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El padre , siempre silencioso é impasible , recibía las visitas , estrechaba manos , agradecía con movimientos de cabeza los ofrecimientos y las frases de consuelo . Al cerrar la noche no quedaba nadie . La barraca estaba obscura , silenciosa . Por la puerta abierta y lóbrega llegaba como un lejano susurro la respiración cansada de la familia , todos caídos , como muertos de la batalla con el dolor . Batiste , siempre inmóvil , miraba como un idiota las estrellas que parpadeaban en el azul obscuro de la noche . La soledad le reanimó . Empezaba á darse cuenta exacta de su situación . La vega tenía el aspecto de siempre , pero á él le parecía más hermosa , más « tranquilizadora » , como un rostro ceñudo que se desarruga y sonríe . Las gentes , cuyos gritos sonaban á lo lejos , en las puertas de las barracas , ya no le odiaban , ya no perseguirían á los suyos . Habían estado bajo su techo , borrando con sus pasos la maldición que pesaba sobre las tierras del tío Barret . Iba á empezar una nueva vida . ¡ Pero á qué precio ! . . . Y al tener de repente la visión clara de su desgracia , al pensar en el pobre Pascualet , que á tales horas estaba aplastado por una masa de tierra húmeda y hedionda , rozando su blanca envoltura con la corrupción de otros cuerpos , acechado por el gusano inmundo , él , tan hermoso , con aquella piel fina por la que resbalaba su callosa mano , con sus pelos rubios que tantas veces había acariciado , sintió como una oleada de plomo que subía y subía desde el estómago á su garganta . Los grillos que cantaban en el vecino ribazo callaron , espantados por un extraño hipo que rasgó el silencio y sonó en la obscuridad gran parte de la noche , como el estertor de una bestia herida . IX Había llegado San Juan , la mejor época del año : el tiempo de la recolección y la abundancia . El espacio vibraba de luz y de calor . Un sol africano lanzaba torrentes de oro sobre la tierra , resquebrajándola con sus ardorosas caricias . Sus flechas de oro deslizábanse entre el follaje , toldo de verdura bajo el cual cobijaba la vega sus rumorosas acequias y sus húmedos surcos , como temerosa del calor que hacía germinar la vida por todas partes . Los árboles mostraban sus ramas cargadas de frutos . Doblegábanse los nispereros con el peso de los amarillos racimos cubiertos de barnizadas hojas ; asomaban los albaricoques entre el follaje como rosadas mejillas de niño ; registraban los muchachos con impaciencia las corpulentas higueras , buscando codiciosos las brevas primerizas , y en los jardines , por encima de las tapias , exhalaban los jazmines su fragancia azucarada , y las magnolias , como incensarios de marfil , esparcían su perfume en el ambiente ardoroso impregnado de olor de mies . Las hoces relampagueantes iban tonsurando los campos , echando abajo las rubias cabelleras de trigo , las gruesas espigas , que , apopléticas de vida , buscaban el suelo , doblando tras ellas las delgadas cañas .
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