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La cuestión sobre la naturaleza última de nuestra realidad ha sido, desde los albores de la civilización, un eje gravitacional para el pensamiento filosófico. No obstante, en la contemporaneidad, esta indagación ha trascendido los límites de la metafísica tradicional para adentrarse en los dominios de la física teórica y la computación avanzada. El concepto de que nuestro universo podría no ser más que una sofisticada simulación informática, orquestada por una inteligencia tecnológicamente superior, ha dejado de ser una mera elucubración de la ciencia ficción para convertirse en una hipótesis académica rigurosamente debatida.
Esta premisa, conocida frecuentemente como la Hipótesis de la Simulación, halla uno de sus cimientos más sólidos en el argumento probabilístico propuesto por el filósofo Nick Bostrom. Bostrom postula que, si una civilización alcanzara un nivel de desarrollo post-humano capaz de ejecutar simulaciones ancestrales con una fidelidad