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Cesó de preguntar cuando el médico le hubo dado , a media voz , algunos detalles , empleando términos técnicos . La noche caía . Máximo apenas salía del cuarto de la paciente . Sintióse Julián tan triste y solo , que ya se disponía a subir y encender su altar , para disfrutar al menos la compañía de las velas y los cuadritos . Pero don Pedro entró impetuosamente , como una ráfaga de viento huracanado . Traía de la mano una muchachona color de tierra , un castillo de carne : el tipo clásico de la vaca humana . - XVII - Que Máximo Juncal , ya que es su oficio , reconozca detenidamente la cuenca del río lácteo de la poderosa bestiaza , conducida por el marqués de Ulloa , no sin asombro de las gentes , en el borrén delantero de la silla de su yegua , por no haber en Castrodorna otros medios de transporte , y no permitir la impaciencia de don Pedro que el ama viniese a pie . La yegua recordará toda la vida , con temblor general de su cuerpo , aquella jornada memorable en que tuvo que sufrir a la vez el peso del actual representante de los Moscosos y el de la nodriza del Moscoso futuro . Cayéronsele a don Pedro las alas del corazón cuando vio que su heredero no había llegado todavía . En aquel momento le pareció que un suceso tan próximo no se verificaría jamás . Apuró a Sabel reclamando la cena , pues traía un hambre feroz . Sabel la sirvió en persona , por hallarse aquel día muy ocupada Filomena , la doncella , que acostumbraba atender al comedor . Estaba Sabel fresca y apetecible como nunca , y las floridas carnes de su arremangado brazo , el brillo cobrizo de las conchas de su pelo , la melosa ternura y sensualidad de sus ojos azules , parecían contrastar con la situación , con la mujer que sufría atroces tormentos , medio agonizando , a corta distancia de allí . Hacía tiempo que el marqués no veía de cerca a Sabel . Más que mirarla , se puede decir que la examinó despacio durante algunos minutos . Reparó que la moza no llevaba pendientes y que tenía una oreja rota ; entonces recordó habérsela partido él mismo , al aplastar con la culata de su escopeta el zarcillo de filigrana , en un arrebato de brutales celos . La herida se había curado , pero la oreja tenía ahora dos lóbulos en vez de uno . — ¿ No duerme nada la señorita ? — preguntaba Julián al médico . — A ratos , entre dolor y dolor . . . . Precisamente me gusta a mí bien poco ese sopor en que cae . Esto no adelanta ni se gradúa , y lo peor es que pierde fuerzas . Cada vez se me pone más débil . Puede decirse que lleva cuarenta y ocho horas sin probar alimento , pues me confesó que antes de avisar a su marido , mucho antes , ya se sintió mal y no pudo comer . . . . Esto de los sueñecitos no me hace tilín . Para mí , más que modorra , son verdaderos síncopes . Don Pedro apoyaba con desaliento la cabeza en el cerrado puño .
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