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I . El caballo amarillo El primer lunes de abril de 1625 , el pueblo de Meung , a orillas del Loira , vivió una mañana agitada . Las mujeres corrían por la calle mayor , los niños gritaban y los hombres salían de las casas con un arma en la mano . Nadie sabía todavía qué había pasado , pero todos iban hacia la posada del Franc Meunier . Allí , delante de la puerta , había un joven montado en un caballo muy extraño . El joven tenía dieciocho años , la cara larga y morena , los ojos inteligentes y la nariz un poco curva . Llevaba una gorra con una pluma vieja y una espada demasiado larga , que le golpeaba las piernas cuando caminaba . Se llamaba d’Artagnan y venía de Gascuña . El caballo era todavía más curioso que su dueño . Tenía unos catorce años , el pelo de un color amarillo muy vivo y la cola casi sin pelo . Caminaba con la cabeza baja , como si estuviera cansado de vivir . Cualquiera que lo viera tenía ganas de reírse , aunque pocos se atrevían , porque el joven tenía la mano siempre cerca de la espada . Su padre se lo había regalado antes de que saliera de casa . Le había dado también quince escudos , aquella espada y una carta para el señor de Tréville , el capitán de los mosqueteros del rey . Tréville era gascón , como ellos , y de joven había sido amigo del viejo d’Artagnan . « Hijo mío » , le había dicho su padre en la puerta , « no aguantes nunca una ofensa , salvo del cardenal y del rey . Un gentilhombre hace su camino con el valor . Si alguien te busca pelea , no tengas miedo . Bátete a menudo , precisamente porque los duelos están prohibidos y hace falta doble valor para batirse . » Su madre , más práctica , le había dado la receta de un bálsamo que curaba casi todas las heridas . Una gitana se la había enseñado años atrás . Cuando llegó la hora de partir , la madre lloró mucho , como lloran todas las madres . El padre no lloró , porque un hombre de su casa no debía llorar , pero tardó mucho en soltarle la mano . Luego el joven montó en el caballo amarillo y tomó el camino de París sin mirar atrás . Tenía la cabeza llena de sueños . Se veía ya con la casaca de los mosqueteros , amigo del rey y dueño de una gran fortuna . Durante el viaje , sin embargo , notó que la gente se reía al ver pasar a su caballo . Cada vez que alguien sonreía , él ponía la mano en la espada y buscaba los ojos de aquel hombre . Nadie aceptó nunca la pelea . Así , de pueblo en pueblo , llegó hasta Meung sin sacar la espada ni una vez , aunque con el orgullo muy herido . Con los consejos de su padre en la cabeza , bajó del caballo delante de la posada . Junto a una ventana de la posada vio a un caballero de unos cuarenta años , con los ojos negros y penetrantes y una cicatriz en la sien . El caballero hablaba con dos hombres y miraba al caballo amarillo . Los tres se reían .
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