The Lady of the Camellias by Alexandre Dumas — Classic Novel (B2)

LA DAMA DE LAS CAMELIAS CAPÍTULO I Tengo la convicción de que no se pueden crear personajes sin haber estudiado mucho la humanidad, como de que no se puede hablar un idioma sin aprenderlo antes perfectamente. No teniendo, como no tengo, la edad indispensable para inventar, he de contentarme con referir. Creo que el lector se persuadirá pronto de la veracidad de la presente historia, cuyos personajes, excepto la heroína, viven aún. Muchos testigos existen en París de la mayor parte de los hechos que voy a consignar, los cuales podrían confirmarlos, si mi testimonio no fuese bastante. Una circunstancia especial hace que sólo yo pueda narrarlos, puesto que soy el único confidente de los más íntimos detalles, sin los cuales sería imposible hacer una relación interesante y completa. Debo comenzar explicando la singular manera cómo llegaron a mi tales pormenores. El día 12 de marzo de 1847, llamó mi atención un cartel amarillo fijado en una casa de la calle Laffite. En él se anunciaba la venta de muebles y objetos curiosos, venta que iba a verificarse por haber fallecido su poseedor. En dicho anuncio no se citaba el nombre del difunto, pero sí que debía tener lugar la venta en la calle de Antín, número 9, el día 16, de las doce a las cinco de la tarde. Decía el anuncio, además, que podían visitarse las habitaciones y los muebles durante los días 13 y 14. Como soy aficionado a curiosidades, decidí aprovechar la ocasión, si no para comprar, para satisfacer al menos mi costumbre. Presentéme, pues, al otro día en la calle de Antín, número 9, y por más que creía ser de los primeros, encontré que se me habían anticipado varios. Entre la muchedumbre había algunas señoras que, si bien lucían ricos vestidos de terciopelo y abrigos de cachemir, y eran esperadas en la puerta por lujosos carruajes, contemplaban admiradas, si no envidiosas, aquel cúmulo deslumbrante de objetos, tan ricos como artísticos. Después me expliqué tanta admiración y asombro, pues, examinándolos también, noté que me hallaba en la que fué morada de una cortesana. Sabido es el prurito que sienten las señoras del gran mundo por escudriñar el interior doméstico de ciertas mujeres, cuyos soberbios troncos salpican de lodo sus carretelas, que al par de ellas y entre ellas tienen su palco en la Ópera y en los italianos, haciendo pública ostentación de su belleza, de sus galas y de sus escándalos. La que habitó la casa en que me hallaba, había muerto; podían, por lo tanto, penetrar en su gabinete las damas más virtuosas. La muerte había desinfectado la atmósfera de aquella espléndida sentina y, sobre todo, podían, hasta las más escrupulosas, pretextar que acudían a una venta, ignorantes de los pormenores de la casa a que se las llamaba. Habían leído unos anuncios, querían ver lo que por ellos se prometía, y elegir anticipadamente; nada más natural, lo que no era obstáculo para que entre aquel conjunto de maravillas procurasen encontrar las huellas de la meretriz sobre cuya vida debían haber oído tan raras como extrañas aventuras. Pero los misterios habían desaparecido con el fallecimiento de la heroína, y no obstante sus buenas intenciones, no pudieron encontrar aquellas damas, nada que no fuese lo que podía venderse después de la muerte de la belleza que animaba aquellas maravillas. Podían hacerse buenas adquisiciones, puesto que cuantos objetos había expuestos eran verdaderamente magníficos. Muebles de palo de rosa y de álamo blanco, porcelanas de Sèvres y de China, bronces de Sajonia, ricas tapicerías, raso, seda, metales preciosos; nada faltaba. Recorrí las habitaciones, siguiendo a los demás. Las damas que me precedían entraron en un gabinete tapizado de tela persa; iba yo a penetrar también, cuando ellas retrocedieron sonriendo como avergonzadas de su curiosidad. Esto avivó más mi deseo y entré: era la pieza tocador, en la que se manifestaba la extremada prodigalidad de la difunta, con todos sus detalles y buen gusto. Diseminados en artístico desorden, sobre una gran mesa, ostentábanse mil tesoros de Oudiot y Aucoc. Existían allí todos los infinitos objetos necesarios al tocador de una mujer como la que vivió en aquella casa no habiendo uno que no fuese de oro o de plata. Y eso que aquel armónico conjunto se había agrupado por las diversas manos de distintos amores. Como yo estaba curado de espanto, entretúveme minuciosamente en examinar detalles, y pude observar que todos aquellos objetos trabajados con tanto artificio, iban marcados por diferentes cifras y blasones. Examinando aquellos ricos e innumerables datos equivalentes a otras tantas concesiones de la pobre joven, me decía a mí mismo: «Dios se le ha manifestado muy compasivo no dejando que sucumbiera al castigo común, permitiéndole morir rodeada de lujo y belleza, y sin llegar a la vejez, primera muerte de las mujeres libres». En efecto, ¿puede darse nada más horroroso que la vejez de la prostitución, sobre todo en la mujer? Privada de toda dignidad, no inspira ninguna clase de interés. El remordimiento continuo, no del mal camino recorrido, sino de la falta de cálculo y del dinero malversado, es una cosa verdaderamente triste. Conocí a una de estas desgraciadas ancianas, que de su pasado no le quedaba más que una hija, tan hermosa como lo había sido ella según testimonio de sus contemporáneos. Aquella desgraciada criatura, a la que su madre jamás había dado el nombre de hija para otra cosa que para ordenarle que sostuviese su vejez, en compensación de haberla mantenido en su infancia, se llamaba Luisa, y por obediencia a su madre, se abandonaba al vicio sin voluntad, sin pasión, sin goce alguno, de igual manera que hubiera ejercido, si se lo hubiesen enseñado, un oficio cualquiera. El hábito continuo del libertinaje, en el cual había nacido, unido a una naturaleza débil y enfermiza, habían privado a la pobre niña de la distinción entre el bien y el mal, que si Dios se la había concedido al nacer, nadie había cuidado de arraigar. Nunca se borrará su recuerdo de mi memoria. Me parece que la veo diariamente y a la misma hora atravesar los boulevares, acompañada de su madre, con la asiduidad propia con que las madres dignas de serlo, acompañan a sus propias hijas. Como yo era muy joven no me repugnaba, ni preocupaba por la ligera moral de mi siglo. No obstante, recuerdo que aquella escandalosa vigilancia me repugnaba e infundía desprecio. Añádase a ello que jamás se ha pintado rostro de virgen con mayor aureola de inocencia, con parecida expresión de sufrimiento. Podía decirse que simbolizaba la resignación. Un día el rostro de aquella criatura pareció iluminarse. De entre los desenfrenos de que su madre tenía la llave, pareció que Dios permitía brotar cierta ventura. Y, bien considerado, ¿por qué Dios, que no le concediera fuerzas, la había de dejar sin ayuda, bajo el enorme peso de la vida? Aquel día, pues, Luisa sintió que iba a ser madre, y lo que le quedaba aún de casto, se estremeció con su alma. La pobre niña corrió a participárselo a su madre para compartirse la alegría. Rubor cuesta el decirlo, y no consigno una inmoralidad por puro capricho, doy fe de un hecho. Tal vez obraría mejor callándolo, si no creyese, como creo, que conviene revelar los martirios de estas infelices que el mundo condena sin oirlas y desprecia sin juzgarlas; rubor causa, repito, pero la madre contestó a la hija, que su miseria era ya extremada para las dos y que para las tres sería insoportable, añadiendo que semejantes criaturas son inútiles y que el período del embarazo es tiempo perdido. Al día siguiente, cierta mujer, muy amada de la madre, visitó a Luisa. La desgraciada joven guardó cama unos días, pasados los cuales se levantó aún más pálida y débil que de costumbre. Algunos meses después inspiró compasión a un hombre que se propuso su curación física y moral; pero la última crisis había sido tan violenta, que su naturaleza no pudo dominarla y falleció a causa de un alumbramiento prematuro. Su madre sobrevivió. ¿De qué manera? Dios lo sabe. Mientras contemplaba aquellos caprichos artísticos, recordaba esta historia, y al desvanecerse mi ensimismamiento, observé que me habían dejado solo, digo mal, había en la puerta un centinela observando con atención, para evitar sin duda, que me llevase alguno de aquellos preciosos objetos, y al cual le dije: —Amigo, ¿podríais decirme el nombre de la persona que vivió aquí? —La señorita Margarita Gautier. Yo la conocía perfectamente. —¡Cómo!—exclamé;—¿Margarita ha muerto? —Sí, señor. —¿Hace mucho? —Unas tres semanas. —¿Y por qué se permite visitar estas habitaciones? —Sus acreedores creen que así aumentará el precio de los objetos. Pudiendo apreciarse el efecto que producen los muebles colocados en su sitio, se estimula a los compradores. —¿De modo que Margarita tenía deudas? —Muchísimas, señor. —¿Y podrán cubrirse con la venta? —Con exceso. —¿A quién corresponderá el sobrante? —A su familia. —¿Tenía familia? —Así parece. —Gracias, amigo—le dije retirándome. Tranquilizado el vigilante, me saludó a su vez. ¡Pobre joven!—me decía dirigiéndome a mi casa;—muy triste ha de haber sido su muerte, sin deudos ni amigos, pues no los tiene la mujer que, como ella, no goza de salud. ¡Y a qué negarlo! me entristecía el recuerdo de la desgraciada Margarita. Tal vez este sentimentalismo parecerá ridículo a ciertas gentes; pero mi indulgencia para con estas desdichadas es tal, que no me tomo el trabajo de discutirla. Cierto día que iba a despachar un pasaporte en la prefectura, vi a dos gendarmes conduciendo a una pobre joven desolada y triste. No sé ni quise saber qué falta había cometido; pero puedo asegurar que lloraba tiernamente abrazando y besando a una criatura de pocos meses de la que su arresto la separaba. Desde entonces no he podido despreciar a ninguna mujer. CAPÍTULO II El día diez y seis era el señalado para la venta. Se había dejado un día en claro entre los de las visitas y el de la venta, al objeto de que los tapiceros pudiesen descolgar los cortinajes y demás objetos, preparándolo todo de manera conveniente. Yo llegaba de cierto viaje, y por lo tanto no era de extrañar que nadie me hubiese noticiado la muerte de Margarita, como un importante acontecimiento de los que los amigos cuentan siempre al que regresa a la capital de las noticias. Margarita era una mujer notable y bella; pero así como es verdad que la existencia bullidora de las mujeres de su clase da mucho que hablar, no lo es menos que su muerte apenas deja rastro. Son soles que se ponen como salieron; sin crepúsculo. Cuando mueren jóvenes, saben su muerte todos sus amantes a un tiempo, pues en París acostumbran ser amigos casi todos los adoradores de una cortesana. Cámbianse entre unos y otros algunas palabras de recuerdo y luego sigue deslizándose la vida de todos, sin que por ello se derrame una sola lágrima. En pasando un joven de los veinticinco años, son las lágrimas una cosa tan rara, que no pueden, como el dinero, malgastarse para la primera mujer que se presente. Los parientes que pagan para que se les llore, mucho consiguen si lo son a razón del dinero que a ello destinan. De mí puedo decir que, si bien mis iniciales no estaban grabadas en ninguno de los neceseres de Margarita, mi indulgencia instintiva y mis naturales sentimientos, me hicieron deplorar su pérdida más tiempo, tal vez, del que se merecía. Recordaba haberme encontrado frecuentemente en los Campos Elíseos con Margarita, a donde acudía casi diariamente un pequeño tílburi azul, arrastrado por dos soberbios caballos bayos, llamándome la atención su aire distinguido y poco común en las mujeres de su especie, aire que realzaba su clásica belleza. Cuando estas desdichadas criaturas salen de casa, acostumbran ir acompañadas de quien nadie conoce. Como no hay quien se permita revelar en público el amor nocturno que les dedica, y ellas aborrecen la soledad, se hacen acompañar de las que, menos afortunadas, no tienen carruaje, o por alguna vieja elegante, cuyo lujo no tiene origen conocido, y a la que puede todo el mundo dirigirse, en la seguridad de que obtendrá las noticias que le convengan acerca de la mujer acompañada. Con Margarita sucedía lo contrario. Siempre iba sola a los Campos Elíseos, ocultándose cuanto podía en el fondo de su carruaje, envuelta en cachemires en invierno, y vestida en verano con elegante sencillez; y por más que en su paseo favorito