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— No ha de haber nada de eso - exclamó el bullicioso párroco — . Mañana por la mañanita nos lo llevamos con nosotros . . . . Se vuelve de allá pasado mañana temprano . Toda resistencia hubiera sido inútil , y más en tal momento , cuando la jarana crecía y el vino menguaba en los jarros . Julián sabía que aquella gente maleante y retozona era capaz de llevarlo por fuerza , si se negaba a ir de grado . - XXII - Tuvo , pues , que salir al romper el alba , dando diente con diente , caballero en la mansa pollinita , y siendo blanco de las bromas de los cazadores , porque iba vestido de modo asaz impropio para la ocasión , sin zamarra , ni polainas de cuero , ni sombrerazo , ni armas ofensivas o defensivas de ninguna especie . El día asomaba despejado y magnífico : en las hierbas resplandecían las cristalizaciones de la escarcha ; la tierra se estremecía de frío y humeaba levemente a la primera caricia del sol ; el paso animado y gimnástico de los cazadores resonaba militarmente sobre el terreno endurecido por la helada . Desde el cazadero , adonde llegaron a cosa de las nueve , desparramáronse por el monte . Julián , no sabiendo qué hacer de su persona , quedóse pegado a don Eugenio , y le vio realizar dos proezas cinegéticas y meter en el morral dos pollitos de perdiz , tibios aún de la recién arrancada vida . Es de advertir que don Eugenio no gozaba fama de diestro tirador , por lo cual , al reunirse los cazadores a mediodía para comer en un repuesto encinar , el párroco de Naya invocó el testimonio de Julián para que asegurase que se las había visto tirar al vuelo . — ¿ Y qué es tirar al vuelo , don Julián ? — le preguntaron todos . Como el capellán se quedó parado al hacerle tan insidiosa pregunta , ocurrióseles a los cazadores que sería cosa muy divertida darle a Julián una escopeta y un perro y que intentase cazar algo . Quieras que no quieras , fue preciso conformarse . Se le destinó el Chonito , perdiguero infatigable , recastado , de hocico partido , el más ardiente y seguro de cuantos canes iban allí . — En cuanto vea que el perro se para — explicábale don Eugenio al novel cazador , que apenas sabía por dónde coger el arma mortífera — , se prepara usted y le anima para que entre . . . , y al salir las perdices , les apunta y hace fuego cuando se tiendan . . . . Si es la cosa más fácil del mundo . . . . Chonito caminaba con la nariz pegada al suelo , sus ijares se estremecían de impaciencia , de cuando en cuando se volvía para cerciorarse de que le acompañaba el cazador . De pronto tomó el trote hacia un matorral de u [ r ] ces , y repentinamente se quedó parado , en actitud escultural , tenso e inmóvil como si lo hubiesen fundido en bronce para colocar en un zócalo . — ¡ Ahora ! — exclamó el de Naya — . Eh , Julián , mándele que entre . . . . — Entra , Chonito , entra — murmuró lánguidamente el capellán .
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