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— ¡ Sobrina ! ¡ Sobrina ! ¡ Manda abrir la cancela del jardín ! Concha levantó los brazos indicándole que ya mandaba , luego volviéndose a mí , exclamó riéndose : — Dile tú que ya van . Yo rugí , haciendo bocina con las manos : — ¡ Ya van ! Pero Don Juan Manuel aparentó no oirme . El privilegio de hacerse entender a tal distancia , era suyo no más . Concha se tapó los oídos : — Calla , porque jamás confesará que te oye . Yo seguí rugiendo : — ¡ Ya van ! ¡ Ya van ! Inútilmente . Don Juan Manuel se inclinó acariciando el cuello del caballo . Había decidido no oirme . Después volvió a levantarse sobre los estribos : — ¡ Sobrina ! ¡ Sobrina ! Concha se apoyaba en la ventana riendo como una niña feliz : — ¡ Es magnífico ! Y el viejo seguía gritando desde el camino : — ¡ Sobrina ! ¡ Sobrina ! Es verdad que era magnífico aquel Don Juan Manuel Montenegro . Sin duda le pareció que no acudían a franquearle la entrada con toda la presteza requerida , porque hincando las espuelas al caballo , se alejó al galope . Desde lejos , se volvió gritando : — No puedo detenerme . Voy a Viana del Prior . Tengo que apalear a un escribano . Florisel , que bajaba corriendo para abrir la cancela , se detuvo a mirar cuán gallardamente se partía . Después volvió a subir la vieja escalinata revestida de yedra . Al pasar por nuestro lado , sin levantar los ojos , pronunció solemne y doctoral : — ¡ Gran señor , muy gran señor , es Don Juan Manuel ! Creo que era una censura , porque nos reíamos del viejo hidalgo . Yo le llamé : — Oye , Florisel . Se detuvo temblando . — ¿ Qué me mandaba ? — ¿ Tan gran señor te parece Don Juan Manuel ? — Mejorando las nobles barbas que me oyen . Y sus ojos infantiles , fijos en Concha , demandaban perdón . Concha hizo un gesto de reina indulgente . Pero lo echó a perder , riendo como una loca . El paje se alejó en silencio . Nosotros nos besamos alegremente , y antes de desunir las bocas , oímos el canto lejano de los mirlos , guiados por la flauta de caña que tañía Florisel . Era noche de luna , y en el fondo del laberinto cantaba la fuente como un pájaro escondido . Nosotros estábamos silenciosos , con las manos enlazadas . En medio de aquel recogimiento sonaron en el corredor pasos lentos y cansados . Entró Candelaria con una lámpara encendida , y Concha exclamó como si despertase de un sueño : — ¡ Ay ! . . . Llévate esa luz . — ¿ Pero van a estar a oscuras ? Miren que es malo tomar la luna . Concha preguntó sonriendo : — ¿ Por qué es malo , Candelaria ? La vieja repuso , bajando la voz : — Bien lo sabe , señorita . . . ¡ Por las brujas ! Candelaria se alejó con la lámpara haciendo muchas veces la señal de la cruz , y nosotros volvimos a escuchar el canto de la fuente que le contaba a la luna su prisión en el laberinto . Un reloj de cuco , que acordaba el tiempo del fundador , dió las siete . Concha murmuró : — ¡ Qué temprano anochece ! ¡ Las siete todavía ! — Es el Invierno que llega . — ¿ Tú , cuándo tienes que irte ? — ¿ Yo ? Cuando tú me dejes . Concha suspiró : — ¡ Ay ! ¡ Cuando yo te deje ! ¡ No te dejaría nunca !
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