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V . Los herretes de la reina El cardenal Richelieu era el hombre más poderoso de Francia , aunque oficialmente solo era el primer ministro . El rey le tenía miedo y , al mismo tiempo , lo necesitaba . El cardenal odiaba a la reina , y algunos decían que la odiaba porque ella lo había rechazado años antes . Cuando supo lo de los herretes , sonrió por primera vez en muchos días . Primero llamó al hombre de la cicatriz , que se llamaba Rochefort y era su agente de confianza . Luego escribió una carta breve a Londres . « Milady : asista usted al primer baile en el que esté el duque de Buckingham . Llevará en su traje doce herretes de diamantes . Acérquese a él lo más posible y córtele dos . En cuanto los tenga , avíseme . » Después fue a ver al rey . Le habló de lo triste que estaba la corte en los últimos meses y le propuso que el Ayuntamiento de París organizara un gran baile en su honor . « Y si me permite un consejo , Majestad » , añadió , « pida usted a la reina que lleve aquella noche los herretes de diamantes que le regaló . Le sentarán muy bien . » El rey , que tenía celos de su mujer , comprendió que detrás de aquel consejo había algo , y aceptó . Diez días después , el cardenal recibió una carta de Milady : tenía los dos herretes y estaba camino de París . Mientras tanto , el rey fue a ver a la reina . « Señora » , le dijo , « dentro de unos días habrá un gran baile en el Ayuntamiento . Quiero que vaya usted muy bella y que lleve los herretes de diamantes que le regalé . » La reina se puso tan pálida que el rey lo notó . « ¿ Lo hará usted , señora ? » « Sí , Majestad » , contestó ella con un hilo de voz . « Muy bien . Ya veremos . » El rey salió sin decir nada más , y la reina se quedó sola , sin saber qué hacer . Los herretes estaban en Londres . Si no los llevaba , el rey querría saber por qué , y entonces todo se descubriría . Aquella noche , sola en su cuarto , la reina lloraba cuando entró Constance . « Majestad » , dijo la joven , « yo encontraré a alguien que vaya a Londres y traiga los herretes a tiempo . » « ¿ Tú , hija mía ? ¿ Y quién será esa persona ? Estoy rodeada de espías . No puedo fiarme de nadie . » « Puede fiarse de mí , Majestad . Daría mi vida por usted . » La reina la abrazó llorando . Luego se sentó a la mesa y escribió una carta para el duque . Tenía las manos tan frías que apenas podía sostener la pluma . Su marido había salido ya de la Bastilla . Constance pensó primero en él , porque era un hombre de confianza y nadie se fijaría en un mercero . Pero Bonacieux había cambiado mucho . En la prisión lo había visitado Rochefort , y el cardenal en persona le había hablado con amabilidad y le había dado una bolsa de oro . Ahora el mercero admiraba a su Eminencia y no quería saber nada de la reina .
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