se encontrase con muchos conocidos, si sonreía alguna vez al saludarles, era con una sonrisa visible únicamente para el interesado, y tan distinguida, que se la podía tomar por una duquesa. No paseaba Margarita desde la entrada de los Campos a la plazoleta, como sus colegas; iba directamente al bosque y allí se apeaba del carruaje, paseando cosa de una hora. Después volvía a subir al tílburi, dirigiéndose rápidamente a su casa, donde entraba al trote de sus caballos. Los expresados detalles, de que yo había sido testigo distintas veces, reflejábanse en mi imaginación y me hacían deplorar su muerte como si se tratara de la destrucción de una obra artística, pues era difícil, si no imposible, encontrar una hermosura más seductora que la de Margarita. Delgada y alta hasta el límite de lo bello, poseía en sumo grado el secreto de salvar esta exageración de la Naturaleza, que armonizaba perfectamente con su manera de vestir. Su gran cachemir, cuya punta besaba sus huellas, contrastaba artísticamente con los largos pliegues de su vestido de seda, por entrambos lados, y el manguito en que guarecía sus aristocráticas manos y que apoyaba siempre contra su pecho, aparecía orlado de pliegues con tanta habilidad combinados que el dibujante más escrupuloso nada hubiera podido corregir. Su cabeza parecía modelada por la coquetería misma. Era graciosa y pequeña como la de un niño, y parecía que su madre, como diría Musset, no podía haberla hecho mejor para hacerla con esmero. Coloquemos en un óvalo de indescriptible rasgo, dos grandes ojos negros bajo unas cejas tan gallardamente arqueadas y finas, que parecían obra de un pintor; velemos estos ojos con largas y sedosas pestañas, que al bajarse sombreen el rosado matiz de sus mejillas; dibujemos una nariz recta, espiritual, cuyas ventanas algo abiertas indiquen una sensualidad ardiente y exquisita; pintemos una boca regular, cuyos labios entreabiertos, con gracia singular, contrasten perfectamente con unos dientes blancos como la leche; esmaltemos el cutis con el sutil aterciopelado del melocotón no tocado por la mano del hombre, y tendremos una idea de aquella cabeza seductora. Tenía una cabellera negra como el azabache, ligeramente ondulada por la Naturaleza, y que se dividía sobre su frente para enlazarse de nuevo sobre la nuca, dejando al descubierto la parte de oreja necesaria para mostrar la belleza de su pequeñez y hacer ostentación de dos diamantes estimados en ocho o diez mil francos. El desenfreno de su vida no robaba a Margarita el tinte virginal y hasta infantil de aquel rostro admirable, cosa que jamás pude explicarme. Poseía un magnífico retrato suyo, trazado por Vidal, cuyo pincel era el único que podía reproducirla. Después de su muerte he tenido en mi poder este retrato, cuya extraordinaria semejanza me ha suministrado cuantos detalles me negaba la memoria. Varios de los que incluyo en este capítulo, los he adquirido más tarde, pero los consigno seguidamente para no tener que retroceder al comenzar la historia que estoy escribiendo. Margarita concurría con asiduidad a todas las primeras representaciones, compartiendo sus noches entre los espectáculos y los bailes. Siempre que había estreno, se presentaba en el teatro llevando consigo tres objetos que parecían inseparables de su persona y que ostentaba juntos en su palco: sus lentes de teatro, un ramo de camelias y un cucurucho de dulces. El ramo de camelias era blanco veinticinco días del mes, y encarnado los cinco restantes. Nadie supo jamás el por qué de este cambio de colores, que consigno sin poder explicarlo, y que cuantos concurrían a los teatros a que asistía Margarita, como sus amigos y aun yo mismo, habíamos observado y comentado. Nunca supo nadie que Margarita llevase otras flores que camelias; de manera que en casa de madame Boujon, su florista, la llamaban La Dama de las Camelias y por este nombre se la conocía. Todos los que frecuentábamos ciertos círculos de París, sabíamos que Margarita había sido querida de los jóvenes más elegantes, que lo decía sin recato, y que ellos mismos se jactaban de ello, lo cual prueba que amadores y amada estaban mutuamente satisfechos; pero hacía como tres años, que de vuelta de un viaje a Bagneres, no vivía, al decir de las gentes, con otra compañía que la de un viejo duque extranjero y muy rico, que procuraba apartarla todo lo posible de su manera de vivir anterior, añadiéndose que Margarita se complacía en satisfacer los deseos del viejo. He aquí lo que sobre el particular puedo exponer: Entre los enfermos de Bagneres se hallaba la hija del tal duque, la cual, sobre padecer la misma enfermedad que Margarita, se le parecía físicamente hasta el extremo de confundirlas o tomarlas por hermanas; con la única diferencia de que la joven hija del duque estaba en el último grado de la enfermedad y murió a los tres días de la llegada de Margarita. El duque, que no sabía dejar el suelo de Bagneres, por tener sepultado en él tan gran parte de su corazón se fijó en Margarita cierto día que la halló al revolver de un corredor. Le pareció ver la sombra de su hija, y dirigiéndosele maquinalmente, le tomó las manos, la abrazó, y sin preguntarle quién era, le suplicó, llorando tiernamente, permiso para verla y adorar en ella la imagen de su difunta hija. Margarita, sola en Bagneres con su camarera y sin peligro de comprometerse, accedió fácilmente a las súplicas del anciano. Alguien que la conocía advirtió al duque de la vida que llevaba la señorita Gautier, lo cual fué una crueldad que hirió vivamente al pobre viejo, pues dejaba de parecerse a su hija en lo más esencial; pero la oficiosidad llegó tarde, Margarita era ya una necesidad para la vida del Duque; su único pretexto para prolongarla. Ni siquiera le hizo cargos de ninguna especie, pues carecía de derecho para hacérselos; se limitó a preguntarle si se creía con valor suficiente para mudar de vida, ofreciéndole, en cambio, cuantas compensaciones pudiera desear. Ella se lo prometió sin vacilación. En aquellos momentos se sentía enferma y en el ardimiento de su naturaleza decaída. Veía en el pasado las principales causas de su enfermedad, y un rayo de superstición, tal vez, le hizo entrever que Dios podía conservar su belleza y devolverle la salud, en cambio de un arrepentimiento más o menos verdadero. Luego las aguas, los paseos, el cansancio natural y el sueño la habían restablecido, al parecer, al terminar el verano. El duque la acompañó a París donde siguió visitándola como en Bagneres. Tal amistad, de la que no se sabía en París la causa ni el origen, causó gran sensación, pues el duque, conocido por el prisma de sus riquezas, dábase a conocer por el de su prodigalidad. Los viejos acostumbran ser exagerados cuando se entregan al libertinaje, y creyóse que ésta era la causa de su intimidad con Margarita. Se supone todo menos lo cierto. Y a pesar de todas las suposiciones, era tan puro el amor que sentía aquel desdichado padre por Margarita, que cualquier otro lazo que no hubiese sido semejante al del amor filial le hubiera parecido incestuoso. Lejos de mi ánimo el querer hacer de mi heroína una pintura distinta de la realidad. Diré, sí, que durante su permanencia en Bagneres no le fué difícil cumplir cuanto había prometido al viejo duque; pero con su vuelta a París, volvieron los recuerdos del pasado, y Margarita, acostumbrada a la disipación y a los ardientes placeres de las orgías, no pudo sobrellevar la monotonía de una vida sosegada, sin otras visitas que las periódicas del duque. Téngase en cuenta que Margarita había regresado a París casi buena, y, por consiguiente, mucho más hermosa; que ardía en su pecho el fuego de los veinte años, acrecentado por el de la amortiguada, pero no extinguida, enfermedad, y se comprenderá la sed de placeres que la aquejaban. Esto ocasionó al pobre duque un gran disgusto, pues sus amigos, continuamente en acecho, le contaron y probaron que en las horas que Margarita estaba segura de su ausencia, recibía visitas que se prolongaban muchas veces hasta la madrugada. El duque interrogó a Margarita y ella se lo confesó todo, rogándole que rompiese aquellos extraños lazos que creía imposible soportar, pues que le faltaba valor para cumplir lo que le prometiera, y no quería recibir más beneficios de una persona a la que forzosamente había de engañar. Se pasó una semana sin que el duque visitase a la joven, pero al octavo día se le presentó de nuevo suplicándole se dignase volver a admitirle; prometióle aceptar las condiciones que quisiese imponerle, y que nunca jamás se permitiría hacerle cargo alguno. Así estaban las cosas a los tres meses de su regreso a París, esto es, a primeros de diciembre de 1842. CAPÍTULO III Próximamente a la una de la tarde del día diez y seis, me dirigí a la calle de Antín; desde la puerta cochera se oían los gritos de los subastadores. Las habitaciones estaban cuajadas de curiosos. Todas las eminencias del vicio refinado se veían allí murmuradas de soslayo por algunas grandes damas, que con el pretexto de la venta, se habían reunido para examinar de cerca aquellas beldades que les hacían la competencia en un terreno que, no por lo vedado, dejaban de desear algunas de ellas. La duquesa F... codeaba a la señorita A... uno de los más tristes ejemplares de nuestras modernas cortesanas; la marquesa de T... no se atrevía a pujar sobre un mueble que quería adquirir madame D... la adúltera más conocida y celebrada de nuestros días; el duque I... que malversa su fortuna en París, según los madrileños y se arruina en Madrid, al decir de los parisienses, y que no hace más que divertirse, al tiempo que se dirigía a madame M... una ingeniosa escritora que de vez en cuando firma lo que dice y jura lo que escribe, cambiaba miradas de inteligencia con madame N..., la bella expositora diaria de su belleza en los Campos Elíseos, vestida siempre de azul o rosa y arrastrada en coche por dos magníficos caballos negros comprados en Tony por dos mil francos y pagados... religiosamente por ella; y finalmente, la señorita R..., que con el solo auxilio de su talento ha sabido adquirir el doble y triple de lo que adquieren las unas con su dote y las otras con sus amores, estaba allí también, desafiando el frío, deseosa de comprar algunos de aquellos objetos, y llevándose la mayor parte de las miradas del concurso. Varías iniciales podría escribir de los nombres de personas allí reunidas, asombradas de verse juntas en semejante sitio, pero las dejaré en el tintero en gracia de la opinión que puedan merecer a determinados lectores. Consignaré, no obstante, que todas manifestaban cierta alegría, que todas conocieron a la difunta y que ninguna, al parecer, se acordaba de la desgraciada Margarita. En tanto que los subastadores alborotaban con toda la fuerza de sus pulmones, cambiábanse chillidos y carcajadas entre los compradores. Los que pertenecían al ramo de especuladores y que habían invadido los bancos colocados en torno de las mesas de venta, tenían la vana pretensión de imponer silencio a los demás, para poder hacer sus adquisiciones con tranquilidad. Jamás se ha visto reunión más heterogénea ni ruidosa. Tímidamente me deslicé en medio de aquel alboroto viendo con tristeza que éste imperaba a dos pasos de la alcoba en que expiró la infeliz, cuyo conjunto mobiliario se descomponía para pagar sus deudas, como se descomponía su cuerpo para pagar a la Naturaleza el debido tributo. Más que a comprar, había ido yo a observar, y contemplaba en las facciones de los vendedores, el creciente regocijo relacionado con el aumento del precio de los efectos, muchos de los cuales produjeron el doble y aun el triple del valor de la tasa. Los vendedores eran personas de probidad reconocida, que habían especulado legalmente sobre la prostitución de aquella infeliz, beneficiando en ello un ciento por ciento, y acosádola en los instantes supremos de su agonía con documentos sellados por el Estado, ¡y que después de su muerte, se presentaban tranquilos a cosechar el fruto de sus honrados cálculos, sazonado al escandaloso calor del interés!... ¡Con cuánta razón los antiguos dieron a los comerciantes y a los ladrones un mismo dios! Abrigos, vestidos, joyas, ricas telas, todo se vendía como por encanto. Nada de esto me convenía, por lo que seguía viendo y esperando. De pronto oí gritar: —Un tomo, perfectamente conservado, dorado por los filos, cuyo título es: Manón Lescaut. Tiene