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« Según lo contáis » , dijo Brígida , « eso tiene todo el aspecto de ser amor » . « ¡ Amor ! No , de ninguna manera » . « Bueno , bueno . Leed la carta y salimos de dudas » . Doña Inés no se atrevía a leerla , porque cuanto más la miraba , más miedo le daba . Al fin , animada por la dueña , empezó a leer en voz alta , y su voz temblaba . La carta empezaba así : « Doña Inés del alma mía » . Estaba escrita en versos llenos de fuego . Don Juan la llamaba luz , paloma sin libertad y perla escondida en el fondo del mar . Le recordaba que sus padres habían acordado su boda y que desde entonces él no esperaba otro futuro que ella . Le decía que su amor era como un volcán . Le hablaba también de sus noches al pie de la celosía , donde lo sorprendía el día y lo encontraba la noche . Brígida , mientras tanto , iba comentando cada verso para encender más el corazón de la joven . Al final , la carta le pedía que , si odiaba aquellos muros que iban a ser su sepulcro , lo llamara . Él estaba al pie de esos mismos muros , dispuesto a todo por su hermosura . Cuando terminó , doña Inés se llevó la mano al corazón . « ¿ Qué veneno me han dado en este papel ? ¿ Qué sentimientos dormidos despierta en mí ? ¿ Quién me ha robado la paz ? » . « Don Juan » , respondió Brígida . En ese momento sonaron las campanas de las ánimas . La dueña le pidió silencio y le dijo , en voz muy baja , que no hablara más de don Juan , porque podía aparecer . Doña Inés se asustó y preguntó si aquel hombre era un espíritu capaz de atravesar paredes . « No » , dijo Brígida , « pero quizá tiene una llave » . Se oyeron pasos en la escalera . Dieron las nueve . Los pasos se acercaron más y más , hasta que la puerta se abrió . « ¡ Don Juan ! » , gritó doña Inés . « ¡ Inés de mi corazón ! » . La joven creyó que estaba soñando . Le pidió a la sombra que se fuera , por compasión , y luego cayó desmayada . Don Juan la sostuvo en sus brazos . La carta quedó en el suelo , olvidada . « Mejor así » , dijo él . « Nos ha ahorrado la mitad del trabajo . No perdamos tiempo » . « ¿ Vais a sacarla del convento ? » , preguntó Brígida , asustada . « ¿ Crees que he entrado aquí para dejarla ? Mis hombres esperan abajo . Sígueme » . Y salió con doña Inés en brazos . La dueña lo siguió , temblando . « Este hombre es una fiera » , murmuró . « Nada lo detiene » . VIII . El comendador en el convento Poco después , la abadesa volvió a la celda . Le había parecido oír pasos en los pasillos y quería ver si doña Inés dormía . Pero la celda estaba vacía . No estaban ni la joven ni su dueña . La abadesa pensó que habrían salido por alguna tontería y se prometió castigarlas . En ese momento llegó la tornera , la monja que guardaba la puerta . Venía a decirle que un anciano noble quería hablar con ella , aunque era muy tarde . Era don Gonzalo de Ulloa , caballero de Calatrava . Como el convento pertenecía a su orden , tenía derecho a entrar . La abadesa mandó abrirle . Pensó que así el padre reñiría a su hija por estar fuera de la celda .
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