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Yo me sentaba en un sillón y la veía rezar : Las cuentas del rosario pasaban con lentitud devota entre sus dedos pálidos . Algunas veces sin esperar a que concluyese , me acercaba y la sorprendía . Ella tornábase más blanca y se tapaba los ojos con las manos . ¡ Yo amaba locamente aquella boca dolorosa , aquellos labios trémulos y contraídos , helados como los de una muerta ! Concha desasíase nerviosamente , se levantaba y ponía el rosario en un joyero . Después , sus brazos rodeaban mi cuello , su cabeza desmayaba en mi hombro , y lloraba , lloraba de amor , y de miedo a las penas eternas . Cuando volví a mi casa había cerrado la noche : Pasé la velada solo y triste , sentado en un sillón cerca del fuego . Estaba adormecido y llamaron a la puerta con grandes aldabadas , que en el silencio de las altas horas parecieron sepulcrales y medrosas . Me incorporé sobresaltado , y abrí la ventana . Era el mayordomo que había traído la carta de Concha , y que venía a buscarme para ponernos en camino . El mayordomo era un viejo aldeano que llevaba capa de juncos con capucha , y madreñas . Manteníase ante la puerta , jinete en una mula y con otra del diestro . Le interrogué en medio de la noche : — ¿ Ocurre algo , Brión ? — Que empieza a rayar el día , Señor Marqués . Bajé presuroso , sin cerrar la ventana que una ráfaga batió . Nos pusimos en camino con toda premura . Cuando llamó el mayordomo aun brillaban algunas estrellas en el cielo . Cuando partimos oí cantar los gallos de la aldea . De todas suertes no llegaríamos hasta cerca del anochecer . Hay nueve leguas de jornada y malos caminos de herradura , trasponiendo monte . Adelantó su mula para enseñarme el camino , y al trote cruzamos la Quintana de San Clodio , acosados por el ladrido de los perros que vigilaban en las eras atados bajo los hórreos . Cuando salimos al campo empezaba la claridad del alba . Vi en lontananza unas lomas yermas y tristes , veladas por la niebla . Traspuestas aquellas , vi otras , y después otras . El sudario ceniciento de la llovizna las envolvía : No acababan nunca . Todo el camino era así . A lo lejos , por La Puente del Prior , desfilaba una recua madrugadora , y el arriero , sentado a mujeriegas en el rocín que iba postrero , cantaba a usanza de Castilla . El sol empezaba a dorar las cumbres de los montes : Rebaños de ovejas blancas y negras subían por la falda , y sobre verde fondo de pradera , allá en el dominio de un Pazo , larga bandada de palomas volaba sobre la torre señorial . Acosados por la lluvia , hicimos alto en los viejos molinos de Gundar , y , como si aquello fuese nuestro feudo , llamamos autoritarios a la puerta . Salieron dos perros flacos , que ahuyentó el mayordomo , y después una mujer hilando . El viejo aldeano saludó cristianamente : — ¡ Ave María Purísima ! La mujer contestó : — ¡ Sin pecado concebida ! Era una pobre alma llena de caridad . Nos vió ateridos de frío , vió las mulas bajo el cobertizo , vió el cielo encapotado , con torva amenaza de agua , y franqueó la puerta , hospitalaria y humilde :
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