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Concha cerró el libro dando un suspiro , y de nuevo llamó a las niñas . Vi pasar sus sombras blancas a través del presbiterio y columbré que se arrodillaban a los lados de su madre . La luz de la lámpara temblaba con un débil resplandor sobre las manos de Concha , que volvían a sostener abierto el libro . En el silencio su voz leía piadosa y lenta . Las niñas escuchaban , y adiviné sus cabelleras sueltas sobre la albura del ropaje . Concha leía . Era media noche . Yo estaba escribiendo cuando Concha , envuelta en su ropón monacal , y sin ruido , entró en el salón que me servía de alcoba . — ¿ A quién escribes ? — Al secretario de Doña Margarita . — ¿ Y qué le dices ? — Le doy cuenta de la ofrenda que hice al Apóstol en nombre de la Reina . Hubo un momento de silencio . Concha , que permanecía en pie , apoyadas las manos en mis hombros , se inclinó , rozándome la frente con sus cabellos : — ¿ Escribes al secretario , o escribes a la Reina ? Me volví con fría lentitud : — Escribo al secretario . ¿ También tienes celos de la Señora ? Protestó vivamente : — ¡ No ! ¡ No ! La senté en mis rodillas , y le dije , acariciándola : — Doña Margarita no es como la otra . . . — A la otra también la calumnian mucho . Mi madre , que fué dama de honor , lo decía siempre . Viéndome sonreir , la pobre Concha inclinó los ojos con adorable rubor : — Los hombres creéis todo lo malo que se dice de las mujeres . . . ¡ Además , una reina tiene tantos enemigos ! Y como la sonrisa aún no había desaparecido de mis labios , exclamó retorciéndome los negros mostachos con sus dedos pálidos : — ¡ Boca perversa ! Se puso en pie con ánimo de irse . Yo la retuve por una mano : — Quédate , Concha . — ¡ Ya sabes que no puede ser , Xavier ! Yo repetí . — Quédate . — ¡ No ! ¡ No ! . . . Mañana quiero confesarme . . . ¡ Temo tanto ofender a Dios ! Entonces , levantándome con helada y desdeñosa cortesía , le dije : — ¿ De manera que ya tengo un rival ? Concha me miró con ojos suplicantes : — ¡ No me hagas sufrir , Xavier ! — No te haré sufrir . . . Mañana mismo saldré del Palacio . Ella exclamó llorosa y colérica : — ¡ No saldrás ! Y casi se arrancó la túnica blanca y monacal con que solía visitarme en tales horas . Quedó desnuda . Temblaba , y le tendí los brazos : — ¡ Pobre amor mío ! A través de las lágrimas , me miró demudada y pálida : — ¡ Qué cruel eres ! . . . Ya no podré confesarme mañana . La besé , y le dije por consolarla : — Nos confesaremos los dos el día que yo me vaya . Vi pasar una sonrisa por sus ojos : — Si esperas conquistar tu libertad con esa promesa , no lo consigues . — ¿ Por qué ? — Porque eres mi prisionero para toda la vida . Y se reía , rodeándome el cuello con los brazos . El nudo de sus cabellos se deshizo , y levantando entre las manos albas la onda negra , perfumada y sombría , me azotó con ella . Suspiré parpadeando :
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