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« ¡ Ya sé por qué lo preguntáis ! Hace exactamente un año , en esta misma sala , don Luis Mejía y don Juan Tenorio hicieron una apuesta muy extraña . Apostaron cuál de los dos haría más daño en un año , y con más fortuna . Quedaron en volver hoy para contarlo . Pero no creo que vengan , porque la gente olvida pronto esas locuras » . El hombre dijo que conocía la historia entera y que al menos uno de los dos vendría seguro . Dejó dos monedas de oro sobre la mesa . Por si acaso venían los dos , le pidió que les preparara su mejor mesa y sus dos mejores botellas . Después salió sin despedirse . Buttarelli se quedó mirando las monedas y preguntándose quién sería aquel hombre . ¿ Era don Juan , o era don Luis ? Al poco rato se oyó un gran ruido fuera , y el tabernero se asomó a la puerta . En medio de la plaza estaba el forastero del antifaz . Se peleaba él solo contra un grupo de hombres , y todos huían delante de su espada como si fuera el mismo diablo . « ¡ Santa Madonna ! » , exclamó el italiano . « No hay duda : los dos están en Sevilla , y esta noche toda la ciudad va a hablar de ellos » . Entró corriendo y llamó a su ayudante , Miguel , para que preparara la mesa del centro . Le pidió el mantel más limpio , dos sillas , dos copas y dos botellas del vino más antiguo que tuvieran en la bodega . II . Dos hombres con antifaz Poco después entró en la hostería un hombre mayor . Iba bien vestido y tenía el aire serio de los nobles que están acostumbrados a mandar . Preguntó por el dueño y , cuando Buttarelli se presentó , le dio una moneda de oro antes de decir nada más . Luego quiso saber si conocía a don Juan Tenorio y si era cierto que tenía allí una cita aquella noche . « Eso dicen , señor . ¿ Sois vos el otro , don Luis ? » . « No , pero me interesa mucho lo que van a decir esos dos . Quisiera escucharlos sin que nadie me reconozca » . El tabernero le explicó que en carnaval cualquier hombre , por importante que fuera , podía llevar antifaz sin perder su honor . Así nadie sabría quién era . El anciano aceptó la idea , y Buttarelli fue a buscarle uno . Mientras esperaba , el hombre pensaba en silencio . Se llamaba don Gonzalo de Ulloa y era comendador de la orden de Calatrava . Tenía una sola hija , doña Inés , que vivía en un convento de Sevilla casi desde que había nacido . Años atrás , él y el padre de don Juan habían acordado casar a sus hijos . Era un buen matrimonio para las dos familias . Pero por la ciudad corrían rumores terribles sobre el joven Tenorio . Don Gonzalo quería ver con sus propios ojos qué clase de hombre era . « Si es verdad lo que cuentan de esa apuesta » , se dijo , « prefiero ver a mi hija muerta antes que casada con él . Primero soy un buen padre , y solo después un caballero » .
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