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Nos sentamos a la sombra de las acacias , en un banco de piedra cubierto de hojas . Enfrente se abría la puerta del laberinto misterioso y verde . Sobre la clave del arco se alzaban dos quimeras manchadas de musgo , y un sendero umbrío , un solo sendero , ondulaba entre los mirtos como el camino de una vida solitaria , silenciosa e ignorada . Florisel pasó a lo lejos entre los árboles , llevando la jaula de sus mirlos en la mano . Concha me lo mostró : — ¡ Allá va ! — ¿ Quién ? — Florisel . — ¿ Por qué le llamas Florisel ? Ella dijo , con una alegre risa . — Florisel es el paje de quien se enamora cierta princesa inconsolable en un cuento . — ¿ Un cuento de quién ? — Los cuentos nunca son de nadie . Sus ojos misteriosos y cambiantes miraban a lo lejos , y me sonó tan extraña su risa , que sentí frío . ¡ El frío de comprender todas las perversidades ! Me pareció que Concha también se estremecía . La verdad es que nos hallábamos a comienzos de Otoño y que el sol empezaba a nublarse . Volvimos al Palacio . El Palacio de Brandeso , aunque del siglo décimo octavo , es casi todo de estilo plateresco . Un Palacio a la italiana con miradores , fuentes y jardines , mandado edificar por el Obispo de Corinto Don Pedro de Bendaña , Caballero del Hábito de Santiago , Comisario de Cruzada y Confesor de la Reina Doña María Amelia de Parma . Creo que un abuelo de Concha y mi abuelo el Mariscal Bendaña , sostuvieron pleito por la herencia del Palacio . No estoy seguro , porque mi abuelo sostuvo pleitos hasta con la Corona . Por ellos heredé toda una fortuna en legajos . La historia de la noble Casa de Bendaña es la historia de la Cancillería de Valladolid . Como la pobre Concha tenía el culto de los recuerdos , quiso que recorriésemos el Palacio evocando otro tiempo , cuando yo iba de visita con mi madre , y ella y sus hermanas eran unas niñas pálidas que venían a besarme , y me llevaban de la mano para que jugásemos , unas veces en la torre , otras en la terraza , otras en el mirador que daba al camino y al jardín . . . Aquella mañana , cuando nosotros subíamos la derruída escalinata , las palomas remontaron el vuelo y fueron a posarse sobre la piedra de armas . El sol dejaba un reflejo dorado en los cristales , los viejos alelíes florecían entre las grietas del muro , y un lagarto paseaba por el balaustral . Concha sonrió con lánguido desmayo : — ¿ Te acuerdas ? . . . Y en aquella sonrisa tenue , yo sentí todo el pasado como un aroma entrañable de flores marchitas , que trae alegres y confusas memorias . . . Era allí donde una dama piadosa y triste , solía referirnos historias de Santos . Cuántas veces , sentada en el hueco de una ventana , me había enseñado las estampas del Año Cristiano abierto en su regazo . Aún recuerdo sus manos místicas y nobles que volvían las hojas lentamente . La dama tenía un hermoso nombre antiguo : Se llamaba Águeda : Era la madre de Fernandina , Isabel y Concha . Las tres niñas pálidas con quienes yo jugaba . ¡ Después de tantos años volví a ver aquellos salones de respeto y aquellas salas familiares !
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