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— Ya entiendo , ya . . . . ¡ Corazones de perro , lenguas de escorpión ! Una señorita que es la honradez en persona , de una familia tan buena , no despreciando a nadie . . . , ¡ y calumniarla , y para más con un ordenado de misa ! ¡ Liberaluchos indecentes , de éstos de por aquí , que se venden tres al cuarto ! ¡ Pero cómo está el mundo , Naya , cómo está el mundo ! — Pues también añaden . . . . — ¡ Caramelos ! ¿ Acabarás hoy ? ¡ Qué tormenta se prepara , María Santísima ! ¡ Qué viento . . . qué viento ! — Atiéndame , que esto no lo dicen ellos , sino Barbacana . Que esa persona de la casa — Primitivo , vamos — nos va a hacer una perrería gorda en la elección . — ¿ Eeeh ? ¿ Tú seque chocheas ? Para , mula , a ver si oigo mejor . ¿ Que Primitivo . . . ? — No es seguro , no es seguro , no es seguro — vociferó el abad de Naya , que se divertía más que en un sainete . — ¡ Por vida de lo que malgasto , que esto ya pasa de raya ! Hazme el favor de no volverme loco , ¿ eh ? , que para eso bastante tengo con el viento maldito . ¡ No quiero oír , no quiero oír más ! — declaró esto en ocasión que su montecristo se alzaba rápidamente a impulsos de una ráfaga mayor , y se volvía todo hacia arriba , dejando al arcipreste como suelen pintar a Venus en la concha . Así que logró remediar el percance , hizo trotar a su mula , y no se oyó en el camino más voz que la del nordeste , que allá a lo lejos , sacudiendo castañares y robledales , remedaba majestuosa sinfonía . - XXVI - Amortiguada la primera impresión , no se atrevía Julián a interrogar a Nucha sobre lo que había visto . Hasta recelaba ir al cuarto de la señorita . Algún fundamento tenía este recelo . Aunque de suyo confiado , creía notar el capellán que le espiaban . ¿ Quién ? Todo el mundo : Primitivo , Sabel , la vieja bruja , los criados . Como sentimos de noche , sin verla , la niebla húmeda que nos penetra y envuelve , así sentía Julián la desconfianza , la malevolencia , la sospecha , la odiosidad que iba espesándose en torno suyo . Era cosa indefinible , pero patente . En dos o tres funciones a que asistió , figurósele que los curas le hablaban con acento hostil , que el arcipreste le examinaba frunciendo el entrecejo , y que únicamente don Eugenio le manifestaba la acostumbrada cordialidad . Pero acaso fuesen éstas vanas cavilaciones , y quizás soñaba también al imaginarse que , a la mesa , don Pedro seguía continuamente la dirección de sus ojos y acechaba sus movimientos . Esto le fatigaba tanto más cuanto que un irresistible anhelo le obligaba a mirar a Nucha muy a menudo , reparando a hurtadillas si estaba más delgada , si comía con buen apetito , si se notaba algo nuevo en sus muñecas . La señal , oscura el primer día , fue verdeando y desapareciendo .
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