surgen en su memoria recuerdos de otro hogar, desierto y arruinado ha muchos años, otro hogar que caía hecho pedazos mientras su corazón languidecía y moría entre los negros muros de un calabozo, ¡llore por él... llore por él! La joven, mientras decía estas palabras, tenía entre sus brazos la blanca cabeza del anciano y la mecía como si fuera un niño. —¡Llore también, querido... querido señor, si cuando le diga que sus agonías han terminado para siempre, que he venido para llevarle conmigo a Inglaterra, donde podrá disfrutar de paz y acaso de ventura, soy causa de que se acuerde de una vida que pudo ser tan útil a sus semejantes, y que, sin embargo, se ha malogrado! ¡Llore, derrame lágrimas amargas sobre nuestra patria, sobre Francia, que tan cruel ha sido para usted! Y si cuando le revele mi nombre, si cuando le diga el de mi padre, que vive todavía, y el de mi madre, que ha muerto, sabe que habré de caer de rodillas a los pies de mi adorado padre, y que tendré necesidad de implorar su perdón por no haber pasado despierta y trabajando para favorecerle todos los días de mi vida, y llorando todas mis noches, porque el amor de mi desventurada madre quiso apartar de mis labios la copa amarga del dolor, ocultándome la horrible historia, ¡llore... llore por ella... llore también por mí! ¡Mis buenos señores!... ¡Demos gracias a Dios! ¡Siento correr por mi rostro las lágrimas sagradas de.... este señor, y siento repercutir en mi corazón los sollozos de su pecho! ¡Oh!... ¡Gracias... gracias, Dios mío! El anciano había caído en los brazos de la niña, sobre cuyo pecho tenía reclinada la cabeza. Tan conmovedora era la escena, y tan terrible a la par, por ser consecuencia de horrendas injusticias y de tremendos sufrimientos, que los dos testigos hubieron de cubrirse las caras con las manos. Cuando se restableció en el sotabanco el imperio de la tranquilidad, y el pecho del anciano, que por espacio de largo rato...