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VIII . El hombre del sombrero de tres picos Eran las dos de una tarde de Octubre . El esquilón de la Catedral tocaba a vísperas , — lo cual equivale a decir que ya habían comido todas las personas principales de la ciudad . Los canónigos se dirigían al coro , y los seglares a sus alcobas a dormir la siesta , sobre todo aquellos que , por razón de oficio , v . gr . , las autoridades , habían pasado la mañana entera trabajando . Era , pues , muy de extrañar que a aquella hora , impropia además para dar un paseo , pues todavía hacía demasiado calor , saliese de la Ciudad , a pie , y seguido de un solo alguacil , el ilustre señor Corregidor de la misma , — a quien no podía confundirse con ninguna otra persona ni de día ni de noche , así por la enormidad de su sombrero de tres picos y por lo vistoso de su capa de grana , como por lo particularísimo de su grotesco donaire . . . De la capa de grana y del sombrero de tres picos , son muchas todavía las personas que pudieran hablar con pleno conocimiento de causa . Nosotros , entre ellas , lo mismo que todos los nacidos en aquella ciudad en las postrimerías del reinado del Señor Don Fernando VII , recordamos haber visto colgados de un clavo , único adorno de desmantelada pared , en la ruinosa torre de la casa que habitó Su Señoría ( torre destinada a la sazón a los infantiles juegos de sus nietos ) , aquellas dos anticuadas prendas , aquella capa y aquel sombrero , — el negro sombrero encima , y la roja capa debajo , — formando una especie de espectro del absolutismo ; una especie de sudario del Corregidor , una especie de caricatura retrospectiva de su poder , pintada con carbón y almagre , como tantas otras , por los párvulos constitucionales de la de 1837 que allí nos reuníamos ; una especie , en fin , de espantapájaros , que en otro tiempo había sido espanta - hombres , y que hoy me da miedo de haber contribuido a escarnecer , paseándolo por aquella histórica ciudad , en días de carnestolendas , en lo alto de un deshollinador , o sirviendo de disfraz irrisorio al idiota que más hacía reír a la plebe . . . — ¡ Pobre principio de autoridad ! ¡ Así te hemos puesto los mismos que hoy te invocamos tanto !
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