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— ¡ Silencio ! Silencio , Anita . . . que vuelve esa señora . . . . El Magistral , que ahora estaba rojo , y tenía los pómulos como brasas , se acercó a la Regenta , le oprimió las manos y dijo ronco , estrangulado por la pasión : — ¡ Ana , Ana ! . . . Sin falta esta tarde . . . . Y ahora a la catedral . . . junto al altar de la Concepción . . . en frente del púlpito . . . . — Hasta la tarde ; pero vaya usted tranquilo . . . casi todo lo que tenía que decir . . . está dicho . . . . — ¡ Pero ese hombre ! . . . — De ese hombre . . . nada . La voz de doña Petronila se había oído cuando el Magistral avisó que llegaba . Hablaba desde lejos la señora de Rianzares , que decía : — Allá va , allá va el señor Magistral , está en mi gabinete solo , repasando su sermón sin duda . . . . Y entró cuando Ana se volvía un poco para ocultar a su amigo la confusión que él hubiera leído en el rostro de ella , a no haber tenido que atender a doña Petronila que gritaba : — Vamos , listo , listo . . . que le esperan . . . que creo que ha empezado la misa . . . . El Magistral desapareció por la puerta de la alcoba , por donde había entrado el ama de la casa . Miró el gran Constantino a la Regenta y tomándole la cabeza con ambas manos la besó con estrépito en la frente ; y después dijo : — ¡ Pero qué hermosísima está hoy esta rosa de Jericó ! — ¡ A la catedral , a la catedral ! — gritaron los del salón . Y llegaron Ana y el obispo - madre al trascoro al mismo tiempo que De Pas subía con majestuoso paso al púlpito , donde Ripamilán cantara al comenzar el día el Evangelio de San Lucas . Buscaron sitio al pie del altar de la Concepción . — Desde aquí se ve perfectamente — dijo doña Petronila . E inclinándose hacia Ana , añadió en voz baja y melosa : — ¡ Mírele usted , está hoy lo que se llama hermosísimo ese apóstol de los gentiles ! ¡ Qué roquete ! Parece de espuma . . . . En el nombre del Padre . . . , del Hijo . . . y del Espíritu . . . . Santo . . . — XXIV — — Pero , ¿ y si él se empeña en que vaya ? — Es muy débil . . . si insistimos , cederá . — ¿ Y si no cede , si se obstina ? — Pero , ¿ por qué ? — Porque . . . es así . No sé quién se lo ha metido por la cabeza , dice que le pongo en ridículo si no voy . . . . Y nos alude . . . habla del que tiene la culpa de esto . . . dice que él no es amo de su casa , que se la gobiernan desde fuera . . . . Y después , que la Marquesa está ya algo fría con nosotros por causa de tantos desaires . . . ¡ qué sé yo ! — Bien , pues si todavía se obstina . . . entonces . . . tendremos que ir a ese baile dichoso . No hay que enfadarle . Al fin es quien es . Y el otro ¿ anda con él ? ¿ Tan amigotes siempre ? — Ya se sabe que a casa no le lleva . . . .
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