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Fué como el escrúpulo de un místico . Temí que hubiese algo de sacrílego en aquella melancolía que entonces me embargaba . La tibia fragancia de su alcoba encendía en mí , como una tortura , la voluptuosa memoria de los sentidos . Ansié gustar las dulzuras de un ensueño casto y no pude . También a los místicos las cosas más santas les sugestionaban , a veces , los más extraños diabolismos . Todavía hoy el recuerdo de la muerta es para mí de una tristeza depravada y sutil : Me araña el corazón como un gato tísico de ojos lucientes . El corazón sangra y se retuerce , y dentro de mí ríe el Diablo que sabe convertir todos los dolores en placer . Mis recuerdos , glorias del alma perdidas , son como una música lívida y ardiente , triste y cruel , a cuyo extraño son danza el fantasma lloroso de mis amores . ¡ Pobre y blanco fantasma , los gusanos le han comido los ojos , y las lágrimas ruedan de las cuencas ! Danza en medio del corro juvenil de los recuerdos , no posa en el suelo , flota en una onda de perfume . ¡ Aquella esencia que Concha vertía en sus cabellos y que la sobrevive ! ¡ Pobre Concha ! No podía dejar de su paso por el mundo más que una estela de aromas . ¿ Pero acaso la más blanca y casta de las amantes ha sido nunca otra cosa que un pomo de divino esmalte , lleno de afroditas y nupciales esencias ? María Isabel y María Fernanda anunciáronse primero llamando en la puerta con sus manos infantiles . Después alzaron sus voces frescas y cristalinas , que tenían el encanto de las fontanas cuando hablan con las yerbas y con los pájaros : — ¿ Podemos pasar , Xavier ? — Adelante , hijas mías . Era ya muy entrada la mañana , y llegaban en nombre de Isabel a preguntarme cómo había pasado la noche . ¡ Gentil pregunta , que levantó en mi alma un remordimiento ! Las niñas me rodearon en el hueco del balcón que daba sobre el jardín . Las ramas verdes y foscas de un abeto rozaban los cristales llorosos y tristes . Bajo el viento de la sierra , el abeto sentía estremecimientos de frío , y sus ramas verdes rozaban los cristales como un llamamiento del jardín viejo y umbrío que suspiraba por los juegos de las niñas . Casi al ras de la tierra , en el fondo del laberinto , revoloteaba un bando de palomas , y del cielo azul y frío descendía avizorado un milano de luengas alas negras : — ¡ Mátalo , Xavier ! . . . ¡ Mátalo ! . . . Fuí por la escopeta , que dormía cubierta de polvo en un ángulo de la estancia , y volví al balcón . Las niñas palmotearon : — ¡ Mátalo ! ¡ Mátalo ! En aquel momento el milano caía sobre el bando de palomas que volaba azorado . Echéme la escopeta a la cara , y cuando se abrió un claro , tiré . Algunos perros ladraron en los agros cercanos . Las palomas arremolináronse entre el humo de la pólvora . El milano caía volinando , y las niñas bajaron presurosas y le trajeron cogido por las alas . Entre el plumaje del pecho brotaba viva la sangre . . . Con el milano en triunfo se alejaron . Yo las llamé sintiendo nacer una nueva angustia :
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