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Vivimos en un ecosistema saturado de estímulos visuales y auditivos diseñados meticulosamente para captar nuestra atención y dirigir nuestros deseos. Desde el momento en que despertamos y consultamos nuestro teléfono móvil hasta que cerramos los ojos tras una jornada de exposición mediática, somos el blanco de miles de impactos publicitarios diarios. Lo que a menudo percibimos como una simple información sobre un producto es, en realidad, el resultado de una sofisticada ingeniería psicológica que busca penetrar en las capas más profundas de nuestro subconsciente para influir en nuestra toma de decisiones, a menudo sin que nos demos cuenta.
La relación entre la psicología y la publicidad no es nueva, pero su profundidad ha alcanzado niveles sin precedentes. Sus orígenes modernos se remontan a principios del siglo XX, cuando figuras como Edward Bernays, sobrino de Sigmund Freud, aplicaron las teorías del psicoanálisis para manipular las masas.