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— Es un aviso del Cielo , Xavier . — Los sueños nunca son más que sueños , Concha . — ¡ Voy a morir ! . . . ¿ Tú no crees en las apariciones ? Me sonreí , porque entonces aún no creía , y Concha se alejó lentamente hacia la puerta del mirador . Sobre su cabeza volaron las palomas como un augurio feliz . El campo verde y húmedo , sonreía en la paz de la tarde , con el caserío de las aldeas disperso y los molinos lejanos desapareciendo bajo el emparrado de las puertas , y las montañas azules con la primera nieve en las cumbres . Bajo aquel sol amable que lucía en medio de los aguaceros , iba por los caminos la gente de las aldeas . Una pastora con dengue de grana guiaba sus carneros hacia la iglesia de San Gundián , mujeres cantando volvían de la fuente , un viejo cansado picaba la yunta de sus vacas que se detenían mordisqueando en los vallados , y el humo blanco parecía salir de entre las higueras . . . Don Juan Manuel asomó en lo alto de la cuesta , glorioso y magnífico , con su montecristo flotando . Al pie de la escalinata , Brión el mayordomo tenía de las riendas un caballo viejo , prudente , reflexivo y grave como un Pontífice . Era blanco con grandes crines venerables , estaba en el Palacio desde tiempo inmemorial . Relinchó noblemente , y Concha al oirle enjugó una lágrima que hacía más bellos sus ojos de enferma : — ¿ Vendrás mañana , Xavier ? — Sí . — ¿ Me lo juras ? — Sí . — ¿ No te vas enojado conmigo ? Sonriendo con ligera broma le respondí : — No me voy enojado contigo , Concha . Y nos besamos con el beso romántico de aquellos tiempos . Yo era el Cruzado que partía a Jerusalén , y Concha la Dama que le lloraba en su castillo al claro de la luna . Confieso que mientras llevé sobre los hombros la melena merovingia como Espronceda y como Zorrilla , nunca supe despedirme de otra manera . ¡ Hoy los años me han impuesto la tonsura como a un diácono , y sólo me permiten murmurar un melancólico adios ! Felices tiempos los tiempos juveniles . ¡ Quien fuese como aquella fuente , que en el fondo del laberinto aún ríe con su risa de cristal , sin alma y sin edad ! . . . Concha , tras los cristales del mirador , nos despedía agitando su mano blanca . Aún no se había puesto el sol , y el airoso creciente de la luna ya comenzaba a lucir en aquel cielo triste y otoñal . La distancia al Pazo de Lantañón era de dos leguas , y el camino de herradura , pedregoso y con grandes charcos , ante los cuales se detenían nuestras cabalgaduras moviendo las orejas , mientras en la otra orilla , algún rapaz aldeano que dejaba beber pacíficamente a la yunta cansada de sus bueyes , nos miraba en silencio . Los pastores que volvían del monte trayendo los rebaños por delante se detenían en las revueltas , y arreaban a un lado sus ovejas para dejarnos paso .
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