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Quedamos solos . Concha , con los ojos arrasados en lágrimas , me alargó una de sus manos , y , como en otro tiempo , mis labios recorrieron los dedos haciendo florecer en sus yemas una rosa pálida . En la chimenea ardía un alegre fuego . Sentada sobre la alfombra y apoyado un codo en mis rodillas , Concha lo avivaba removiendo los leños con las tenazas de bronce . La llama al surgir y levantarse , ponía en la blancura eucarística de su tez , un rosado reflejo , como el sol en las estatuas antiguas labradas en mármol de Pharos . Dejó las tenazas , y me tendió los brazos para levantarse del suelo . Nos contemplamos en el fondo de los ojos , que brillaban con esa alegría de los niños , que han llorado mucho y luego ríen olvidadizos . El velador ya tenía puestos los manteles , y nosotros con las manos todavía enlazadas , fuimos a sentarnos en los sillones que acababa de arrastrar Teresina . Concha me dijo : — ¿ Recuerdas cuántos años hace que estuviste aquí con tu pobre madre , la tía Soledad ? — Sí . ¿ Y tú te acuerdas ? — Hace veintitrés años . Tenía yo ocho . Entonces me enamoré de ti . ¡ Lo que sufría al verte jugar con mis hermanas mayores ! Parece mentira que una niña pueda sufrir tanto con los celos . Más tarde , de mujer , me has hecho llorar mucho , pero entonces tenía el consuelo de recriminarte . — ¡ Sin embargo , qué segura has estado siempre de mi cariño ! . . . ¡ Y cómo lo dice tu carta ! Concha parpadeó para romper las lágrimas que temblaban en sus pestañas . — No estaba segura de tu cariño : Era de tu compasión . Y su boca reía melancólicamente , y sus ojos brillaban con dos lágrimas rotas en el fondo . Quise levantarme para consolarla , y me detuvo con un gesto . Entraba Teresina . Nos pusimos a comer en silencio . Concha , para disimular sus lágrimas , alzó la copa y bebió lentamente , al dejarla sobre el mantel la tomé de su mano y puse mis labios donde ella había puesto los suyos . Concha se volvió a su doncella : — Llame usted a Candelaria que venga a servirnos . Teresina salió , y nosotros nos miramos sonriendo : — ¿ Por qué mandas llamar a Candelaria ? — Porque te tengo miedo , y la pobre Candelaria ya no se asusta de nada . — Candelaria es indulgente para nuestros amores como un buen jesuíta . — ¡ No empecemos ! . . . ¡ No empecemos ! . . . Concha movía la cabeza con gracioso enfado , al mismo tiempo que apoyaba un dedo sobre sus labios pálidos : — No te permito que poses ni de Aretino ni de César Borgia . La pobre Concha era muy piadosa , y aquella admiración estética que yo sentía en mi juventud por el hijo de Alejandro VI , le daba miedo como si fuese el culto al Diablo . Con exageración risueña y asustadiza me imponía silencio : — ¡ Calla ! . . . ¡ Calla ! Mirándome de soslayo volvió lentamente la cabeza : — Candelaria , pon vino en mi copa . . . Candelaria , que con las manos cruzadas sobre su delantal almidonado y blanco , se situaba en aquel momento a espaldas del sillón , apresuróse a servirla . Las palabras de Concha , que parecían perfumadas de alegría , se desvanecieron en una queja . Vi que cerraba los ojos con angustiado gesto , y que su boca , una rosa descolorida y enferma , palidecía más . Me levanté asustado : — ¿ Qué tienes ? ¿ Qué te pasa ?
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