algunas palabras escritas en su primera página. Diez francos. —Doce—dijo una voz. —Quince—repuse yo maquinalmente. ¿Por qué? lo ignoro todavía. Acaso por aquellas palabras escritas. —Quince—repitió el vendedor. —Treinta—gritó el primer postor, como queriéndose imponer. La lucha había comenzado. —Treinta y cinco—grité en el mismo tono. —Cuarenta. —Cincuenta. —Sesenta. —Ciento. Si me hubiese propuesto causar sensación, lo hubiese conseguido, puesto que mi última palabra pareció arrastrar hacia mí las miradas de los circunstantes ganosos de conocer quién era el personaje empeñado en adquirir el libro. Acaso convencido mi adversario de la inutilidad de la lucha, cuyo resultado era hacerme pagar el libro diez veces más de lo que valía, díjome sonriéndose cortésmente: —Cedo, caballero. Me fué, pues, adjudicado el libro como mejor postor. No bastándome el dinero que llevaba en el bolsillo, di mi nombre, hice separar el libro y me retiré. Sin duda debió ser comentado mi proceder por toda aquella gente, puesto que acababa de comprar por cien francos un libro que en cualquier librería podía adquirir por quince o diez. Al cabo de una hora tenía el libro en mi poder. En su primera página se leían las siguientes palabras escritas con elegantes caracteres: «Manón a Margarita «HUMILDAD». La dedicatoria estaba firmada por Armando Duval. ¿Qué significaba la palabra humildad? ¿Concedería aquel Armando Duval a Margarita superioridad de libertinaje o de sentimiento sobre Manón? Más verosímil me parecía la segunda suposición que la primera, pues aquélla hubiera sido una libertad que no podía haber tolerado Margarita, fuese cual fuere el concepto que de sí propia tuviese formado. Salí de mi casa y dejé el libro, del que no volví a ocuparme hasta por la noche a mi vuelta. Manón Lescaut es una historia interesante y tierna, cuyos detalles recuerdo perfectamente, y, sin embargo, cuantas veces llega a mis manos no puedo prescindir de leerla de nuevo y comunicarme con la desdichada heroína del abate Prevost. Está creada con tal verdad, que me figuro haberla conocido. Teniendo en cuenta estas especiales circunstancias, la comparación entre ambas mujeres daba nuevo incentivo a la lectura, y sobre el sentimiento de indulgencia se agregaba el de la compasión con cierto viso de cariño hacia la pobre muerta, parte de cuya herencia era aquel libro. Es cierto que Manón expiró en un desierto, pero fué en brazos del hombre que la amaba con todo el ardor de un alma virgen, que la abrió una fosa regándola con sus lágrimas, y enterró su corazón con el cuerpo de su adorada; mientras que Margarita, pecadora como Manón y regenerada tal vez como ella, había fallecido en medio del lujo, a juzgar por lo que yo acababa de ver, en el lecho de su pasado, es cierto, pero también en medio del vacío arenal de su corazón, más árido, más vasto, y mucho más horrible que el en que fué enterrada Manón. Algunos amigos, enterados de las últimas circunstancias de la vida de Margarita, me contaron que a la cabecera de su cama no se sentó ni una persona para consolarla en los dos meses largos que duró su triste y dolorosa agonía. Después de Manón y de Margarita mi pensamiento se dirigía a otras que yo conocía y veía caminar alegres y contentas hacia una muerte casi siempre igual. ¡Desgraciadas criaturas! si es delito el amarlas, es casi un deber compadecerlas. Si compadecemos al ciego que jamás ha visto la luz del sol, al sordo que jamás ha oído las armonías de la Naturaleza y al mudo que jamás ha podido exhalar la voz de su alma, ¿por qué, pues, bajo un falso pretexto de pudor, no hemos de compadecer esta ceguera del corazón, esta sordera del alma, esta mudez de la conciencia que vuelven loca a la infeliz que afligen, inhabilitándola para ver el bien, sentir a Dios y hablar el casto y santo lenguaje del amor y de la fe? Hugo nos pintó Marion Delorme, de Musset Bernedette, Alejandro Dumas Fernanda; los pensadores y poetas de todos los tiempos han tributado a la desgraciada cortesana la ofrenda de su misericordia, y ha habido grandes hombres que las han rehabilitado con su amor y hasta con su nombre. Mi insistencia sobre este punto es porque, entre los que van a leerme, los puede haber resueltos a arrojar este libro, por el temor de ver únicamente la apología del vicio y de la prostitución, y porque tal vez la edad del autor puede contribuir a motivar tamaños recelos. No teman los que esto supongan y continúen leyendo si ello sólo les detiene. Yo estoy altamente convencido de un principio, y es éste: A la mujer que ignora el bien por falta de educación, Dios acostumbra trazarle dos senderos que conducen únicamente a él: el dolor y el amor, cuyo paso es bien difícil por cierto. Las que los siguen se ensangrientan los pies y se lastiman las manos, pero al mismo tiempo dejan en los abrojos del camino las galas del vicio, y llegan al término con esa desnudez de que nadie se sonroja delante del Señor. Los que se encuentran con esas atrevidas viajeras, vienen obligados a defenderlas, y decir a todo el mundo que las han encontrado, puesto que éste es el modo más breve de enseñar la verdadera senda. Esto no quiere decir que se trate de colocar buenamente dos postes a la entrada de la vida, con estas inscripciones: Senda del bien, y Senda del mal, diciendo a los que se presenten: Elegid; sino que, imitando a Jesús, debemos enseñar los atajos que conducen de la segunda a la primera senda, a los que se dejaron seducir por la amenidad de los alrededores, y sobre todo, se debe procurar que el principio de estas veredas no sea muy escabroso, ni pueda parecerles del todo impenetrable. La maravillosa parábola del hijo pródigo preceptúa la indulgencia y el perdón. Jesús prefería en su amor esas almas heridas por las pasiones humanas, cuyas llagas se complacía en curar, sacando de ellas mismas el remedio de salvación, cuando dijo a la Magdalena: «Mucho se te ha de perdonar, porque has amado mucho». ¡Sublime perdón que debía despertar una fe santa! ¿Y nosotros hemos de ser más severos que Jesús? ¿Por qué, abroquelándonos en las opiniones de un mundo que petrifica su sensibilidad para que se le crea fuerte, hemos de apartarnos de las almas heridas que, con la sangre corrompida que de ellas mana, arrastra la corrupción de su vida pasada? ¿Por qué hemos de rechazar esas enfermedades sociales que sólo esperan una mano amiga que las cure y les devuelva la paz del corazón? A mi generación apelo, a las personas para quienes felizmente ya no existen las teorías volterianas, a las que, como yo, creen que la humanidad ha emprendido desde hace quince años una de sus más atrevidas jornadas. Poseemos la ciencia del bien y del mal; y si el mundo no se ha vuelto completamente bueno, al menos ha mejorado en tercio y quinto. Todos los hombres inteligentes dirígense al mismo fin, y todos los grandes corazones se les adhieren; seamos buenos, seamos justos, seamos veraces. El mal no es más que una vanidad; tengamos el orgullo del bien, y sobre todo no desesperemos. No menospreciemos a la mujer que no es madre, ni hija, ni esposa, ni hermana. No reduzcamos el afecto al limitado círculo de la familia, ni vistamos el egoísmo de indulgencia. Una vez que el cielo gusta más del arrepentimiento de un pecador, que de la oración de cien justos, procuremos que el cielo se regocije, y busquemos en la satisfacción de hacer el bien, su propia compensación. Demos la limosna del perdón a las víctimas de los deseos terrenales, a quienes salvará, tal vez, la esperanza de un más allá; y como dicen las bondadosas ancianas cuando aconsejan un remedio casero, «si no cura, tampoco hace daño». Acaso alguien me tache de temerario, porque deseo obtener tan grandes frutos del pequeño raigón que pretendo cultivar; pero yo me cuento en el número de los que creen que lo máximo está en lo mínimo. El niño es pequeño y encierra al hombre; el cerebro estrecho, y abriga el pensamiento; el ojo es un punto y abarca grandísimos espacios. CAPÍTULO IV A los dos días terminó la venta, que produjo ciento cincuenta mil francos. Dos terceras partes de la suma fueron para los acreedores, y la familia, compuesta de una hermana y un sobrino, heredó el resto. La hermana se quedó como quien ve visiones cuando el agente de negocios le anunció que heredaba cincuenta mil francos. Hacía siete años que la joven no había visto a su hermana mayor, la cual había desaparecido de su casa un día sin que por nadie se averiguase el menor detalle de su vida, desde el día en que se fué. Faltóle tiempo para venir a París, y encontró su fortuna hecha y derecha, sin querer averiguar el origen de tan inesperada riqueza. Más tarde se me dijo que había vuelto a sus hogares con el corazón lacerado por la muerte de la hermana, pero bastante consolada por haber podido colocar la cantidad heredada al cuatro y medio por ciento de interés. Estas circunstancias, repetidas en París, población madre del escándalo, empezaban a caer en el olvido, y ni yo mismo casi recordaba la parte que tomé en tales sucesos, cuando otro incidente casual me dió a conocer toda la historia de Margarita, enterándome de tan interesantes pormenores, que me entraron deseos de escribirla. A los tres o cuatro días, estaban vendidos los muebles y la habitación estaba por alquilar. Una mañana llamaron a la puerta de mi casa. Mi portero, que hacía las veces de criado, fué a abrir y me trajo una tarjeta, diciéndome que la persona que se la había entregado quería hablarme. Leí en la tarjeta estas palabras: Armando Duval. El nombre no me era desconocido, y en efecto, recordé el de la primera página del volumen de Manón a Margarita. ¿Qué podía solicitar de mí la persona que había regalado el libro a Margarita? Mandé que le hicieran pasar. Era un joven rubio, alto, pálido, en traje de camino, que parecía no habérselo quitado de encima desde algunos días; ni siquiera se lo había cepillado a su llegada a París, pues venía cubierto de polvo. El señor Duval, profundamente conmovido, no hizo ningún esfuerzo para ocultar su emoción, y arrasados los ojos, me dijo con voz entrecortada: —Caballero, os suplico me perdonéis por veniros a visitar en semejante traje. Entre jóvenes se suprimen fácilmente ciertas formalidades. Y luego, era tan vivo el deseo por veros hoy mismo, que ni siquiera me tomé tiempo para instalarme en la fonda, a donde mandé mi equipaje, volando a vuestra casa, temeroso de no encontraros a pesar de ser tan de mañana. Rogué al señor Duval que se sirviese tomar asiento cerca de la chimenea, lo que efectuó sacando un pañuelo con el cual ocultó su rostro por unos momentos. —No vais a adivinar—dijo sonriendo tristemente,—el por qué viene este desconocido a visitaros, a tal hora con semejante traje y llorando como un chiquillo. Me he permitido venir a pediros un gran servicio. —Hablad, caballero. Estoy a vuestras órdenes. —¿Asististeis a la venta de los muebles de Margarita Gautier? Al pronunciar este nombre, la emoción de que el joven parecía haber triunfado, fué más poderosa que él, y tuvo que enjugar nuevas lágrimas. —Debo pareceros bastante ridículo—añadió;—perdonadme, amigo mío, y creed que nunca olvidaré la paciencia con que tenéis la bondad de atenderme. —Caballero—repliqué,—si el servicio que según decís puedo prestaros ha de mitigar algún tanto el dolor que hiere vuestra alma, sepa yo en qué puedo complaceros y tened la seguridad de que me consideraré dichoso si llego a satisfaceros. La aflicción del señor Duval era simpática, y a pesar mío, hubiera deseado poderle servir. Entonces me interrogó diciendo: —¿Habéis comprado algo en la venta de los objetos de la pobre Margarita? —Sí, señor; un libro. —¿Manon Lescaut? —Efectivamente. —¿Lo tenéis aún? —En mi cuarto. La noticia pareció aliviarle de un gran peso, y me dió las gracias, como si yo hubiese ya empezado a prestarle el servicio con tener a mano aquel volumen. Levantéme, entré en mi gabinete, tomé el libro y lo puse en su mano. —El mismo—exclamó mirando la dedicatoria de la primera página y hojeándolo;—sí, éste es. Dos grandes lágrimas rodaron por la superficie del libro. —Caballero—dijo levantando la cabeza y sin tratar de ocultarme que había llorado y estaba dispuesto a continuar:—¿os interesa mucho este libro? —¿Por qué, caballero? —Porque vengo a suplicaros encarecidamente que me lo cedáis. —Perdonad mi curiosidad—dije entonces;—pero, según eso, ¿sois vos quién lo regaló a Margarita Gautier? —Sí, señor. —Recobradle, amigo mío, me alegro de ser yo quien os lo devuelva. —Pero—prosiguió el señor Duval algo turbado,—es justo que al menos os reembolséis lo que os costó. —Permitidme que os lo ofrezca. El precio de un solo libro en semejante venta es bien insignificante y ya ni siquiera lo recuerdo. —Cien francos. —Es verdad—dije turbándome a mi vez;—¿cómo lo sabéis? —Es muy sencillo: yo creía estar a tiempo para la venta, y no he podido llegar hasta hoy. Deseaba poseer un objeto cualquiera de Margarita, y me dirigí a casa del tasador para pedirle que me dejara ver la lista de los muebles vendidos y de los nombres de los compradores. Vi que habíais comprado este libro y resolví suplicaros que me lo cedieseis, aunque el precio a que lo pagasteis infundiese en mí cierto recelo sobre la causa de vuestra adquisición. Y así diciendo, parecía temer que yo hubiese conocido a Margarita hasta el punto que él la conociera. Me apresuré a tranquilizarle. —La conocí de vista—le dije;—su muerte me causó la impresión que siempre causa a un joven la muerte de una mujer hermosa a quien se alegraba de encontrar. Quise comprar alguna cosa al venderse sus muebles; y me encapriché pujando sobre este libro, por el gusto de hacer rabiar a un pobre diablo que se obstinaba en pagarlo más caro que yo. Repítoos, pues, caballero, que el libro está a vuestra disposición, y os ruego que lo aceptéis y no lo recibáis de mí como yo lo recibí del tasador, pues de este modo puede ser el lazo de una amistad que me complazco en ofreceros. —Está bien, amigo mío—dijo Armando tendiéndome la mano y apretando la mía.