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VIII Batiste y su familia no se dieron cuenta de cómo se inició el suceso inaudito , inesperado ; quién fué el primero que se decidió á pasar el puentecillo que unía el camino con los odiados campos . No estaban en la barraca para fijarse en tales pormenores . Agobiados por el dolor , vieron que la huerta venía repentinamente hacia ellos ; y no protestaron , porque la desgracia necesita consuelo , pero tampoco agradecieron el inesperado movimiento de aproximación . La muerte del pequeño se había transmitido rápidamente por todo el contorno , gracias á la extraña velocidad con que circulan en la huerta las noticias , saltando de barraca en barraca en alas del chismorreo , el más rápido de los telégrafos . Aquella noche , muchos durmieron mal . Parecía que el pequeñín , al irse del mundo , hubiese dejado clavada una espina en la conciencia de los vecinos . Más de una mujer revolvióse en la cama , turbando con su inquietud el sueño de su marido , que protestaba indignado . « ¡ Pero maldita ! ¿ no pensaba en dormir ? . . . » « No ; no podía : aquel niño turbaba su sueño . ¡ Pobrecito ! ¿ Qué le contaría al Señor cuando entrase en el cielo ? . . . » A todos alcanzaba algo de responsabilidad en esta muerte ; pero cada uno , con hipócrita egoísmo , atribuía al vecino la principal culpa de la enconada persecución , cuyas consecuencias habían caído sobre el pequeño ; cada comadre inventaba una responsabilidad para la que tenía por enemiga . Y al fin , dormíanse con el propósito de deshacer al día siguiente todo el mal causado , de ir por la mañana á ofrecerse á la familia , á llorar sobre el pobre niño ; y entre las nieblas del sueño creían ver á Pascualet , blanco y luminoso como un ángel , mirando con ojos de reproche á los que tan duros habían sido con él y su familia . Todos los vecinos se levantaron rumiando mentalmente la forma de acercarse á la barraca de Batiste y entrar en ella . Era un examen de conciencia , una explosión de arrepentimiento que afluía á la pobre vivienda de todos los extremos de la vega . Cuando apenas acababa de amanecer , ya se colaron en la barraca dos viejas , que vivían en una alquería vecina . La familia , consternada , apenas si mostró extrañeza por la presentación de estas dos mujeres en aquella casa donde nadie había entrado durante seis meses . Querían ver el niño , el pobre albaet ; y entrando en el estudi , le contemplaron todavía en la cama , el embozo de la sábana hasta el cuello , marcando apenas el bulto de su cuerpo bajo la cubierta , con la cabeza rubia inerte sobre el almohadón . La madre no sabía mas que llorar , metida en un ángulo del cuarto , encogida , apelotonada , pequeña como una niña , como si se esforzase por anularse y desaparecer .
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