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Al oír estas palabras , y ante el aplomo con que fueron dichas , experimentó Guruceta una conmoción extraña , y decididamente temió tener que habérselas con un alma de la otra vida . — Que no se moleste en venir fray Venancio — dijo tartamudeando — . Es posible que , con tanto asunto como tengo en esta cabeza , haya olvidado que me dió dinero . Sea ello lo que fuere , pues el propósito es cristiano y yo muy devoto de San Pedro Nolasco , mande su paternidad un criado por las seis talegas . La religiosidad de los limeños suplió con limosnas y donativos la suma que faltaba para el pago de pintores , y un año después , en la festividad del patrón , se estrenaban los lienzos que conocemos . Tal es la tradición que , en su infancia , oyó contar el que esto escribe a fray León Fajardo , respetabilísimo sacerdote y comendador de la Merced . LA TRENZA DE SUS CABELLOS al poeta español don tomás rodríguez rubí , autor de un drama que lleva el mismo título de esta tradición I De cómo Mariquita Martínez no quiso que la llamasen Mariquita la pelona Allá por los años de 1734 paseábase muy risueña por estas calles de Lima , Mariquita Martínez , muchacha como una perla , mejorando lo presente , lectora mía . Paréceme estar viendo , no porque yo la hubiese conocido , ¡ qué diablos ! ( pues cuando ella comía pan de trigo , este servidor de ustedes no pasaba de la categoría de proyecto en la mente del Padre Eterno ) , sino por la pintura que de sus prendas y garabato hizo un coplero de aquel siglo , que por la pinta debió ser enamoradizo y andar bebiendo los vientos tras de ese pucherito de mixtura . Marujita era de esas limeñas que tienen más gracia andando que un obispo confirmado , y por las que dijo un poeta : Parece en Lima más clara la luz , que cuando hizo Dios el sol que al mundo alumbrara , puso amoroso en la cara de cada limeña , dos . En las noches de luna era cuando había que ver a Mariquita paseando , Puente arriba y Puente abajo , con albísimo traje de zaraza , pañuelo de tul blanco , zapatito de cuatro puntos y medio , dengue de resucitar difuntos , y la cabeza cubierta de jazmines . Los rayos de la luna prestaban a la belleza de la joven un no sé qué de fantástico ; y los hombres , que nos pirramos siempre por esas fantasías de carne y hueso , la echaban una andanada de requiebros , a los que ella , por no quedarse con nada ajeno , contestaba con aquel oportuno donaire que hizo proverbiales la gracia y agudeza de la limeña . Mariquita era de las que dicen : Yo no soy la salve para suspirar y gemir . ¡ Vida alegre , y hacer sumas hasta que se rompa el lápiz o se gaste la pizarra !
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