—Acepto, y creed que mi agradecimiento será eterno. Yo tenía grandes deseos de interrogar a Armando respecto de Margarita, pues aquella dedicatoria del libro, su viaje y el deseo de poseer aquel volumen aumentaban mi curiosidad; pero temí que de mis preguntas pudiese colegir que rehusaba su dinero para tener el derecho de inmiscuirme en sus asuntos, lo cual no entraba en mis cálculos. Hubiérase dicho que adivinó mi deseo, pues me dijo: —¿Habéis leído este libro? —Sí, señor. —¿Qué pensasteis al ver las dos líneas que escribí en él? —Supuse que, a vuestro modo de entender, la pobre joven a quien regalasteis este volumen se separaba de la categoría ordinaria; pues no quise ver en estas dos líneas un cumplimiento vulgar. —Supusisteis bien, caballero. ¡Era un ángel! Tomad,—me dijo,—leed esta carta. Y me entregó un papel que parecía haber sido leído repetidas veces. Lo abrí, y leí estas palabras: «M¡ querido Armando: Recibí vuestra carta, gozáis de buena salud, y doy gracias a Dios, porque os concede tal beneficio. «Sí, amigo mío, estoy enferma, y mi enfermedad no tiene cura; pero el interés que os dignáis tomar por mí alivia mucho mis sufrimientos. Sin duda no viviré el tiempo indispensable para tener la dicha de estrechar la mano que ha escrito la bondadosa carta que acabo de recibir, y cuyas palabras me curarían si algo pudiese curarme. No creo volveros a ver, pues me encuentro al borde de la tumba, y me separa de vos una distancia incalculable. «¡Pobre amigo mío! vuestra Margarita de otros tiempos ha cambiado por completo, y me parece preferible que no volváis a verla, si habéis de encontrarla tal como está. ¿Me preguntáis si os perdono? ¡oh! de todo corazón, amigo mío, pues el mal que habéis querido hacerme no era más que una prueba de verdadero amor. Hace un mes que no he dejado el lecho, y me es tan cara vuestra estimación, que, desde el instante en que nos separamos, escribo el diario de mi vida y seguiré haciéndolo hasta que mi mano se niegue a sostener la pluma. Si el interés que por mí manifestáis es verdadero, Armando, os suplico que cuando volváis, veáis a Julia Duprat, que os entregará este diario. Por él sabréis la razón y la causa de cuanto ha ocurrido entre nosotros. Julia es muy buena, y con frecuencia me habla de vos. Se encontraba aquí cuando recibí vuestra carta, y hemos llorado juntas leyéndola. «Si hubieseis dejado de darme noticias, Julia quedaba encargada de entregaros estos papeles a vuestra llegada a Francia. No me lo agradezcáis. Este recuerdo diario de los únicos momentos felices de mi vida me hace un gran bien, y si en su lectura debéis vos hallar las excusas del pasado, a mí me ofrece un bálsamo de consuelo inagotable. «Desearía dejaros algún recuerdo que os hiciese pensar constantemente en mí, pero han embargado mis muebles, y nada me pertenece ya. «¿Comprendéis, amigo mío? Se acerca mi muerte, y desde mi alcoba escucho los graves pasos del vigilante que mis acreedores han puesto en el salón para evitar que nadie se lleve nada. Con seguridad aguardan mi fallecimiento para proceder a la venta de lo embargado. «¡Oh! ¡los hombres no tienen piedad! Pero me engaño: el justo, el inflexible, es Dios. «Y bien, querido amigo, espero que cuando se realice la venta, compraréis algo, pues si retirase cualquier objeto para vos y lo supieran, serían capaces de acusaros de sustractor de efectos embargados. «¡Cuán triste es la vida que abandono! «¡Qué bueno sería Dios si consintiese que nos viésemos antes de yo expirar! «Creo deber despedirme de vos según todas las probabilidades, ¡adiós, pues, amigo mío! perdonadme si no prolongo esta carta, porque los que se proponen curarme me debilitan a fuerza de sangrías, y mi mano se niega a seguir escribiendo. «Margarita Gautier». Las últimas palabras casi no podían leerse. Devolví la carta a Armando, que sin duda acababa de leerla también en su pensamiento, como yo en el papel, pues al tomarla exclamó: —¡Quién diría que la que ha escrito estas líneas era una cortesana! Y conmovido por los recuerdos, contempló por un momento el papel y acabó por besarlo. —¡Ah! cuando pienso—prosiguió,—que ha muerto sin que yo pudiese volver a verla, que no la veré y que hizo por mí lo que no hubiera hecho una hermana, no puedo perdonarme haberla dejado morir de esta manera. ¡Muerta! ¡muerta! ¡pensando en mí, escribiendo y pronunciando mi nombre! ¡desdichada Margarita! Y Duval, dando rienda suelta a sus pensamientos y a sus lágrimas, me tendió la mano y apretó la mía, continuando: —Son muchos los que si me viesen lamentar así semejante muerte, creeríanme un chiquillo; pero es porque ignorarían cuánto he hecho sufrir a esta mujer, cuán cruel fuí y cuán buena y resignada fué ella. Tuve la audacia de creer que a mí sólo me tocaba perdonar, y hoy me considero indigno del perdón que ella me concede. ¡Oh! daría diez años de mi vida por llorar a sus pies un solo momento. Es casi imposible consolar un dolor que no se conoce, y sin embargo, era tan viva la simpatía que me había inspirado aquel joven, se me confiaba con tanta franqueza, que llegué a creer que mis palabras no le serían indiferentes. —¿No tenéis parientes o amigos?—le dije.—Vedles y os consolarán, pues por mi parte sólo puedo compadeceros. —Es cierto—dijo levantándose y paseándose agitado por la habitación;—os molesto. Perdonadme, yo no reflexionaba que mis penas deben importaros poco, y que os importuno por lo que no puede o no debe inspiraros el menor interés. —No me habéis comprendido; estoy a vuestra disposición, y sólo deploro mi insuficiencia para calmar vuestra pena. Si mi compañía y la de mis amigos puede distraeros, si necesitáis de mí, en cualquier terreno que fuere, quiero que me dispenséis el placer de satisfacer vuestros deseos. —Perdonadme una y mil veces—me dijo;—el dolor exagera las impresiones. Permitid que permanezca aquí algunos minutos más, el tiempo de enjugarme los ojos, para que los bobos de la calle no vean con curiosidad mis lágrimas. Me hacéis un gran bien dándome este libro, y nunca sabré agradeceros tal favor. ¿Cómo pagároslo? —Concediéndome vuestra amistad y explicándome el origen de vuestro dolor—repuse.—¡Es tan consolador contar nuestros sufrimientos! —Es verdad, pero hoy no podría; siento necesidad de llorar, y mis labios no podrían formular las palabras. Otro día os referiré tan triste historia, y podréis apreciar cuán grandes son los motivos que tengo para llorar su muerte. Por último—añadió pasando sus manos por los ojos y mirándose en el espejo,—tened la bondad de decirme que no me halláis demasiado simple, y permitidme que vuelva a visitaros. —¡Valor, amigo mío, valor!—le dije. Y haciendo esfuerzos inauditos para no llorar, mejor huyó que salió de mi casa. Desde el balcón le vi subir al carruaje que le esperaba: apenas entró en él, se puso a llorar como un desesperado, tapándose la cara con el pañuelo. CAPÍTULO V Transcurrieron muchos días sin que oyese hablar de Armando; en cambio, se hablaba bastante de Margarita. No sé si mis lectores se habrán fijado en ello, pero basta que se diga una vez delante de nosotros el nombre de una persona que parecía sernos desconocida o cuando menos indiferente, para que los detalles vayan agrupándose lentamente en derredor del nombre; y amigos, conocidos e indiferentes parece que no hablan entonces de otra. Así es cómo descubrimos que esa persona había estado en contacto con nosotros, nos damos cuenta de que la hemos visto muchísimo sin fijarnos, y en lo que de ella se nos cuenta encontramos coincidencias y afinidades con sucesos de nuestra propia vida. No es esto decir que me pasase lo mismo con respecto a Margarita, pues yo la había visto infinitas veces, y la conocía personalmente como conocía su modo de ser; pero había resonado tanto su nombre en mis oídos desde aquella venta, y hallábase este nombre mezclado con un dolor tan profundo, que mi admiración había crecido con el aguijón de la curiosidad. Tanto era así, que desde entonces las primeras palabras que dirigía a los amigos a quienes no había jamás hablado de Margarita, eran siempre éstas o parecidas: —¿Habéis conocido a una tal Margarita Gautier? —¿La Dama de las Camelias? —Sí. —¡Mucho! Estos muchos solían ir acompañados de sonrisas tan significativas que parecían delaciones. —Y bien, ¿qué era esa muchacha? ¿a qué...? —Una buena muchacha. —¿Y nada más? —¡Puede! Aventajaba en talento, y tal vez también en corazón a otras muchas. —¿Sabéis alguna particularidad acerca de ella? —Arruinó al barón de G... —¿Qué más? —Era la querida del viejo duque de... —¿Estás cierto de que era su querida? —Se dice. Por lo menos le costaba bastante dinero. Siempre los mismos detalles a poca diferencia. No me satisfacía. Yo hubiera querido saber algo sobre las relaciones de Margarita y Armando. Cierto día me encontré con uno de los que vivían en continua intimidad con las meretrices, y le interrogué: —¿Conocisteis a Margarita Gautier? Contestó él mucho de costumbre. —¿Qué clase de joven era? —Linda y buena. Su muerte me entristeció de veras. —¿Es verdad que tuvo un amante llamado Armando Duval? —¿Un joven alto y rubio? —Sí. —Es cierto. —¿Quién era ese Armando? —Un buen chico, que, según parece, se comió con ella lo poco que poseía, y tuvo necesidad de abandonarla; dícese que estaba loco por ella. —¿Y Margarita? —También le amaba muchísimo, según aseguran, pero como aman las mujeres de su clase. No se les puede pedir más de lo que buenamente pueden dar. —¿Qué se hizo de Armando? —No lo sé; le conocía apenas. Vivieron cinco o seis meses juntos, pero en el campo; y cuando ella volvió, él desapareció. —¿No le habéis vuelto a ver desde entonces? —No. —Tampoco yo le había vuelto a ver; llegué al punto de presumir que la noticia reciente del fallecimiento de Margarita había exagerado su antiguo amor, y por lo tanto su pena al presentarse en mi casa, y supuse que quizá se había ya olvidado de Margarita y de la promesa que de venir a verme hiciera. Mi suposición habría sido muy verosímil tratándose de otra persona; pero la desesperación de Armando se había manifestado con tanta sinceridad, que pasando de un extremo a otro, me figuré que el dolor había degenerado en enfermedad, y que si carecía de noticias suyas era porque estaba enfermo o quizá muerto. ¿Me interesaba espontáneamente por aquel joven? Tal vez. ¿Este interés era hijo del egoísmo? ¡Puede! Bajo aquel dolor había vislumbrado una tierna historia de corazón, y tal vez el anhelo de conocerla era el único fundamento del cuidado en que el silencio de Armando me había puesto. Viendo que Duval no venía a mi casa resolví ir a la suya. El pretexto era bastante fácil de encontrar; pero desgraciadamente yo no tenía su dirección, y por más que la pregunté nadie supo dármela. Fuíme a la calle de Antín para ver al portero de Margarita, el cual debía tener noticia de dónde vivía Armando; pero el portero era otro, y lo ignoraba como yo. Entonces me informé del cementerio en que fué enterrada Margarita. Averigüé que era el de Montmartre. El mes de abril había reaparecido con sus galas de esplendente sol y frescas flores; las tumbas no ofrecían el aspecto doloroso y desolado que les da el invierno; hacía ya calor bastante para que los vivos se acordasen de los muertos y los visitasen. Fuíme, pues, al cementerio, diciéndome: «A la simple vista de la tumba de Margarita veré si aún vive el dolor de Armando, y quizá sabré qué se ha hecho de él». Cuando llegué a Montmartre pregunté al conserje si el día 22 de febrero fué enterrado en aquel cementerio el cadáver de la que fué Margarita Gautier. El empleado hojeó un gran libro-registro en que están inscritos y numerados los nombres de los que entran en aquel asilo, contestándome que, efectivamente, el 22 de febrero se había dado sepultura a una mujer llamada Margarita. Roguéle que me hiciese acompañar, pues no hay medio de orientarse sin cicerone en aquella ciudad de los muertos que tienen sus calles como la de los vivos. El conserje llamó a uno de los jardineros, le dió las instrucciones convenientes, y éste sin dejarle concluir exclamó: —¡Sí, sí, ya sé! ¡Es la tumba más fácil de distinguir!