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XX . La duda y la realidad Estaba abierta . . . ¡ y él , al marcharse , había oído a su mujer cerrarla con llave , tranca y cerrojo ! Por consiguiente , nadie más que su propia mujer había podido abrirla . Pero ¿ cómo ? ¿ cuándo ? ¿ por qué ? — ¿ De resultas de un engaño ? ¿ A consecuencia de una orden ? — ¿ O bien deliberada y voluntariamente , en virtud de previo acuerdo con el Corregidor ? ¿ Qué iba a ver ? ¿ Qué iba a saber ? ¿ Qué le aguardaba dentro de su casa ? — ¿ Se habría fugado la señá Frasquita ? ¿ Se la habrían robado ? ¿ Estaría muerta ? — ¿ O estaría en brazos de su rival ? — El Corregidor contaba con que yo no podría venir en toda la noche . . . ( se dijo lúgubremente el tío Lucas ) . El Alcalde del Lugar tendría orden hasta de encadenarme , antes que permitirme volver . . . — ¿ Sabía todo esto Frasquita ? ¿ Estaba en el complot ? — ¿ O ha sido víctima de un engaño , de una violencia , de una infamia ? No empleó más tiempo el sin ventura en hacer todas estas crueles reflexiones que el que tardó en atravesar la plazoletilla del emparrado . También estaba abierta la puerta de la casa , cuyo primer aposento ( como en todas las viviendas rústicas ) era la cocina . . . Dentro de la cocina no había nadie . Sin embargo , una enorme fogata ardía en la chimenea . . . ; ¡ chimenea que él dejó apagada , y que no se encendía nunca hasta muy entrado el mes de Diciembre ! Por último , de uno de los ganchos de la espetera pendía un candil encendido . . . ¿ Qué significaba todo aquello ? ¿ Y cómo se compadecía semejante aparato de vigilia y de sociedad con el silencio de muerte que reinaba en la casa ? ¿ Qué había sido de su mujer ? Entonces , y sólo entonces , reparó el tío Lucas en unas ropas que había colgadas en los espaldares de dos o tres sillas puestas alrededor de la chimenea . . . Fijó la vista en aquellas ropas , y lanzó un rugido tan intenso , que se le quedó atravesado en la garganta , convertido en sollozo mudo y sofocante . Creyó el infortunado que se ahogaba , y se llevó las manos al cuello , mientras que , lívido , convulso , con los ojos desencajados , contemplaba aquella vestimenta , poseído de tanto horror como el reo en capilla a quien le presentan la hopa . Porque lo que allí veía era la capa de grana , el sombrero de tres picos , la casaca y la chupa de color de tórtola , el calzón de seda negra , las medias blancas , los zapatos con hebilla y hasta el bastón , el espadín y los guantes del execrable Corregidor . . . ¡ Lo que allí veía era la hopa de su ignominia , la mortaja de su honra , el sudario de su ventura !
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