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— ¡ Es el azote de Dios ! — ¡ Calla , hereje ! — ¿ Te acuerdas cómo en otro tiempo me quedaba exánime ? — Me acuerdo de todas tus locuras . — ¡ Azótame , Concha ! ¡ Azótame como a un divino Nazareno ! . . . ¡ Azótame hasta morir ! . . . — ¡ Calla ! . . . ¡ Calla ! . . . Y con los ojos extraviados y temblándole las manos , empezó a recogerse la negra y olorosa trenza : — Me das miedo cuando dices esas impiedades . . . Sí , miedo , porque no eres tú quien habla : Es Satanás . . . Hasta tu voz parece otra . . . ¡ Es Satanás ! . . . Cerró los ojos estremecida y mis brazos la abrigaron amantes . Me pareció que en sus labios vagaba un rezo y murmuré riéndome , al mismo tiempo que sellaba en ellos con los míos : — ¡ Amén ! . . . ¡ Amén ! . . . ¡ Amén ! . . . Quedamos en silencio . Después su boca gimió bajo mi boca . — ¡ Yo muero ! Su cuerpo aprisionado en mis brazos tembló como sacudido por mortal aleteo . Su cabeza lívida rodó sobre la almohada con desmayo . Sus párpados se entreabrieron tardos , y bajo mis ojos vi aparecer sus ojos angustiados y sin luz : — ¡ Concha ! . . . ¡ Concha ! . . . Como si huyese el beso de mi boca , su boca pálida y fría se torció con una mueca cruel : — ¡ Concha ! . . . ¡ Concha ! . . . Me incorporé sobre la almohada , y helado y prudente solté sus manos aún enlazadas en torno de mi cuello . Parecían de cera . Permanecí indeciso , sin osar moverme : — ¡ Concha ! . . . ¡ Concha ! . . . A lo lejos aullaban canes . Sin ruido me deslicé hasta el suelo . Cogí la luz y contemplé aquel rostro ya deshecho y mi mano trémula tocó aquella frente . El frío y el reposo de la muerte me aterraron . No , ya no podía responderme . Pensé huir , y cauteloso abrí una ventana . Miré en la oscuridad con el cabello erizado , mientras en el fondo de la alcoba flameaban los cortinajes de mi lecho y oscilaba la llama de las bujías en el candelabro de plata . Los perros seguían aullando muy distantes , y el viento se quejaba en el laberinto como un alma en pena , y las nubes pasaban sobre la luna , y las estrellas se encendían y se apagaban como nuestras vidas . Dejé abierta la ventana , y andando sin ruido , como si temiese que mis pisadas despertasen pálidos espectros , me acerqué a la puerta que momentos antes habían cerrado trémulas de pasión aquellas manos ahora yertas . Receloso tendí la vista por el negro corredor y me aventuré en las tinieblas . Todo parecía dormido en el Palacio . Anduve a tientas palpando el muro con las manos . Era tan leve el rumor de mis pisadas que casi no se oía , pero mi mente fingía medrosas resonancias . Allá lejos , en el fondo de la antesala , temblaba con agonizante resplandor la lámpara que día y noche alumbraba ante la imagen de Jesús Nazareno , y la santa faz , desmelenada y lívida , me infundió miedo , más miedo que la faz mortal de Concha . Llegué temblando hasta el umbral de su alcoba y me detuve allí , mirando en el testero del corredor una raya de luz , que marcaba sobre la negra oscuridad del suelo la puerta de la alcoba donde dormía mi prima Isabel . Temí verla aparecer despavorida , sobresaltada por el rumor de mis pasos , y temí que sus gritos pusiesen en alarma todo el Palacio . Entonces resolví entrar adonde ella estaba y contárselo todo . Llegué sin ruido , y desde el umbral , apagando la voz , llamé :
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