—continuó dirigiéndose a mí. —¿Por qué? —Pues porque las flores que la adornan son diferentes de todas las demás. —¿Cuidáis vos de ellas? —Sí, señor; y yo quisiera que todos los parientes cuidasen tanto de los difuntos como el joven que me tiene recomendada aquélla. Después de cruzar algunas calles, el jardinero se detuvo y dijo: —Ésta Y mis ojos se fijaron en un cuadro de flores que nadie hubiera tomado por un sepulcro, a no descubrirlo una lápida de mármol blanco grabada con el nombre de la difunta. La piedra, colocada de pie, me recordó la Esperanza. Una verja de hierro rodeaba el terreno comprado, y este terreno desaparecía bajo una alfombra de camelias blancas. —¿Qué os parece?—preguntó el jardinero. —Precioso. —Y cuando alguna camelia de éstas se marchita la substituyo por otra inmediatamente. Es la orden que tengo. —¿Y quién os la ha dado? —Un joven que lloró mucho la primera vez que vino, un antiguo amigo de la difunta, a lo que parece, o, mejor dicho, uno de los amigos, pues, según se cuenta, tuvo varios. Dicen que era muy linda. ¿La conocisteis? —Sí. —¿Como el otro?—dijo el jardinero, sonriendo maliciosamente. —No, nunca le hablé. —¿Y venís a visitarla en el cementerio? No deja de ser gracioso por vuestra parte, pues no son muchos que digamos, los que vienen a verla. —Vienen muy pocos, ¿verdad? —Nadie. A no ser el joven a que me he referido y que vino una sola vez. —¿Una vez nada más? —Sí, señor. —¿Y no ha vuelto por aquí? —No, pero volverá a su regreso. —¿Está, pues, viajando? —Sí. —¿Sabéis dónde se encuentra? —A punto fijo, no; pero yo creo que en casa de la hermana de la señorita Gautier. —¿Y a qué ha ido? —Supongo que para pedirle el permiso de exhumar el cadáver de la difunta a fin de enterrarla en otra parte. —¿Por qué no quiere dejarla aquí? —Vos no ignoráis que hay gentes que tienen caprichos extraños sobre los muertos. Lo estamos viendo diariamente. Este terreno fué comprado por cinco años solamente, y ese joven quiere una concesión perpetua y un terreno más vasto; esto tendrá que ser en el cuartel nuevo. —Y eso del cuartel nuevo, ¿qué es? —Unos terrenos nuevos que están vendiéndose a la derecha. A ser este cementerio dirigido siempre como ahora, no habría otro igual en el mundo; pero aún le falta mucho para llegar a ser lo que debiera. Y luego, abunda tanto la gente vana... —¿Qué queréis decir? —Es bien claro: quiero decir que hay personas que pasan por orgullosas hasta después de muertas. Pero creo que la tal señorita Gautier era una linda alhaja, permitidme la palabra. Ahora la pobre ya no existe, y queda tanto de ella como de las que se dice que no tienen por qué culparse. Pues bien; en cuanto los parientes de las personas que están sepultadas cerca de ella han averiguado quién era, han dado en la manía de decir que se opondrán a que se la entierre aquí definitivamente, y que debieran destinarse terrenos separados para esta clase de mujeres como para los pobres. ¿Dónde se ha visto semejante extravagancia? Yo no sé qué temerán o qué se habrán figurado esos señores acaudalados que no vienen cuatro veces al año a visitar sus difuntos, que se traen ellos mismos las flores ¡y ved qué flores! que consideran como un entretenimiento el recuerdo de las personas por quienes lloran, según afirman escribiendo en sus tumbas unas lágrimas que nunca han derramado, y vienen a hacerse los exigentes por semejantes tonterías. En fin, creedme, señor: yo no conocí a esta señorita ni sé lo que pudo haber hecho, ¡pues bien! yo la quiero y cuido de ella, y la doy las camelias tan baratas como puedo. ¡Es mi muerta favorita! ¡Qué queréis! nosotros nos vemos obligados a querer a los muertos, pues estamos tan ocupados con ellos que no tenemos tiempo para acordarnos de los vivos. Yo miraba y oía a aquel buen hombre y estoy cierto de que mis lectores comprenderán, sin que tenga necesidad de explicárselo, la emoción extraña que su gesto y palabras me producían. No sé si se dió cuenta de ello, pues continuó: —Se dice que había quienes se arruinaban por esa joven, y que tuvo amantes que la adoraron. ¡Pues bien! cuando pienso que ninguno de ellos viene a comprar una flor para su antigua querida, me digo que el proceder es curioso y triste a la vez. Aunque bien mirado es de las que no pueden quejarse: pues tiene su sepulcro, y si sólo queda un amante que se acuerde de ella, ya lo hace por todos los demás. Pues aquí enterramos diariamente jóvenes de la misma clase y de la misma edad que son arrojadas a la fosa común, y creedme, señor: se me va con sus cuerpos el corazón cuando los oigo y miro caer. ¡Pobrecitas! una vez enterradas, nadie se acuerda de ellas. No es del todo divertido nuestro oficio, es decir, para los que tenemos un pedazo de alma. ¿Qué queréis que os diga? A mí me hizo Dios así, y no tiene remedio, no hay que darle vueltas, soy padre, tengo una hija de veinte años, alta y bien formada, y cuando traen por aquí una muerta de su edad, pienso en ella, y así sea una gran señora o una vagabunda me entristezco y pongo malhumorado. Tal vez os aburro con mis historias, y vos no habéis venido aquí para escucharlas. Me han mandado que os acompañe a la tumba de la señorita Gautier y ahí la tenéis. ¿Puedo seros útil en algo más? —¿Las señas de la habitación de M. Armando Duval sabéis cuáles son?—le pregunté sin contestar a sus filosofías. —Sí, señor; vive en la calle de... o al menos, allí es donde fuí a cobrar el valor de todas las flores que estáis viendo. —Bien, muchas gracias, buen hombre. Dirigí la última mirada a la florida tumba, cuyo fondo hubiera querido penetrar a pesar mío para ver en qué se había trocado la hermosísima criatura que del polvo había vuelto al polvo, y me alejé triste y pensativo. —¿Queréis ver a M. Duval?—prosiguió el jardinero que venía siguiéndome. —Sí. —Es que casi aseguraría que no ha vuelto, pues de lo contrarío hubiera ya venido aquí. —¿Conque estáis convencido de que sigue pensando en Margarita? —No solamente estoy convencido de ello, sino que apostaría cualquier cosa a que su deseo por cambiarla de sepulcro es el deseo de volverla a ver. —¿Cómo? ¿qué decís? —Lo que antes que nada me preguntó al venir al cementerio fué: «¿Qué he de hacer para verla?». Esto no podía verificarse sino por medio de un cambio de sepultura, y yo mismo le enteré de todas las formalidades que debía llenar para conseguirlo, pues ya sabéis que para trasladar los muertos de un sepulcro a otro es indispensable reconocerlos y únicamente la familia puede autorizar este acto, que debe ser presidido por un comisario, de modo que monsieur Duval partió inmediatamente para pedir esa autorización a la hermana de la señorita Gautier, y es de suponer que su primera visita sea para la difunta. Llegamos a la puerta del cementerio, di de nuevo las gracias y una propina al jardinero, y me dirigí inmediatamente a casa de Armando. Como aún no había vuelto, dejé mi tarjeta rogándole que viniese a verme tan pronto como llegara, o me mandase a decir dónde y cómo podría avistarme con él. A la mañana siguiente recibí una carta de M. Duval en la que anunciaba su regreso y me rogaba que pasase a su casa, disculpándose de no venir a la mía por no permitírselo su estado. CAPÍTULO VI Me dirigí inmediatamente a su casa. Estaba en cama. Alargóme una mano calenturienta. —Parece que tenéis fiebre—le dije. —Sí, pero no será nada; la fatiga de un viaje tan apresurado: he aquí el origen. —¿Acaso venís de casa de la hermana de Margarita? —Sí; ¿quién os lo ha dicho? —Yo lo sé; ¿y habéis obtenido lo que deseabais? —Sí—y preguntó extrañado,—¿quién os ha informado tan bien? —El jardinero del cementerio. —¿Habéis visto su tumba? Casi no me atrevía a contestarle, pues el tono con que hizo la pregunta me revelaba que Armando seguía siendo víctima de la emoción de que yo había sido testigo, y cuantas veces su imaginación o las palabras de otro le recordaban tan triste pérdida, recrudecía su pena, dejando entender que le faltaba luchar todavía muchísimo para poder dominarla. No contesté palabra; únicamente afirmé con un movimiento de cabeza. —¿Ha cuidado mucho de ella?—prosiguió Armando. —Sí. Dos grandes lágrimas saltaron de los ojos del enfermo que volvió la cabeza casi ruborizado. Hice como que no había visto nada, y procuré mudar de conversación. —Si no me equivoco, se han pasado tres semanas desde que partisteis—dije yo. —Tres semanas, ni más ni menos. —Largo ha sido el viaje. —Bueno, es que no he viajado siempre; he estado quince días en la cama, y esto me impidió regresar antes, pues al llegar allá, la fiebre me dominó por completo. —De suerte que en cuanto cedió un poco, os pusisteis otra vez en camino. —Si llego a seguir ocho días más en aquel país, me muero sin volver a verla. —Pues ahora, ya que habéis podido volver, es preciso que os cuidéis: vuestros amigos vendrán a visitaros, y yo el primero, si no me negáis esta satisfacción. —Antes de dos horas pienso levantarme. —¡Lo cual será una imprudencia! —Es necesario. —Pero no indispensable. —Debo ir a ver al comisario de policía. —¿Y por qué no confiáis a un amigo semejante diligencia, evitando agravar vuestra enfermedad? —Porque tal vez de esta visita depende mi curación. Es preciso que la vea. Desde que tuve noticia de su muerte, y sobre todo desde que vi su tumba, no vivo ni sosiego. No puedo persuadirme de que haya muerto una mujer que dejé tan joven y tan bella. He de cerciorarme por mis ojos. He de ver en qué ha trocado Dios un ser que he amado tanto, y tal vez la horrible realidad desvanecerá el martirio del recuerdo. Me acompañaréis, ¿no es verdad? —¿Qué os dijo su hermana? —Nada. Extrañó mucho que un particular quisiese comprar terreno para sepultar a Margarita, y firmó desde luego la autorización que solicitaba. —Vamos a ver, ¿y no sería mejor aguardar vuestro completo restablecimiento para verificar esa traslación? —¡Oh! no me faltarán fuerzas, perded cuidado. Yo creo que me volvería loco si cuanto antes no llevara a cabo esta resolución cuyo cumplimiento es ya una exigencia de mi dolor. Creed que no volverá la calma a mi corazón sino después de haber visto a Margarita. Será el agua que apagará la sed de la fiebre que me devora, el delirio de mis insomnios, el resultado de este delirio, todo lo que queráis; pero aunque debiese hacerme cartujo, como M. de Rancé, después de haber visto, veré. —Entendido—dije a Armando,—estoy a vuestras órdenes. ¿Habéis visto a Julia Duprat? —¡Oh! sí, el mismo día de mi primer regreso. —¿Y os entregó los manuscritos que Margarita le encargó para vos? —Los tengo aquí. Diciendo esto, Armando me indicó un rollo de papeles que guardaba debajo de su almohada, el cual volvió a guardar en seguida. —¡Ah!