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— Es que yo siempre lo tuve a usted por un bienaventurado , como nuestro patrón San Julián . . . , pero esto pasa de castaño oscuro . . . . ¡ Vivir en los Pazos y no saber lo que ocurre en ellos ! ¿ O es que quiere hacerse el bobo ? — A fe , no sospechaba nada , nada , nada . ¿ Usted piensa que iba a quedarme allí ni dos días , caso de averiguarlo antes ? ¿ Autorizar con mi presencia un amancebamiento ? ¿ Pero . . . usted está seguro de lo que dice ? — Hombre . . . . ¿ tiene usted gana de cuentos ? ¿ Es usted ciego ? ¿ No lo ha notado ? Pues repárelo . — ¡ Qué sé yo ! ¡ Cuando uno no está en la malicia ! Y el niño . . . , ¡ infeliz criatura ! El niño me da tanta compasión . . . . Allí se cría como un morito . . . . ¿ Se comprende que haya padres tan sin entrañas ? — Bah . . . . Esos hijos así , nacidos por detrás de la Iglesia . . . . Luego , si uno oye a los de aquí y a los de allá . . . . Cada cual dice lo que se le antoja . . . . La moza es alegre como unas castañuelas ; todo el mundo en las romerías le debe dos cuartos : uno la convida a rosquillas , el otro a resolio , éste la saca a bailar , aquél la empuja . . . . Se cuentan mil enredos . . . . ¿ Usted se ha fijado en el gaitero que tocó hoy en la misa ? — ¿ Un buen mozo , con patillas ? — Cabal . Le llaman el Gallo de mote . Pues dicen si la acompaña o no por los caminos . . . . ¡ Historias ! Por detrás de la tapia del huerto se oyó entonces vocerío alegre y argentinas carcajadas . — Son las primas . . . — dijo don Eugenio — . Van a la gaita , que está tocando en el crucero ahora . ¿ Quiere usted venir un ratito ? A ver si se le pasa el disgusto . . . . Ahí en casa unos rezan y otros juegan . . . . Yo no rezo nunca sobre la comida . — Vamos allá — contestó Julián , que se había quedado ensimismado . — Nos sentaremos al pie del crucero . - VII - Volvía Julián preocupado a la casa solariega , acusándose de excesiva simplicidad , por no haber reparado cosas de tanto bulto . Él era sencillo como la paloma ; sólo que en este pícaro mundo también se necesita ser cauto como la serpiente . . . . Ya no podía continuar en los Pazos . . . . ¿ Cómo volvía a vivir a cuestas de su madre , sin más emolumentos que la misa ? ¿ Y cómo dejaba así de golpe al señorito don Pedro , que le trataba tan llanamente ? ¿ Y la casa de Ulloa , que necesitaba un restaurador celoso y adicto ? Todo era verdad : pero , ¿ y su deber de sacerdote católico ? Le acongojaban estos pensamientos al cruzar un maizal , en cuyo lindero manzanilla y cabrifollos despedían grato aroma . Era la noche templada y benigna , y Julián apreciaba por primera vez la dulce paz del campo , aquel sosiego que derrama en nuestro combatido espíritu la madre naturaleza . Miró al cielo , oscuro y alto . — ¡ Dios sobre todo ! — murmuró , suspirando al pensar que tendría que habitar un pueblo de calles angostas y encontrarse con gente a cada paso .
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