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El criado pensó un momento . Si su amo estaba enamorado , aquel problema podía tener solución , y una solución de ese tipo podía traer , además , dinero a un criado listo . Le preguntó en qué creía , porque sus palabras le parecían de un hombre sin fe . « ¿ Yo ? » , dijo Calisto . « Melibeo so e a Melibea adoro e en Melibea creo e a Melibea amo » . Con estas palabras antiguas quería decir que ya no seguía a Cristo , sino a Melibea , como si ella fuera su dios . Sempronio se rió por dentro . Le dijo que hablar así era un pecado y que una mujer no era ningún dios . Después le recordó todos los peligros del amor : las mujeres engañan , cambian de opinión , mienten cuando lloran y lloran cuando mienten . Le habló de reyes y sabios que habían perdido la cabeza por una mujer , pero su amo no lo escuchaba . « Tú no la has visto » , respondió Calisto . « Sus cabellos son más finos que el oro de Arabia , sus ojos son verdes y grandes , sus dientes pequeños y blancos , y sus manos tan suaves que parecen de seda . Ningún pintor podría hacer un retrato así » . « Muy bien » , dijo el criado , cansado de oír tantas alabanzas . « Si tanto la quieres , yo te ayudaré . Conozco a una vieja que vive cerca del río y que se llama Celestina . Es muy lista , sabe muchas cosas y ha ayudado a más de cinco mil enamorados en esta ciudad . Si alguien puede ablandar las piedras , es ella » . Calisto se levantó de la cama como si le hubieran devuelto la vida . « ¿ Puedo hablar con ella ? » , preguntó . « ¿ Cuándo ? ¿ Hoy mismo ? » . « Hoy mismo » , prometió el criado . « Yo iré a buscarla , pero tendrás que ser generoso con ella , porque estas cosas no se hacen por nada » . Calisto le dijo que le daría todo lo que pidiera . Sempronio salió de la casa con una sonrisa y , mientras caminaba por la calle , ya iba pensando en la parte del dinero que le tocaría a él . En su opinión , el amor de su amo era una locura , pero una locura útil , y por eso no le importaba mucho si Melibea acababa feliz o desgraciada . Así empezó todo : con un halcón perdido , un huerto con la puerta abierta y un joven que no sabía esperar . Nadie podía imaginar entonces que de aquella tarde nacerían tantas muertes . II . La casa junto al río La casa de Celestina estaba al final de la ciudad , cerca de las tenerías , donde se trabajaba el cuero , en una cuesta que bajaba hacia el río . Era una casa vieja , medio caída y con pocos muebles . Desde fuera parecía pobre , pero por su puerta entraban y salían , de día y de noche , personas de todas clases : estudiantes , criados , damas con la cara cubierta , hombres de la iglesia y señores ricos . La dueña era una mujer muy vieja , con una cicatriz en la cara , la voz dulce y los ojos rápidos . Sabía muchos oficios a la vez : cosía ropa , hacía perfumes , preparaba cremas para la piel y vendía hilo por las casas . También conocía hierbas y remedios , y se decía que sabía un poco de magia . Pero su verdadero trabajo era otro , porque arreglaba encuentros de enamorados que no podían verse a la luz del día . Por eso la conocía toda la ciudad . Cuando pasaba por la calle , los perros parecían ladrar su nombre y las piedras parecían repetirlo .
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