—dijo,—sé de memoria su contenido; los he estado leyendo diez veces diarias durante tres semanas. Deseo que también los leáis, pero más tarde, cuando esté más sosegado y pueda haceros comprender todo lo que vale el amor que semejante confesión manifiesta. Permitidme ahora que os pida un favor. —¿Cuál? —¿Tenéis un coche abajo? —Sí. —Pues bien. Tened la bondad de tomar mi pasaporte e ir a ver si en el correo hay cartas que vengan dirigidas a mi nombre. Mi padre y mi hermana me habrán escrito a París; pero como partí con tanta precipitación, no tuve tiempo para informarme antes de emprender mi viaje. A vuestra vuelta iremos juntos a ponernos de acuerdo con el comisario de policía para la ceremonia de mañana. Armando me entregó su pasaporte, y me trasladé a la calle de J. J. Rousseau. Había dos cartas dirigidas a M. Duval, recogílas y volví. Encontré a Armando vestido del todo y dispuesto a salir a la calle. Cuando le entregué las cartas dijo: —Gracias, amigo mío—y añadió después de ver los sobres,—sí, son de mi padre y de mi hermana. Nada de mi silencio habrán comprendido. Abrió las cartas, y mejor las adivinó que leyó, pues ambas estaban escritas por sus cuatro caras, y a poco las había vuelto a doblar. —Vámonos—dijo.—Contestaré mañana. Fuimos a ver al comisario, a quien entregó Armando la autorización de la hermana de Margarita. El comisario se quedó con la carta, dando otra para el guardián del cementerio; acordóse que el traslado tendría lugar el día siguiente, a las diez de la mañana; y quedamos en que iríamos a buscarle unos minutos antes, para luego dirigirnos al cementerio juntos. Cosa rara. Yo también sentía cierta curiosidad por presenciar aquel triste espectáculo, y confieso que pasé la noche sin dormir pensando en ello. A juzgar por mi impaciencia, la noche debió de ser muy larga para Armando. Al llegar a las nueve de la mañana a su casa, estaba horriblemente demudado, aunque parecía tranquilo. Recibióme sonriendo, y me tendió la mano. Las bujías estaban gastadas hasta el cabo. Antes de salir, tomó Armando una carta larguísima dirigida a su padre, y en la que sin duda había consignado sus impresiones de aquella triste noche. Treinta minutos después llegábamos a Montmartre. Nos esperaba ya el comisario. El brazo con que Armando se apoyaba en el mío, me comunicaba con sus convulsiones la excitación que le dominaba. Yo le miraba de cuando en cuando, y él, comprendiendo mis miradas, se sonreía tristemente; pero desde que habíamos salido de su casa, no cruzamos una sola palabra. Antes de llegar delante del sepulcro, Armando se detuvo para enjugar su rostro inundado en sudor. Aproveché aquel instante para respirar, pues también tenía el corazón comprimido. ¡Cuál será el origen del doloroso placer que nos producen semejantes espectáculos! Cuando llegamos, el jardinero había retirado las macetas de flores, y la verja que cercaba la tumba había desaparecido. Dos hombres cavaban la tierra. El pobre Armando se apoyó contra un árbol y fijó su vidriosa mirada allí donde los azadones abrían la tierra. En sus ojos se hallaba concentrada toda su vida. De pronto la punta de un azadón rechinó contra una piedra. Armando se estremeció, retrocedió como herido por una descarga eléctrica, y estrechó mi mano con tanta fuerza, que me hizo daño. En seguida uno de los sepultureros tomó una ancha paleta y fué vaciando la fosa poco a poco; después, cuando ya no quedaban más que las piedras con que se cubre el ataúd las fué separando una por una. Yo seguía observando con gran cuidado todas las impresiones de mi amigo, pues tenía el temor de que sus visibles esfuerzos para concentrarlas precipitaran un terrible fin. Él por su parte seguía mirando, fijos y abiertos los ojos, como si estuviese loco, y el precipitado temblor de sus mejillas y labios demostraba lo violento de la crisis. En cuanto a mí, sólo puedo decir que casi me arrepentía de haber ido al cementerio. Cuando el ataúd quedó enteramente descubierto, el comisario dijo a los sepultureros: —Abrid. Obedecieron aquellos hombres como si se tratase de la cosa más sencilla del mundo. La caja era de roble. Principiaron por introducir una palanqueta en la juntura. La humedad había enmohecido los tornillos, y después de muchos esfuerzos saltó la tapa: exhalóse un olor fétido, a pesar de las plantas aromáticas de que estábamos rodeados. Hasta los sepultureros apartaron la cabeza. —¡Dios mío! ¡Dios mío!—dijo Armando y palideció más. Un lienzo blanco cubría el cadáver, dibujando vagos contornos. El sudario estaba carcomido en uno de sus extremos, y dejaba ver un pie descarnado. Confieso que sentí frío y desfallecimiento, y a la hora en que escribo estas líneas aún me parece ver aquella escena en su imponente realidad. —Concluyamos—dijo el comisario. En seguida uno de aquellos hombres alargó la mano, descosió parte del sudario, y agarrándolo por la punta, pegó un tirón y descubrió el rostro de la difunta. Horrorizaba el verlo; horroriza el contarlo. Los ojos no eran más que dos cavidades negras; los labios habían desaparecido, y los dientes blancos estaban como unidos unos a otros. Los largos cabellos negros y secos estaban como amasados y pegados a las sienes velando en parte las verdosas cavidades de las mejillas, y, sin embargo, en aquella enmohecida calavera reconocí el rostro blanco, rosado y alegre que tantas veces había admirado. Armando, con los ojos clavados en aquella figura, se había tapado la boca con el pañuelo, que apretaba con sus dientes. Yo estaba como soñando que un círculo de hierro oprimía mi cabeza, nubláronse mis ojos, oí mil extraños zumbidos, abrí maquinalmente un frasco que había traído a propósito y aspiré fuertemente las esencias que contenía. Embargado por aquella especie de sopor, creí oir al comisario que decía al señor Duval. —¿La reconocéis? —Sí—contestó sordamente mi compañero. —Pues cerrad, y trasladad—dijo el comisario. Los sepultureros echaron otra vez el lienzo sobre el rostro de la difunta, cerraron la caja, y tomándola cada uno por un extremo, se dirigieron al lugar del cementerio a donde debía ser trasladada. Armando permanecía inmóvil, clavados los ojos en aquella huesa vacía: estaba pálido como el cadáver que acabábamos de ver... y parecía petrificado. En previsión de lo que iba a suceder cuando el dolor amenguase por la ausencia del espectáculo, ya que por su violencia le sostenía como galvanizado, me acerqué al comisario: —¿Es indispensable la presencia de este caballero?—le pregunté indicando a Duval. —No, señor—contestó,—y aun os aconsejo que os le llevéis, pues me parece que está malo. —Vámonos—dije entonces a Armando tomándole del brazo. —¡Cómo!—exclamó mirándome con extrañeza. —Ya no necesitan de vos—-añadí;—debéis retiraros, amigo mío; estáis afectado, y estas emociones os son perjudiciales. —Tenéis razón, vámonos—contestó sin moverse. Le cogí del brazo y me lo llevé. Dejábase conducir como un niño, murmurando tan sólo de vez en cuando: —¿Habéis visto los ojos?—y lo decía volviendo la cabeza, como si aquella visión le estuviese llamando. Sus pasos eran irregulares; parecía que no avanzaba sino a sacudidas; sus dientes castañeteaban, sus manos estaban heladas, y una violenta agitación nerviosa que iba en aumento, se apoderó por completo de su persona. Él me respondía cuando le hablaba. Todo lo que podía hacer se reducía a dejarse llevar. Condújele, pues, hasta el carruaje. Apenas entramos en él, aumentó su estremecimiento. Entonces tuvo un verdadero ataque nervioso en medio del cual, por miedo de asustarme, murmuraba apretándome la mano con violencia: —No es nada, no es nada; tengo necesidad de llorar. Y se hinchaba su pecho, y la sangre refluía en sus ojos sin que una sola lágrima anunciase el desbordamiento de su dolor. Le hice respirar el frasco de que me había servido. Cuando llegamos a su casa, aún duraba su temblor convulsivo. Le acosté, ayudado de su criado, mandé encender lumbre en su cuarto, y fuí corriendo a buscar un médico, a quien enteré de todo cuanto había pasado. El médico se vino conmigo. Al llegar, las facciones de Armando parecían de púrpura, estaba delirante y murmuraba frases incoherentes, de entre las cuales sólo se entendía el nombre de Margarita. —¿Y bien?—dije al doctor cuando hubo examinado al enfermo. —Tiene una fiebre cerebral, ni más ni menos, que no es poca fortuna, pues se me figura, Dios me perdone, que se habría vuelto loco. Es casi seguro que la enfermedad física matará la enfermedad moral, y vencida la primera por la segunda estará restablecido antes de un mes. CAPÍTULO VII Esta clase de enfermedades matan en seguida o se dejan vencer fácilmente. Quince días después de los sucesos que acabo de referir, ya había cesado el peligro y se encontraba Armando en plena convalecencia, habiendo acrecentado nuestra amistad hasta el extremo de sernos mutuamente indispensables. Mientras duró la enfermedad no me separé de su casa. La primavera estaba en todo su esplendor, con sus flores, sus hojas, sus árboles y sus cantos. Las ventanas de la habitación de mi amigo daban vista a un jardín, cuyos saludables aromas se elevaban hasta nosotros. El médico le permitía ya levantarse, y ordinariamente nos solíamos sentar a hablar juntos, a la ventana, cuyas hojas abríamos de par en par a las horas en que el sol tiene más vigor, de doce a dos de la tarde. Yo procuraba que nuestras conversaciones no recayeran nunca sobre Margarita, temiendo siempre que se avivase la dolorosa llama moral que parecía adormecida bajo la aparente calma del enfermo. Él en cambio hacía todo lo contrario; parecía gozarse en recordarlo; no, como anteriormente, lloroso y triste, sino con dulce sonrisa, como reflejo de la tranquilidad que sentía su alma resignada. Observé que desde nuestra visita al cementerio, cuyo espectáculo había provocado aquella violenta enfermedad, el dolor moral había aminorado por la fuerza del físico, y la muerte de Margarita ya no tenía para él otro carácter que el doloroso recuerdo del pasado. De esta certidumbre había brotado una especie de consuelo, y para rechazar aquella triste imagen que con frecuencia se dibujaba en su memoria, evocaba los felices recuerdos de su amorosa amistad con Margarita, como resuelto a no transigir con otros distintos. Se hallaba la materia muy extenuada por el ataque, al par que por los efectos de los remedios empleados en combatir la fiebre, para permitir al espíritu nuevas emociones, y la alegría primaveral y universal de que Armando se veía rodeado, le absorbía a su pesar con imágenes de vida y alegría. Se obstinaba continuamente en no querer enterar a su familia del peligro que corría, y estaba ya curado, sin que su padre supiera que hubiese estado enfermo. Cierto día nos habíamos estado en la ventana más tiempo que de ordinario, a causa de hacer una magnífica tarde. El mismo sol se adormecía en un brillante crepúsculo de azul y oro. No parecía que estábamos en París; el verdor nos rodeaba como si quisiese aislarnos del mundo entero, y raras veces el ruido de un carruaje venía a turbar nuestras conversaciones. —Esta tarde y hora me recuerdan la época del año y la tarde del día en que conocí a Margarita—dijo Armando, atendiendo más a sus propios pensamientos que a cuanto yo pudiera decirle. No supe qué contestarle. Entonces, volviéndose a mí, dijo: —Si gustáis, voy a contaros una historia, sobre la cual podríais escribir un libro que nadie creerá, pero que podría ser interesantísimo. —Otro día me la contaréis, querido amigo—le dije;—todavía no estáis bueno del todo. —Sí, la noche es templada, me encuentro bien, pues he comido mi pechuga de gallina, y como ya casi no tengo calentura ni tenemos otra cosa que hacer, voy a contárosla. —Bueno; ya que absolutamente lo deseáis, os escucho. —Es muy sencilla—añadió entonces,—y os la voy a contar siguiendo el orden sucesivo. Si más tarde la trasladáis al papel, sois libre de referirla como mejor os parezca. He aquí la historia de mi amigo, sin más variantes que las puramente necesarias para pasar de la palabra al libro: —Sí—exclamó Armando, reclinando su cabeza en el respaldo de su butaca;—sí, ¡era una noche como ésta!... Habíamos pasado el día en el campo con mi amigo Gastón R... Por la noche estábamos de vuelta en París, y no sabiendo qué hacer para no aburrirnos, nos metimos en el teatro de Variedades. En uno de los intermedios salimos al corredor y vimos pasar una elegante y airosa dama, a quien mi amigo saludó. —¿Quién es esta gran señora?