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VII MILAGROS DEL DOLOR A los gritos del consternado huésped , seguidos de lastimeros ayes de la criada , despertó Angustias . . . — Medio se vistió , llena de espanto , y corrió hacia la habitación de su madre . . . Pero en la puerta halló atravesada la silla de ruedas de D . Jorge , el cual , con los brazos abiertos y los ojos casi fuera de las órbitas , le cerraba el paso , diciendo : — ¡ No entre usted , Angustias ! ¡ No entre usted , o me levanto , aunque me muera ! — ¡ Mi pobre mamá ! ¡ Mi madre de mi alma ! — ¡ Déjeme usted ver a mi madre ! . . . — gimió la infeliz , pugnando por entrar . — ¡ Angustias ! ¡ En el nombre de Dios , no entre ahora ! Ya entraremos luego juntos . . . ¡ Deje usted descansar un momento a la que tanto ha padecido ! — ¡ Mi madre ha muerto ! — exclamó Angustias , cayendo de rodillas junto al sillón del Capitán . — ¡ Pobre hija mía ! ¡ Llora conmigo cuanto quieras ! — respondió D . Jorge , atrayendo hacia su corazón la cabeza de la pobre huérfana , y acariciándole el pelo con la otra mano . — ¡ Llora con el que no había llorado nunca , hasta hoy , que llora por ti . . . y por ella ! . . . Era tan extraordinaria y prodigiosa aquella emoción en un hombre como el Capitán Veneno , que Angustias , en medio de su horrible desgracia , no pudo menos de significarle aprecio , y gratitud , poniéndole una mano sobre el corazón . . . Y así estuvieron abrazados algunos instantes aquellos dos seres que la felicidad nunca hubiera hecho amigos . PARTE CUARTA DE POTENCIA A POTENCIA I DE CÓMO EL CAPITÁN LLEGÓ A HABLAR SOLO Quince días después del entierro de doña Teresa Carrillo de Albornoz , a eso de las once de una espléndida mañana del mes de las flores , víspera o antevíspera de San Isidro , nuestro amigo el Capitán Veneno se paseaba muy de prisa por la sala principal de la casa mortuoria , apoyado en dos hermosas y desiguales muletas de ébano y plata , regalo del marqués de los Tomillares ; y aunque el mimado convaleciente estaba allí solo , y no había nadie ni en el gabinete ni en la alcoba , hablaba de vez en cuando a media voz , con la rabia y desabrimiento de costumbre . — ¡ Nada ! ¡ Nada ! . . . ¡ Está visto ! — exclamó por último , parándose en mitad de la habitación . — ¡ La cosa no tiene remedio ! ¡ Ando perfectísimamente ! ¡ Y hasta creo que andaría mejor sin estos palitroques ! Es decir , que ya puedo marcharme a mi casa . . . Aquí lanzó un gran resoplido , como si suspirase a su manera , y murmuró cambiando de tono :
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