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La propensión inagotable de los infantes a interrogar incansablemente la urdimbre de la realidad mediante la sempiterna letanía del "por qué" suele ser interpretada, desde la condescendencia del adultocentrismo, como un subproducto entrañable, aunque exasperante, de la inmadurez cognitiva. Sin embargo, un análisis epistemológico riguroso de esta pulsión inquisitiva revela una sofisticación heurística que rivaliza, y en ocasiones supera, a las metodologías estandarizadas de la indagación científica institucional. El asombro infantil, lejos de ser una simple manifestación de ignorancia supina, constituye un motor fenomenológico de primer orden, un estado de apertura radical hacia la alteridad del mundo que precede y fundamenta cualquier empresa gnoseológica genuina.
Para comprender la magnitud epistemológica de la curiosidad infantil, resulta perentorio desmantelar el prejuicio arraigado que concibe el desarrollo cognitivo como una progresión lineal hacia la fría objetividad cartesiana. El paradigma del "adulto racional", pertrechado