—le pregunté. —Margarita Gautier—contestó. —Me parece que está muy cambiada, pues no la he reconocido—dije con una emoción que luego os explicaréis. —Ha estado muy enferma, y vivirá poco. Tengo estas palabras tan presentes como si acabase de oirlas hace un instante. He de consignar que desde hacía dos años, la vista de aquella joven, cuantas veces me la encontraba me producía cierta extraña impresión. Sin saber por qué, palidecía y mi corazón latía con violencia. Un amigo mío que se dedica a las ciencias ocultas, llama a eso afinidad de flúidos; por mi parte creo sencillamente que estaba escrito que fuese yo el amante de Margarita, y que el presentimiento me dominaba. Margarita causaba siempre en mí una impresión verdadera, de la que pudieran ser testigos muchos de mis amigos, los cuales se habían reído no poco al averiguar la procedencia. La vi por primera vez en la plaza de la Bolsa, en la puerta de Susse, donde paró una carretela descubierta, de la que se apeó. Vestía de blanco. Un murmullo de admiradores comentaba sus gracias ante mí. Yo quedé clavado en mi sitio, mirando la puerta por la que había entrado en el almacén hasta que salió. Vila a través de los cristales mientras elegía los géneros que compraba. Hubiera podido entrar, pero me faltó valor; ignoraba quién era aquella mujer, y temía que adivinase mi entrada en el almacén y se disgustase por ello, y sin embargo, yo no podía tener mucha esperanza de volver a verla. Su traje era elegante: un vestido de muselina rodeado de volantes, un chal de India a cuadros, bordado de oro y seda en sus extremos; sombrero de paja de Italia y un brazalete de oro en forma de cadena, moda que comenzaba entonces. Al salir, la vi entrar en su carretela, que partió al trote de los caballos. Uno de los dependientes de la tienda había salido a la puerta y se quedó en el dintel siguiendo con la vista el carruaje de la bella compradora. Acerquéme a él y le rogué que me dijese el nombre de la dama. —La señorita Margarita Gautier—me respondió. No me atreví a pedirle las señas de su habitación y me alejé. El recuerdo de aquella visión, pues realmente lo era, no se ha borrado de mi memoria como el de otras muchas que me lo parecieron, y por todas partes iba buscando aquella dama blanca, tan seductora como hermosa. A los pocos días tuvo lugar un estreno en el teatro de la Ópera Cómica. Asistí al espectáculo. La primera persona a quien vi en uno de los palcos principales, fué a Margarita. El joven que me acompañaba la conocía también, pues me dijo señalándola: —¿Véis aquella hermosa joven...? Al mismo tiempo Margarita dirigía sus gemelos hacia nosotros, y al ver a mi amigo, le sonrió e hizo seña de que subiese a visitarla. —Voy a saludarla—me dijo;—vuelvo al instante. No me pude contener y le dije: —¡Sois bien afortunado! —¿Por qué? —Porque vais a tener la dicha de ver a esa mujer. —¿Os habéis enamorado de ella? —No—dije sonrojándome, pues no sabía darme verdadera cuenta de lo que sentía,—pero me gustaría conocerla. —¿Queréis que os presente a ella? —¿Sin pedirle permiso? —¡Qué tontería! Con damas de su clase se puede prescindir sin escrúpulo de tales formalidades. Estas palabras me mortificaron sobremanera. Temblaba de adquirir el convencimiento de que Margarita no era digna del sentimiento que me inspiraba. Alfonso Karr pinta en su libro titulado Am Rauchen, a un hombre que sigue de noche a una mujer elegantísima, de la que se enamoró perdidamente a primera vista. Sólo por el placer de besar la mano de aquella belleza, hubiera arrostrado todo peligro y hecho cualquier sacrificio. Apenas se atreve a poner su mirada sobre la garganta del precioso y pequeño pie que descubre ligeramente para evitar que el contacto del suelo manche su vestido. Mientras piensa ensimismado en todo lo que haría por poseerla, se ve detenido por ella al volver de una esquina, para preguntarle si quiere subir a su habitación. Al contacto de semejante pregunta desvanécense por completo todas sus ilusiones, y desviando la vista se vuelve a su casa triste y desencantado. Al reconocer al ídolo de barro, lo desprecia, en vez de adorarlo. Recordando aquel estudio del corazón humano, yo, que hubiera deseado tener que salvar grandes obstáculos para llegar a Margarita, temía que me aceptase demasiado pronto y sin mediar un sacrificio importante. Así somos los hombres, y no deja de ser una ventaja el que la razón deje esa puerta al sentimiento y que los deseos de la materia hagan semejante concesión a los sueños del espíritu. Por último, si me hubiesen dicho: «Poseerás esta noche a esa mujer y la matarán mañana», hubiera aceptado sin vacilar. Pero si, al contrarío, me hubiesen asegurado que mediante un puñado de luises sería su amante, hubiera rehusado ofendido, y hubiera llorado como un niño el desvanecimiento de mi ilusión. No obstante, deseaba conocerla y no quise desperdiciar la ocasión que se me ofrecía para lograrla o saber resueltamente a qué atenerme. Rogué a mi amigo que con el solo fin de complacerme, se dignase pedir a Margarita permiso para presentarme, y quedé esperando en el corredor, dominado por la idea de que iba a verla. Azarado en extremo, me preocupaba la actitud que debía tomar en su presencia y la manera de coordinar las primeras palabras que le iba a decir. —¡El amor tiene tonterías sublimes! Momentos después me decía mi amigo: —Nos espera. —¿Está sola?—le pregunté. —Con otra señora. —¿No hay hombres? —No. —Vamos. Mi amigo se dirigió por la puerta del teatro. —¿Y a dónde vamos por ahí?—le dije. —A comprar dulces, pues me los ha pedido. Entramos en una confitería del pasaje de la Ópera. Yo hubiera querido llevarme cuantas golosinas encerraban aquellos elegantes escaparates, y antes de que pensase en escoger, pidió mi amigo: —Una libra de uvas heladas. —¿Sabéis si le gustan? —Nunca toma otros dulces; es su costumbre. —¿Ya sabéis—continuó mi amigo—qué clase de mujer es la que voy a presentaros? —La conozco de vista. —No os figuréis que sea una duquesa ni mucho menos: es sencillamente una cortesana y de las de más nombre. —Ya, ya. —Así, pues, podéis decirle cuanto se os ocurra sin miedo ni temor. —Bien, bien—balbuceé, y seguía subiendo maquinalmente las escaleras, proponiéndome interiormente desechar aquella pasión. Al entrar en el palco, Margarita se estaba riendo de no sé qué. Hubiera preferido verla triste. Mi amigo me presentó. Ella inclinó ligeramente la cabeza, diciendo en seguida: —¿Y mis dulces? —Aquí están. Tomólos, dirigiéndome una mirada que me ruborizó. Luego dijo unas palabras al oído de su compañera, y ambas a dos soltaron una verdadera carcajada. Desde luego era yo el objeto de aquella hilaridad, lo cual acrecentaba mi turbación. Por aquella época tenía yo relaciones íntimas con una muchacha de la clase media, muy tierna y sentimental, cuyas románticas quejas y cartas melancólicas me hacían reir. En aquel momento comprendí por lo que yo sentía, lo mucho que la hacía padecer, y por cinco minutos la amé con verdadera pasión. Margarita se puso a comer sus dulces sin preocuparse para nada de mí ni del desairado papel que estaba representando. Mi introductor, no queriendo dejarme por más tiempo en aquella ridícula actitud, dijo: —Margarita, no debéis extrañaros de que M. Duval no os dirija la palabra; le deslumbráis de tal modo, que no encuentra frases con que explicarse. —Casi me inclino a creer que el señor os ha acompañado aquí porque os incomoda venir solo. —De ser así—dije a mi vez,—no hubiera yo suplicado a Ernesto que os pidiese permiso para presentarme. Aquello no era tal vez más que un medio para retardar el momento fatal. A poco que uno haya tratado mujeres de la clase de Margarita, sabrá el placer que encuentran en hablar satíricamente y tratar con dureza a las personas que ven por primera vez. Sin duda es ello una especie de desquite que se toman por las humillaciones que se ven obligadas a sufrir frecuentemente por parte de los que las tratan de continuo. Así es que para entrar en conversación con ellas, se necesita cierto conocimiento de su trato, cosa que yo desconocía por completo. Por otra parte, el concepto que me había formado de Margarita contribuía a que creyese yo sus burlas exageradas. Nada que procediese de aquella mujer podía serme indiferente. Así es que me levanté, diciéndole con una emoción que me fué imposible ocultar por completo: —Señora, si pensáis eso de mí, no me resta más que suplicaros dispenséis mi indiscreción, y despedirme de vos asegurándoos que no reincidiré. Saludé y salí del palco. Apenas hube cerrado la puerta, oí una tercera carcajada. Hubiera deseado tropezarme con el primer advenedizo para resarcirme de lo que yo creía un desaire. Volví a mi butaca. Hicieron la señal de levantar el telón. Ernesto volvió a mi lado. —¿Cómo vamos?—me dijo sentándose.—Ella cree que estáis loco. —¿Qué es lo que dijo de mí Margarita cuando salí del palco? —Pues se ha reído mucho, y me ha asegurado que no ha visto jamás hombre más raro. Pero no por eso debéis creeros derrotado; sólo espero de vos que hagáis poco caso de esas mujeres y no cometáis jamás la torpeza de tomar por lo serio sus manifestaciones. Ignoran por completo lo que es educación y buen tono; son como los perros a quienes se perfuma, y que creyéndose que huelen mal, van a lavarse a cualquier arroyo. —Además, ¿qué importa?—decía yo creyendo tomar un tono indiferente;—no volveré a ver a esa mujer, y si bien me gustaba antes de hablarla, me ha hecho un efecto bien distinto del que presumía, después de conocerla. —¡Bah! Aún no desespero de veros en su palco algún día y de oiros decir que os arruináis por ella. Por lo demás, tenéis razón: está mal educada, pero es una mujer hermosa. Afortunadamente, se levantó el telón y se calló mi compañero. No me sería posible precisar el título de la obra que se representaba aquella noche. Lo único que recuerdo es que muchas veces dirigí mis miradas hacia el palco que había dejado tan bruscamente, y que las visitas se sucedían en él de continuo. No obstante, estaba yo bien lejos de no preocuparme de Margarita. Otro era el sentimiento que me dominaba. Me parecía que debía hacerme olvidar su insolencia mi ridiculez, y que aun cuando debiese sacrificar cuanto poseía, debía conseguir aquella mujer, para tener después el derecho de disponer de ella a mi capricho. Antes que la representación hubiese terminado, Margarita y su amiga dejaron el palco. También abandoné yo la butaca a pesar mío. —¿Os vais?—me dijo Ernesto. —Sí. —¿Por qué? En aquel momento advirtió que había quedado vacío el palco. —Idos—me dijo,—y buena suerte, amigo mío, o mejor dicho, que seáis más afortunado. Al salir oí en la escalera el roce de unos vestidos y el murmullo de algunas voces. Me separé a un lado y vi pasar, sin ser visto, las dos mujeres y los dos jóvenes que las acompañaban. En el peristilo del teatro se presentó a ellas un criado. —Ve, y di que me esperen a la puerta del café Inglés—dijo Margarita;—iremos a pie hasta allí. Poco después, paseándome por el boulevard, en una de las ventanas del restaurant vi a Margarita apoyada sobre el antepecho, deshojando una por una las camelias de su ramo. Uno de sus jóvenes acompañantes estaba en pie detrás de ella hablándole al oído. Fuí a instalarme en uno de los departamentos del primer piso de la Maison Doré, desde el cual no perdía de vista la ventana de Margarita. A la una de la madrugada volvió ésta a subir en el coche acompañada de sus tres amigos. Tomé un simón y ordené al cochero que siguiese al de Margarita. El coche paró en la calle de Antín, frente a la casa número 9. Margarita descendió sola y entró en la casa. Sin duda fué ello pura casualidad, pero así y todo me sorprendió agradablemente. Desde entonces encontré muchas veces a Margarita, ya en algún teatro, ya en los Campos Elíseos. Siempre creía ver en sus hermosas facciones reflejada la misma alegría, y siempre semejante encuentro producía en mí igual emoción. Después se pasaron más de quince días sin verla. Hallé a mi amigo Gastón y le pregunté por ella. —Está muy delicada—me dijo. —¿Qué tiene? —La pobre está enferma del pecho, y como la vida que lleva no es la más a propósito para detener los progresos de semejante enfermedad, guarda cama, y es muy posible que no pueda volver a levantarse. ¡Oh, raros e incomprensibles impulsos del corazón! casi me alegró la noticia de la enfermedad. Aunque sin dejar mi tarjeta ni escribir mi nombre en la lista, pasé todos los días a saber noticias de la enfermedad. De este modo me enteré de su convalecencia y supe su salida para Bagneres. Luego se pasó bastante tiempo, y, si no el recuerdo, íbase borrando diariamente la impresión. Y claro, los viajes, el volver a mis naturales costumbres y habituales trabajos, y la adquisición de amistades nuevas, volvieron a ocupar el lugar de la idea que me dominó durante el tiempo que llenaba mi mente aquella primera aventura; no creía ya ver en ella más que una de tantas