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— Lo que es tenerme , sé . . . . El año pasado , cuando estuve de baños , monté en mil aparejos nunca vistos . . . . Sólo que ahora . . . . Soltó el traje de repente , llegóse a su marido , y le pasó un brazo alrededor del cuello , escondiendo la cara en su pechera como la primera vez que había tenido que abrazarle ; y allí , en una especie de murmullo o secreteo dulcísimo , acabó la frase interrumpida . Pintóse en el rostro del marqués la sorpresa , y casi al mismo tiempo la alegría inmensa , radiante , el júbilo orgulloso , la exaltación de una victoria . Y apretando contra sí a su mujer , con amorosa protección , exclamó a gritos : — O no hay en tres leguas a la redonda una pollina mansa , o aunque la tenga el mismo Dios del cielo y no la quiera prestar , aquí vendrá para ti , a fe de Pedro Moscoso . Aguarda , hija , aguarda un minuto nada más . . . . O mejor dicho , entra en la posada y siéntate . . . . A ver , un banco , una silla para la señorita . . . . Espera , Nuchiña , vengo volando . Primitivo , acompáñame tú . Abrígate , Nucha . Volando no , pero sí al cabo de media hora , volvió sin aliento . Traía del ronzal una oronda borriquilla , bien arreada , dócil y segura : la propia hacanea de la mujer del juez de Cebre . Don Pedro tomó en brazos a su esposa y la sentó en la albarda , arreglándole la ropa con esmero . - XIV - Así que pudieron conferenciar reservadamente capellán y señorito , preguntó don Pedro , sin mirar cara a cara a Julián : — ¿ Y . . . ésa ? ¿ Está todavía por aquí ? No la he visto cuando entramos . Como Julián arrugase el entrecejo , añadió : — Está , está . . . . Apostaría yo cien pesos , antes de llegar , a que usted no había encontrado modo de sacudírsela de encima . — Señorito , la verdad . . . — articuló Julián bastante disgustado — . Yo no sé qué decir . . . . Ha sido una cosa que se ha ido enredando . . . . Primitivo me juró y perjuró que la muchacha se iba a casar con el gaitero de Naya . . . . — Ya sé quién es — dijo entre dientes don Pedro , cuyo rostro se anubló . — Pues yo . . . como era bastante natural , lo creí . Además tuve ocasión de persuadirme de que , en efecto , el gaitero y Sabel . . . tienen . . . trato . — ¿ Ha averiguado usted todo eso ? — interrogó el marqués con ironía . — Señor , yo . . . . Aunque no sirvo mucho para estas cosas , quise informarme para no caer de inocente . . . . He preguntado por ahí y todo el mundo está conforme en que andan para casarse ; hasta don Eugenio , el abad de Naya , me dijo que el muchacho había pedido sus papeles . Y por cierto que , a pretexto de no sé qué enredo o dificultad en los tales papeles dichosos , no se hizo la cosa todavía . Quedóse don Pedro callado , y al fin prorrumpió : — Es usted un santo . Ya podían venirme a mí con ésas .
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