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— ¡ Válgame Nuestra Señora de Brandeso ! Es el mayorazgo de Lantañón . . . Asió los ramales con mano trémula y murmuró en voz baja , llena de temeroso respeto : — ¿ Alguna desgracia , mi Señor Marqués ? — Cayóse de su caballo . — ¡ Parece que viene muerto ! — ¡ Parece que sí ! En aquel momento Don Juan Manuel alzóse trabajosamente en la silla : — No vengo más que medio muerto , sobrino . Y suspiró con la entereza del hombre que reprime una queja . Dirigió a los espoliques una mirada inquisidora , y volvióse a mí : — ¿ Qué gente es esa ? — Los alquiladores que han venido con Isabel y con las niñas . — ¿ Pues dónde estamos ? — Delante del Palacio . Hablando de esta suerte , volví a tomar el caballo del diestro y penetré bajo la secular avenida . Los espoliques se despidieron : — ¡ Santas y buenas noches ! — ¡ Vayan muy dichosos ! — ¡ El Señor les acompañe ! Se alejaban al paso castellano de sus mulas . Don Juan Manuel volvióse suspirando , y apoyadas las manos en uno y otro borren , les gritó ya de muy lejos , todavía con arrogante voz : — Si topaseis mi potro , llevadlo a Viana del Prior . A las palabras del hidalgo respondió una voz perdida en el silencio de la noche , deshecha en las ráfagas del aire : — ¡ Señor padrino , descuide ! . . . Bajo la sombra familiar de los castaños , mi rocín , venteando la cuadra , volvió a relinchar . Allá lejos , pegados a las tapias del Palacio , cruzaban dos criados hablando en dialecto . El que iba delante llevaba un farol que mecía acompasado y lento . Tras los vidrios empañados de rocío , la humosa llama de aceite iluminaba con temblona claridad la tierra mojada , y los zuecos de los dos aldeanos . Hablando en voz baja se detuvieron un momento ante la escalinata , y al reconocernos , adelantaron con el farol en alto para poder alumbrarnos , desde lejos , el camino . Eran los dos zagales del ganado que iban repartiendo por los pesebres la ración nocturna de húmeda y olorosa yerba . Acercáronse , y con torpe y asustadizo respeto bajaron del caballo a Don Juan Manuel . El farol alumbraba colocado sobre el balaustral de la escalinata . El hidalgo subió apoyándose en los hombros de los criados . Yo me adelanté para prevenir a Concha . ¡ La pobre era tan buena , que parecía estar siempre esperando una ocasión propicia para poder asustarse ! Hallé a Concha en el tocador rodeada de sus hijas y entretenida en peinar los largos cabellos de la más pequeña . La otra estaba sentada en el canapé Luis XV al lado de su madre . Las dos niñas eran muy semejantes : Rubias y con los ojos dorados , parecían dos princesas infantiles pintadas por el Tiziano en la vejez . La mayor se llamaba María Fernanda , la pequeña María Isabel . Las dos hablaban a un tiempo contando los lances del viaje , y su madre las oía sonriendo , encantada y feliz , con los dedos pálidos , perdidos entre el oro de los cabellos infantiles . Cuando yo entré sobresaltóse un poco , pero supo dominarse . Las dos pequeñas me miraban poniéndose encendidas . Su madre exclamó con la voz ligeramente trémula :
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