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El joven escuchaba con los ojos brillantes , porque le gustaba oír hablar de batallas . « Muchos dicen que esa cruz es demasiado grande para vuestros hombros » , siguió don Fernán . « Demostradles que se equivocan . Sacad esa espada blanca y volvedla tan roja como la cruz que lleváis en el pecho » . « Estad seguro de que lo haré » , respondió el maestre , y se puso de pie . « Si Ciudad Real es tan importante , caeré sobre sus muros como un rayo . Que nadie piense que , porque soy joven , me falta valor . Pero decidme , ¿ dónde vivís ahora ? ¿ Tenéis soldados ? » . « Pocos , aunque son mis criados y pelearán como leones » , dijo Fernán Gómez . « Vivo en Fuenteovejuna , una villa de la orden donde la gente es humilde . Allí saben de campos y de ovejas , pero no de guerras » . « Hoy mismo me veréis a caballo , con la lanza en la mano » , prometió el maestre . Don Fernán salió de la sala satisfecho , porque había conseguido lo que quería . Mientras bajaba la escalera con sus criados , ya pensaba en el camino de vuelta a su casa , donde todo el mundo tenía que obedecerle . II . Las mozas del arroyo En Fuenteovejuna , mientras tanto , la vida seguía como siempre . Era una villa pequeña , rodeada de campos de trigo , de viñas y de prados donde pastaban las ovejas . Las casas eran blancas y bajas , y en el centro había una plaza con una iglesia y un olmo muy viejo , bajo el cual se reunían los vecinos en verano . Aquella mañana , dos muchachas volvían juntas del arroyo con la ropa recién lavada . Una era Laurencia , la hija de Esteban , que era uno de los dos alcaldes del pueblo . Era morena , de ojos vivos , y tenía fama de ser la moza más hermosa y más orgullosa de la villa . La otra era su amiga Pascuala , que era más tranquila y más prudente que ella . Pascuala le acababa de dar una noticia : el comendador iba a volver muy pronto a la villa . « ¡ Ojalá no volviera nunca ! » , dijo Laurencia . « ¡ Ojalá no tuviera que verlo más en mi vida ! » . « Pensé que te iba a dar más pena » , dijo Pascuala . « He visto a otras chicas tan valientes como tú , pero al final tenían el corazón blando como la manteca » . « Yo soy como una encina seca , y a mí no me dobla nadie » . « No digas eso , porque nadie puede decir que nunca beberá de esa agua » . « Pues yo lo digo , aunque el mundo entero diga lo contrario . ¿ Para qué voy a querer yo a don Fernán ? ¿ Se va a casar conmigo ? » . « No , claro que no » . « Entonces no quiero su deshonra . ¡ Cuántas mozas de esta villa creyeron en él y ahora andan perdidas ! » . Laurencia le contó que el señor la seguía desde hacía un mes . Sus criados , Flores y Ortuño , la habían esperado seis días antes junto al arroyo . Le habían enseñado ropa nueva , un collar y adornos para el pelo , y le habían hablado tanto de su amo que casi le habían dado miedo .
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