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Las salas entarimadas de nogal , frías y silenciosas , que conservan todo el año el aroma de las manzanas agrias y otoñales puestas a madurar sobre el alféizar de las ventanas . Los salones con antiguos cortinajes de damasco , espejos nebulosos y retratos familiares : Damas con basquiña , prelados de doctoral sonrisa , pálidas abadesas , torvos capitanes . En aquellas estancias nuestros pasos resonaban como en las iglesias desiertas , y al abrirse lentamente las puertas de floreados herrajes , exhalábase del fondo silencioso y oscuro , el perfume lejano de otras vidas . Solamente en un salón que tenía de corcho el estrado , nuestras pisadas no despertaron rumor alguno : Parecían pisadas de fantasmas , tácitas y sin eco . En el fondo de los espejos el salón se prolongaba hasta el ensueño como en un lago encantado , y los personajes de los retratos , aquellos obispos fundadores , aquellas tristes damiselas , aquellos avellanados mayorazgos parecían vivir olvidados en una paz secular . Concha se detuvo en la cruz de dos corredores , donde se abría una antesala redonda , grande y desmantelada , con arcones antiguos . En un testero arrojaba cerco mortecino de luz la mariposa de aceite que día y noche alumbraba ante un Cristo desmelenado y lívido . Concha murmuró en voz baja : — ¿ Te acuerdas de esta antesala ? — Sí . ¿ La antesala redonda ? — Sí . . . ¡ Era donde jugábamos ! Una vieja hilaba en el hueco de una ventana . Concha me la mostró con un gesto : — Es Micaela . . . La doncella de mi madre . ¡ La pobre está ciega ! No le digas nada . . . Seguimos adelante . Algunas veces Concha se detenía en el umbral de las puertas , y señalando las estancias silenciosas , me decía con su sonrisa tenue , que también parecía desvanecerse en el pasado : — ¿ Te acuerdas ? Ella recordaba las cosas más lejanas . Recordaba cuando éramos niños y saltábamos delante de las consolas para ver estremecerse los floreros cargados de rosas , y los fanales ornados con viejos ramajes áureos , y los candelabros de plata , y los daguerreotipos llenos de un misterio estelar . ¡ Tiempos aquellos en que nuestras risas locas y felices habían turbado el noble recogimiento del Palacio , y se desvanecían por las claras y grandes antesalas , por los corredores oscuros , flanqueados con angostas ventanas de montante donde arrullaban las palomas ! . . . Al anochecer , Concha sintió un gran frío y tuvo que acostarse . Alarmado al verla temblar , pálida como la muerte , quise mandar por un médico a Viana del Prior , pero ella se opuso , y al cabo de una hora ya me miraba sonriendo con amorosa languidez . Descansando inmóvil sobre la blanca almohada , murmuró : — ¿ Creerás que ahora me parece una felicidad estar enferma ? — ¿ Por qué ? — Porque tú me cuidas . Yo me sonreí sin decir nada , y ella , con una gran dulzura , insistió : — ¡ Es que tú no sabes cómo yo te quiero ! En la penumbra de la alcoba la voz apagada de Concha tenía un profundo encanto sentimental . Mi alma se contagió : — ¡ Yo te quiero más , princesa ! — No , no . En otro tiempo te he gustado mucho . Por muy inocente que sea una mujer , eso lo conoce siempre , y tú sabes lo inocente que yo era . Me incliné para besar sus ojos , que tenían un velo de lágrimas , y le dije por consolarla :
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