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— XXI — Ana leyó en su lecho , a escondidas de don Víctor , los cuarenta capítulos de la Vida de Santa Teresa escrita por ella misma . Fue en aquella convalecencia larga , llena de sobresaltos , de pasmos y crisis nerviosas . Don Víctor , a quien los remordimientos , durante la recaída de su mujer , habían hecho jurar que hasta verla salva , sana , jamás se apartaría de ella , faltó al juramento en cuanto la creyó fuera de peligro . Un día se aventuró a dar una vuelta por el Casino ; después iba a ver los periódicos : más adelante jugaba una partida de ajedrez , y « ya se sabe lo pesado que es este juego » . Al fin , sin dar pretexto alguno , estaba fuera toda la tarde . La casa se le caía encima . « Empezaba el calor — porque don Víctor , en cuestión de temperatura , se regía por el calendario — y ya se sabía que él no podía trabajar en su despacho en cuanto el sudor le molestaba ; necesitaba el aire libre ; mucho paseo , mucha naturaleza » . La Marquesa , Visitación , Obdulia , doña Petronila y otras amigas que habían hecho compañía a la Regenta mientras duró el mal tiempo , ahora la visitaban cada dos o tres días y las visitas eran breves . Hacía un sol hermoso , días azules , sin una nube en el cielo ; había que aprovechar el buen tiempo ; era la época del año en que Vetusta se anima un poco : había teatro , paseos concurridos , con música , forasteros . . . una exposición de minerales . — Hasta Petra pidió una tarde permiso a la señora para ir a ver un arco de carbón que habían construido . . . . Ana pasaba horas y más horas en la soledad de su caserón : a su lecho llegaban los ruidos lejanos de la calle apagados , como aprensión de los sentidos . Allá abajo , en la cocina , quedaba Servanda , y a veces Petra . Anselmo silbaba en el patio , acariciando un gato de Angola , su único amigo . La Regenta sentía más la soledad con tal compañía ; aquellos criados indiferentes , mudos , respetuosos , sin cariño , le hacían echar de menos la humanidad que compadece . Petra le era antipática . La temía sin saber por qué . Para tranquilizarse un tanto , cuando las congojas nerviosas la invadían , preguntaba a la doncella : — ¿ Anda don Tomás por la huerta ? Si Frígilis estaba en el Parque , sentía un amparo cerca de sí . Se calmaba . Crespo subía una vez cada tarde a verla ; pero no se sentaba casi nunca . Estaba cinco minutos en el gabinete , paseando del balcón a la puerta , y se despedía con un gruñido cariñoso .
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