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« ¿ Se atreve a andar por ahí el hombre que quiso matarme ? ¡ Que un labrador ponga una ballesta en el pecho de un capitán al que temen Córdoba y Granada ! El mundo se acaba , Flores » . « Si no he quemado ya este pueblo entero » , siguió el señor , « es porque espero el momento oportuno . Pero mi venganza llegará » . Luego , más tranquilo , cambió de tema . « ¿ Qué hay de Pascuala ? » . « Dice que se va a casar pronto » . « ¿ Y de Olalla ? » . « Dice que su novio la vigila mucho estos días , porque está celoso de nuestras visitas , pero que si él se descuida , podrás entrar como antes » . « ¿ Y de Inés , la mujer de Antón ? » . « Dice que la esperes en el corral , cuando quieras » . Fernán Gómez se rio . A las mujeres fáciles las quería un día y las olvidaba al siguiente , porque para él solo tenía valor lo que costaba mucho conseguir . En ese momento llegó corriendo un soldado llamado Cimbranos , cubierto de polvo . « ¡ Señor ! ¡ Ponte la armadura enseguida ! Don Manrique y el conde de Cabra tienen rodeado al maestre en Ciudad Real . Desde los muros ya se ven las banderas de Castilla y de Aragón . Si no vas pronto , la ciudad será del rey Fernando , y el maestre no podrá volver con vida a Almagro » . « Ortuño , que toquen la trompeta en la plaza » , ordenó don Fernán . « ¿ Cuántos soldados tengo aquí ? » . « Unos cincuenta , señor » . « Que monten todos a caballo . Nos vamos ahora mismo » . VII . Jacinta Al día siguiente , mientras el señor preparaba a sus soldados para la guerra , Laurencia , Pascuala y Mengo volvían del campo por el camino del pueblo . Las dos muchachas caminaban deprisa y miraban a todas partes con miedo , porque sabían que los criados de don Fernán andaban por los caminos y que nunca era seguro cruzarse con ellos . « No te separes de nosotras , Mengo » , le pidió Pascuala . « ¿ De qué tenéis miedo ? » . « Es mejor que volvamos juntas a la villa , ya que no hay otro hombre con nosotras » , explicó Laurencia . « Así no nos encontraremos solas con él » . « ¡ Que este demonio cruel nos persiga de esta manera ! » , se quejó Mengo . « ¡ Ojalá le caiga un rayo del cielo ! » . « No nos deja en paz ni de día ni de noche » , dijo Laurencia . « Es una fiera , un veneno para todo el pueblo » . « Me han contado » , dijo Mengo , « que Frondoso te salvó en el prado y le puso una flecha en el pecho » . « Antes yo no quería a ningún hombre » , confesó Laurencia , y bajó un poco la voz . « Pero desde aquel día miro a Frondoso de otra manera . ¡ Qué valor tuvo ! Aunque tengo miedo de que le cueste la vida » . « Tendrá que irse del pueblo , eso seguro » , dijo Mengo . « Eso mismo le aconsejo yo , aunque ya lo quiero . Pero él se enfada cuando se lo digo . Y el señor ha jurado que lo va a colgar de un pie » . « ¡ Ojalá le diera una piedra en la cabeza ! » , dijo Mengo , que llevaba una honda de pastor atada a la cintura . En ese momento oyeron gritos en el camino . Una muchacha venía corriendo hacia ellos , con el pelo suelto y la ropa rota . Era Jacinta , una vecina del pueblo , hija de un labrador muy honrado .
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