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X Batiste perdió toda esperanza de vivir tranquilo en sus tierras . La huerta entera volvía á levantarse contra él . Otra vez tuvo que aislarse en la barraca con su familia , vivir en perpetuo vacío , como un apestado , como una fiera enjaulada á la que todos enseñaban el puño desde lejos . Su mujer le había contado al día siguiente cómo fué conducido á su barraca el herido valentón . El mismo , desde su vivienda , había oído los gritos y las amenazas de toda la gente que acompañaba solícita al magullado Pimentó . . . . Una verdadera manifestación . Las mujeres , sabedoras de lo ocurrido gracias á la pasmosa rapidez con que en la huerta se transmiten las noticias , salían al camino para ver de cerca al bravo marido de Pepeta y compadecerle como á un héroe sacrificado por el interés de todos . Las mismas que horas antes hablaban pestes de él , escandalizadas por su apuesta de borracho , le compadecían , se enteraban de si su herida era grave , y clamaban venganza contra aquel « muerto de hambre » , aquel ladrón , que , no contento con apoderarse de lo que no era suyo , todavía intentaba imponerse por el terror atacando á los hombres de bien . Pimentó se mostraba magnífico . Mucho le dolía el golpe , andaba apoyado en sus amigos , con la cabeza entrapajada , hecho un Ecce homo , según afirmaban las indignadas comadres ; pero hacía esfuerzos para sonreir , y á cada excitación de venganza contestaba con un gesto arrogante , afirmando que corría de su cuenta el castigar al enemigo . Batiste no dudó que aquellas gentes se vengarían . Conocía los procedimientos usuales en la huerta . Para aquella tierra no se había hecho la justicia de la ciudad ; el presidio era poca cosa tratándose de satisfacer un resentimiento . ¿ Para qué necesitaba un hombre jueces ni Guardia civil , teniendo buen ojo y una escopeta en su barraca ? Las cosas de los hombres deben resolverlas los hombres mismos . Y como toda la huerta pensaba así , en vano al día siguiente de la riña pasaron y repasaron por las sendas dos charolados tricornios , yendo de casa de Copa á la barraca de Pimentó para hacer preguntas insidiosas á la gente que estaba en los campos . Nadie había visto nada , nadie sabía nada ; Pimentó contaba con risotadas brutales cómo se había roto él mismo la cabeza volviendo de la taberna , á consecuencia de su apuesta , que le hizo andar con paso vacilante , chocando contra los árboles del camino ; y los dos guardias civiles tuvieron que volverse á su cuartelillo de Alboraya , sin sacar nada en claro de los vagos rumores de riña y sangre que habían llegado hasta ellos . Esta magnanimidad de la víctima y de sus amigos alarmaba á Batiste , haciéndole vivir en perpetua defensiva . La familia , como medroso caracol , se replegó dentro de la vivienda , huyendo del contacto con la huerta .
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