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— ¡ Muy enferma , señor ! No se la conoce . Se pasó la mano por los ojos , y añadió en voz baja , señalando una puerta iluminada en el fondo del corredor : — ¡ Es allí ! . . . Seguimos en silencio . Concha oyó mis pasos , y gritó desde el fondo de la estancia con la voz angustiada : — ¡ Ya llegas ! . . . ¡ Ya llegas , mi vida ! Entré . Concha estaba incorporada en las almohadas . Dió un grito , y en vez de tenderme los brazos , se cubrió el rostro con las manos y empezó a sollozar . La criada dejó la luz sobre un velador y se alejó suspirando . Me acerqué a Concha trémulo y conmovido . Besé sus manos sobre su rostro , apartándoselas dulcemente . Sus ojos , sus hermosos ojos de enferma , llenos de amor , me miraron sin hablar , con una larga mirada . Después , en lánguido y feliz desmayo , Concha entornó los párpados . La contemplé así un momento . ¡ Qué pálida estaba ! Sentí en la garganta el nudo de la angustia . Ella abrió los ojos dulcemente , y oprimiendo mis sienes entre sus manos que ardían , volvió a mirarme con aquella mirada muda que parecía anegarse en la melancolía del amor y de la muerte , que ya la cercaba : — ¡ Temía que no vinieses ! — ¿ Y ahora ? — Ahora soy feliz . Su boca , una rosa descolorida , temblaba . De nuevo cerró los ojos con delicia , como para guardar en el pensamiento una visión querida . Con penosa aridez de corazón , yo comprendí que se moría . Concha se incorporó para alcanzar el cordón de la campanilla . Yo le cogí la mano , suavemente : — ¿ Qué quieres ? — Quería llamar a mi doncella para que viniera a vestirme . — ¿ Ahora ? — Sí . Reclinó la cabeza y añadió con una sonrisa triste : — Deseo hacerte los honores de mi Palacio . Yo traté de convencerla para que no se levantase . Concha insistió : — Voy a mandar que enciendan fuego en el comedor . ¡ Un buen fuego ! Cenaré contigo . Se animaba , y sus ojos húmedos en aquel rostro tan pálido , tenían una dulzura amorosa y feliz . — Quise esperarte a pie , pero no pude . ¡ Me mataba la impaciencia ! ¡ Me puse enferma ! Yo conservaba su mano entre las mías , y se la besé . Los dos sonreímos mirándonos : — ¿ Por qué no llamas ? Yo la dije en voz baja : — ¡ Déjame ser tu azafata ! Concha soltó su mano de entre las mías : — ¡ Qué locuras se te ocurren ! — No tal . ¿ Dónde están tus vestidos ? Concha se sonrió como hacen las madres con los caprichos de sus hijos pequeños : — No sé dónde están . — Vamos , dímelo . . . — ¡ Si no sé ! Y al mismo tiempo , con un movimiento gracioso de los ojos y de los labios me indicó un gran armario de roble que había a los pies de su cama . Tenía la llave puesta , y lo abrí . Se exhalaba del armario una fragancia delicada y antigua . En el fondo estaban los vestidos que Concha llevara puestos aquel día : — ¿ Son éstos ? — Sí . . . Ese ropón blanco nada más . — ¿ No tendrás frío ? — No . Descolgué aquella túnica , que aún parecía conservar cierta tibia fragancia , y Concha murmuró ruborosa : — ¡ Qué caprichos tienes !
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