pasiones de las que nacen y mueren con igual facilidad en las imaginaciones de los jóvenes, y de las que nos reímos luego. Por otra parte, tenía bien poco mérito el vencimiento de semejante recuerdo, pues había perdido de vista a Margarita desde que salió de París, y como os dije, no la reconocí cuando pasé junto a ella en los corredores del teatro de Variedades. Es preciso confesar que iba entonces muy arrebujada en su abrigo, pero por más tapada que se me hubiere presentado dos años antes, no hubiera tenido necesidad de ver sus facciones para conocerla; las habría adivinado. Sin embargo, al cerciorarme de que era ella, mi corazón latió con más violencia, a pesar de haber transcurrido los dos años sin verla, y ni los efectos producidos por la separación fueron bastantes para desvanecer su recuerdo al sentir el contacto de su vestido. CAPÍTULO VIII Y es el caso, que a un tiempo mismo que yo reconocía estar todavía enamorado, me sentía más fuerte que antes, y mis deseos de volver a verla, eran hijos en parte, de la voluntad, si no vanidad, que tenía de hacerle conocer que me había hecho superior a ella. ¡Oh, en qué enmarañados laberintos se enreda y cuán inútiles justificaciones busca el corazón para llegar a lo que se desea! A pesar mío no pude continuar mucho tiempo en los corredores, y volví a ocupar mi butaca de orquesta, desde donde recorrí con la vista todos los palcos para encontrar el en el que estaba Margarita. Se encontraba en un proscenio, como ya os dije, estaba completamente demudada, y ya no se dibujaba en sus labios aquella indiferente sonrisa que tanto la caracterizaba. Había padecido mucho; padecía aún. Aunque ya bien entrado el mes de abril, vestía de terciopelo como en pleno invierno. La miré con tal persistencia que mi mirada atrajo la suya. Se fijó en mí unos instantes, tomó sus gemelos para cerciorarse de quién era yo, e indudablemente, creyó conocerme sin darse cuenta exacta de mi personalidad, puesto que al dejar sus gemelos, vagó por sus labios esa graciosa sonrisa con que saludan las mujeres bonitas cuando quieren contestar al saludo que esperan. Pero yo no satisfice su deseo, pues para vengarme, pretendía, sintiéndolo, hacerle entender que me había olvidado por completo de lo que ella recordaba todavía. Ella, creyendo haberse equivocado, volvió la cabeza sin afectación. Se levantó el telón. Muchas veces vi a Margarita en el teatro, pero jamás la vi fijarse en el escenario. La obra que se representaba me interesaba poco, solamente Margarita absorbía mi atención; sin embargo, yo hacía toda clase de esfuerzos para aparentar lo contrario. Habiendo observado que cambiaba algunas miradas con la persona que ocupaba el palco frontero al suyo, me fijé en ésta y vi que era una señora con la que tenía yo bastante intimidad. Era una antigua mujer de historia, que había pretendido entrar en el teatro, y que no habiéndole sido posible, aprovechó las relaciones que tenía con muchas damas elegantes de París, para establecer un almacén de modas. Yo vi en ella un pretexto para acercarme a Margarita y aproveché un instante que miraba hacia donde yo estaba, y saludéla con la mano y los ojos. Resultó lo que yo quería: me llamó para que subiese a su palco. Prudencia Duvernoy era el nombre de la modista. Matrona de unos cuarenta años, pertenecía al número de las que no se necesita gran diplomacia para que digan o hagan lo que uno desea, sobre todo cuando lo que se desea es tan sencillo como lo que yo quería. Subí y aproveché el momento en que volvió a empezar sus telegramas ópticos con Margarita para decirle: —¿A quién os dirigís? —A Margarita Gautier. —¿La conocéis? —¡Sí; soy, a más de su modista, su vecina! —¿Vivís en la calle de Antín? —Número 7; la ventana de su gabinete tocador da frente a la mía. —Creo que es una joven muy amable además de ser lindísima. —¿No la conocéis? —No, y me gustaría conocerla. —¿Queréis que le diga que venga a nuestro palco? —No; prefiero que me presentéis a ella en su casa. —Eso es más difícil, porque es la protegida de un anciano duque... —¿Protegida y hermosa? —Pues sí, protegida, protegida—dijo Prudencia.—El buen viejo no podría, aunque quisiese, ser su amante. Y Prudencia me contó de p a pa el origen de las relaciones de Margarita con el duque de Bagneres. —¿Es ésta la causa por la que ha venido sola al teatro? —Sí. —Entonces, ¿quién la acompañará a su casa? —Él. —¿Vendrá a buscarla? —No tardará. —Y a vos, ¿quién os acompaña? —Nadie. —Entonces me ofrezco a ser vuestro caballero. —¿Y el amigo con quien habéis venido? —Es un joven muy simpático, muy listo, y de mucho talento, que tendrá mucho gusto en conoceros. —¡Ah! pues entonces no hay más que hablar, saldremos juntos en cuanto termine esta pieza. —Eso es: perfectamente; voy a prevenírselo a mi amigo. —Conformes. ¡Ah!—exclamó Prudencia en el momento que iba yo a salir.—¿Queréis conocer al duque protector de Margarita? Es este anciano que entra en su palco. Miré y vi que un caballero como de setenta años, serio y respetable, acababa de tomar asiento detrás de Margarita, después de presentarle un cucurucho de dulces, que ella probó inmediatamente, haciendo seña a Prudencia como diciéndole: ¿Si gustáis? —Muchas gracias—contestó Prudencia con otro gesto. Entonces Margarita dejó sobre una silla la bolsa de los dulces, y dirigiéndose al viejo siguió comiendo y conversando. Tal vez os parezcan tonterías este sinnúmero de detalles, pero conservo tal memoria de todo cuanto tenía relación con Margarita que me complazco en recordarlo y repetirlo. Después de este incidente bajé a la platea para participar a Gastón el compromiso que, a nombre de los dos, acababa de contraer. Aceptó, desde luego, conviniendo en cuanto le dije. Inmediatamente dejamos nuestros asientos para subir al palco de la señora Duvernoy. Cuando atravesábamos el corredor, tuvimos que detenernos para dejar pasar a Margarita y al duque, que ya se retiraban. Hubiera dado sin vacilar diez años de mi existencia por poder substituir al buen anciano. A la salida les esperaba el coche, al que subieron entrambos, y al trote de dos fogosos caballos dirigidos por el propio duque, desaparecieron rápidamente. Nosotros nos quedamos con Prudencia hasta la terminación de la pieza, y luego un coche de alquiler nos condujo a los tres a la calle de Antín, número 7. Prudencia nos invitó a que subiésemos para enseñarnos su establecimiento, de cuya propiedad se manifestaba bastante orgullosa. Ya comprenderéis que no nos hicimos de rogar para complacerla. En cuanto hubimos penetrado en los almacenes de Prudencia, ya me creí estar al lado de Margarita; así, pues, hice recaer inmediatamente la conversación sobre mi único objetivo. —¿Está, acaso, en la habitación de vuestra hermosa vecina el viejo duque?—pregunté a Prudencia. —Creo que no; probablemente estará sola. —Pues se aburrirá de lo lindo—dijo Gastón. —Generalmente, pasamos juntas todas las veladas; cuando no se opone a ello algún obstáculo, me llama en cuanto llega a su casa. Jamás se acuesta antes de las dos de la madrugada, pues le es imposible conciliar el sueño antes de esa hora. —¿Por qué causa? —La enfermedad. Padece del pecho y casi siempre está calenturienta. —¿No tiene amantes?—pregunté. —Lo ignoro. A la hora en que yo me retiro jamás queda nadie acompañándola; pero no puedo asegurar que no entre nadie después que yo he salido. Con frecuencia viene a su casa un conde de N... que se propone conseguir no sé qué, haciéndole sus visitas a las once y mandándole cuantas joyas cree que apetece; pero ella le hace poquísimo caso, pues dice que no le gusta ni pintado. Lo cual no deja de ser una majadería, porque es un joven riquísimo. Por más que yo le digo y repito a todas horas: «Hijita, hacéis mal, muy mal en despreciar al conde, pues éste, y no otro, es el hombre que os conviene», no me hace caso ninguno, y ella, que generalmente atiende todos mis consejos, me vuelve la espalda diciendo que no puede resistir a un majadero de tal calibre. Convengo en que no le falta razón, pero sería para ella una verdadera mina, puesto que el viejo duque puede morirse el mejor día. Luego, los viejos son más egoístas, y además su familia le reprueba continuamente la prosecución de su amistad con Margarita, por cuyas razones creo que nada ha de heredar del buen anciano. Siempre que yo le hago presente semejantes temores, me contesta que cuando falte el duque, le sobrará tiempo para tomar al conde. Es bien poco agradable—continuó Prudencia,—vivir como ella vive ahora. Yo de mí sé decir, que no sabría acostumbrarme a semejante monotonía y no hubiera resistido tanto tiempo sin mandar a paseo al buen anciano. ¡Es tan insípido! La llama hija, la mima y cuida como una niña y puede decirse que no la deja a sol ni a sombra. Estoy segura de que en estos momentos está rondando la calle alguno de sus criados para observar quién sale, y sobre todo quién entra. —¡Pobre Margarita!—exclamó Gastón, sentándose al piano. —¡Chist! A ver—dijo Prudencia, fijando su atención.—Creo que Margarita me llama. Los tres pudimos oir que una voz de mujer llamaba a Prudencia. Y Prudencia nos dijo entonces: —Señores, podéis ya retiraros. —¿Así es como entendéis la hospitalidad?—interrogó Gastón sonriéndose.—Nos retiraremos cuando nos parezca bien. —¿Por qué hemos de irnos? —Es que he de entrar en la habitación de Margarita. —Os esperaremos aquí. —¡Imposible! —Entonces os acompañaremos. —Mucho peor. —Yo conozco a Margarita—dijo Gastón,—y puedo por consiguiente visitarla. —Pero no la conoce Armando. —Le presentaré. —De ninguna manera. Volvió a oirse la voz de Margarita que llamaba a Prudencia. Mme. Duvernoy fué corriendo a su gabinete tocador. Gastón y yo la seguimos. Prudencia abrió la ventana. Nosotros quedábamos ocultos de manera que no pudiésemos ser vistos. —Hace diez minutos que os estoy llamando—dijo Margarita desde su ventana en tono de mando. —¿Qué se ofrece? —Que vengáis al momento; aún no se ha ido el conde de N... y me está matando el fastidio. —No me es posible en este momento. —¿Quién os lo impide? —Dos jóvenes que tengo de visita y que no quieren irse. —Decidles que tenéis necesidad de salir. —Ya se lo he dicho. —Pues bien, dejadles solos; cuando vean que salís, saldrán ellos también. —¡Después de habérmelo revuelto todo! —Pero, ¿qué os quieren? —Yo creo que os quieren ver a vos. —¿Cómo se llaman? —Al uno ya le conocéis, es Gastón R... —¡Ah, sí, ya sé! ¿Y el otro? —Al otro no le conocéis, se llama M. Armando Duval. —Bien, no importa, dejad que os acompañen: todo lo prefiero al conde. Venid en seguida; os espero. Margarita y Prudencia cerraron sus ventanas. Margarita, que hacía pocos momentos pareció recordar mi fisonomía, había olvidado mi nombre por completo. Yo hubiera preferido a olvido semejante, un recuerdo desagradable. —Ya me presumía yo—dijo Gastón,—que tendría gran gusto en recibirnos. —Mejor diríais—interrumpió Prudencia poniéndose el abrigo,—que os recibe para conseguir a toda costa que se marche el otro. Procurad serles más simpáticos que el conde para evitar que luego me riña. Seguimos a Prudencia. Yo estaba temblando. Presentía que aquella visita iba a ejercer gran influencia sobre mi vida. Aun estaba más conmovido que la noche de mi primera presentación en la Ópera Cómica. Al llegar a la puerta de la habitación que ya conocéis, me latía tan precipitadamente el corazón, como huían de mi cabeza las ideas. Llegaron a nuestros oídos algunas notas. Prudencia llamó, y dejó de oirse el piano a un mismo tiempo. Abrió la puerta una muchacha que por su aire elegante, más que una doncella de servicio parecía una señorita. Pasamos al salón, de allí a un gabinete separado, que estaba tal como después lo habéis visto. Apoyado en la chimenea había un elegante joven. Margarita, sentada al piano, recorría ligeramente el teclado, empezando muchas piezas sin terminar ninguna. El efecto de aquel cuadro, era el del fastidio, hijo de la turbación e inexperiencia del hombre, y del peso abrumador con que fatigaba el ligero espíritu de la mujer, la presencia del tétrico personaje. Levantóse Margarita al oir la voz de Prudencia y saliéndonos al encuentro, dijo, después de haber cruzado ambas mujeres una mirada; de inteligencia por parte de la Duvernoy, de agradecimiento por la de Margarita: —Entrad y sed todos bien venidos. CAPÍTULO IX —Muy buenas noches, querido Gastón—dijo Margarita a mi amigo;—me alegro de veros. ¿Por qué no me habéis visitado ...