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IX El día comenzó con grandes contrariedades para el cazador confiado á la pericia de Sangonera . Antes de amanecer , al clavar el puesto , el prudente burgués tuvo que implorar el auxilio de algunos barqueros , que rieron mucho viendo el nuevo oficio del vagabundo . Con la presteza de la costumbre clavaron tres estacas en el fondo fangoso de la Albufera y colocaron , apoyado en ellas , el enorme tanque que había de servir de refugio al cazador . Después rodearon de cañas el puesto para engañar á las aves y que se acercaran confiadas , creyendo que era un pedazo de carrizal en medio del agua . Para ayudar á este engaño , en torno del puesto flotaban los bots : unas cuantas docenas de patos y fúlicas esculpidos en corcho que , con las ondulaciones del lago , movíanse á flor de agua . De lejos causaban la impresión de una manada de pájaros nadando tranquilamente cerca de las cañas . Sangonera , satisfecho de haberse librado de todo trabajo , invitó al amo á ocupar el puesto . Él se alejaría en el barquito á cierta distancia para no espantar la caza , y cuando llevase muertas varias fúlicas , no tenía más que gritar , é iría á recogerlas sobre el agua . — ¡ Vaya ! . . . ¡ bòna sòrt , don Joaquín ! El vagabundo hablaba con tanta humildad y mostraba tales deseos de ser útil , que el bondadoso cazador sintió desvanecerse su enfado por las torpezas anteriores . Estaba bien : él le llamaría tan pronto como tumbase un pájaro . Para no aburrirse durante la espera , podía ir dando alguna mojada en los guisos de sus provisiones . La señora le había pertrechado con tanta abundancia como si fuese á dar la vuelta al mundo . Y señalaba tres enormes pucheros cuidadosamente tapados , á más de abundantes panes , una cesta de fruta y una gran bota de vino . El hocico de Sangonera tembló de emoción viendo confiado á su prudencia aquel tesoro que venía tentándole en la proa desde la noche anterior . No le había engañado Tonet al hablar de lo bien que se trataba el parroquiano . ¡ Gracias , don Joaquín ! Ya que era tan bueno y le invitaba á mojar , se permitiría alguna ligera sucaeta para entretener el tiempo . Una mojadita nada más . Y alejándose del puesto , se situó al alcance de la voz del cazador , encogiéndose después en el fondo del barquito . Había amanecido y los escopetazos sonaban en toda la Albufera , agrandados por el eco del lago . Apenas si se veían sobre el cielo gris las bandas de pájaros , que levantaban el vuelo espantados por el estruendo de las descargas . Bastaba que en su veloz aleteo descendiesen un poco , buscando el agua , para que inmediatamente una nube de plomo cayese sobre ellos .
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