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Pero el cazador , con el dedo ya en el gatillo , se contiene y no dispara . Sabe que el fantasma que acaba de cruzar al alcance de sus perdigones es la hembra , la Dulcinea perseguida y recuestada por innumerables galanes en la época del celo , a quien el pudor obliga a ocultarse de día en su gazapera , que sale de noche , hambrienta y cansada , a descabezar cogollos de pino , y tras de la cual , desalados y hechos almíbar , corren por lo menos tres o cuatro machos , deseosos de románticas aventuras . Y si se deja pasar delante a la dama , ninguno de los nocturnos rondadores se detendrá en su carrera loca , aunque oiga el tiro que corta la vida de su rival , aunque tropiece en el camino su ensangrentado cadáver , aunque el tufo de la pólvora le diga : « ¡ Al final de tu idilio está la muerte ! » . No , no se pararán . Acaso el instinto de cobardía propio de su raza les moverá a agazaparse breves minutos detrás de un arbusto o de una peña ; pero al primer imperceptible efluvio amoroso que les traiga la cortante brisa ; al primer hálito de la hembra que se destaque del olor de la resina exhalado por los pinares , los fogosos perseguidores se lanzarán de nuevo y con más brío , ciegos de amor , convulsos de deseo , y el cazador que los acecha los irá tendiendo uno por uno a sus pies , sobre la hierba en que soñaron tener lecho nupcial . - XXIII - En el corazón de la tierna heredera de los Ulloas tenía el capellán , desde hacía algún tiempo , un rival completamente feliz y victorioso : Perucho . Le bastó presentarse para triunfar . Entró un día en la punta de los pies , y sin ser sentido fue arrimándose a la cuna . Nucha le ofrecía de vez en cuando golosinas y calderilla , y el rapaz , como suele suceder a las fieras domesticadas , contrajo excesiva familiaridad y apego , y costaba trabajo echarle de allí , encontrándosele por todas partes , donde menos se pensaba , a manera de gatito pequeño viciado en el mimo y la compañía . Muchísimo le llamó la atención la chiquitina al pronto . Ni los pollos nuevos cuando rompían el cascarón , ni los cachorros de la Linda , ni los recentales de la vaca , consiguieron nunca fijar así las miradas atónitas de Perucho . No podía él darse cuenta de cómo ni por dónde había venido tan gran novedad ; sobre este tema , se perdía en reflexiones . Rondaba la cuna incesantemente , poniéndose en riesgo notorio de recibir algún pescozón del ama , y , como no le expulsasen , se estaba buena pieza con el dedito en la boca , absorto y embelesado , más parecido que nunca a los amorcillos de los jardines que dicen con su actitud : « Silencio » . Jamás se le había visto quieto tantas horas seguidas . Así que la niña empezó a tener asomos de conciencia de la vida exterior , dio claras muestras de que si ella le interesaba a Perucho , no le importaba menos Perucho a ella .
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