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— ¡ Ah ! . . . Yo esperaba aquí , para enseñarle su habitación al Señor Marqués . Concha le dijo : — Creí que te habías acostado , mujer . Seguimos en silencio hasta la puerta entornada de una sala donde había luz . Concha soltó mi brazo y se detuvo temblando y muy pálida : Al fin entró . Aquella era mi habitación . Sobre una consola antigua ardían las bujías de dos candelabros de plata . En el fondo , veíase la cama entre antiguas colgaduras de damasco . Los ojos de Concha lo examinaron todo con maternal cuidado . Se detuvo para oler las rosas frescas que había en un vaso , y después se despidió : — ¡ Adios , hasta mañana ! Yo la levanté en brazos como a una niña : — No te dejo ir . — ¡ Sí , por Dios ! — No , no . Y mis ojos reían sobre sus ojos , y mi boca reía sobre su boca . Las babuchas turcas cayeron de sus pies , sin dejarla posar en el suelo , la llevé hasta la cama , donde la deposité amorosamente . Ella entonces ya se sometía feliz . Sus ojos brillaban , y sobre la piel blanca de las mejillas se pintaban dos hojas de rosa . Apartó mis manos dulcemente , y un poco confusa empezó a desabrocharse la túnica blanca y monacal , que se deslizó a lo largo del cuerpo pálido y estremecido . Abrí las sábanas y refugióse entre ellas . Entonces comenzó a sollozar , y me senté a la cabecera consolándola . Aparentó dormirse , y me acosté . Yo sentí toda la noche a mi lado aquel pobre cuerpo donde la fiebre ardía , como una luz sepulcral en vaso de porcelana tenue y blanco . La cabeza descansaba sobre la almohada , envuelta en una ola de cabellos negros que aumentaba la mate lividez del rostro , y su boca sin color , sus mejillas dolientes , sus sienes maceradas , sus párpados de cera velando los ojos en las cuencas descarnadas y violáceas , le daban la apariencia espiritual de una santa muy bella consumida por la penitencia y el ayuno . El cuello florecía de los hombros como un lirio enfermo , los senos eran dos rosas blancas aromando un altar , y los brazos de una esbeltez delicada y frágil , parecían las asas del ánfora rodeando su cabeza . Apoyado en las almohadas , la miraba dormir rendida y sudorosa . Ya había cantado el gallo dos veces , y la claridad blanquecina del alba penetraba por los balcones cerrados . En el techo las sombras seguían el parpadeo de las bujías , que habiendo ardido toda la noche se apagaban consumidas en los candelabros de plata . Cerca de la cama , sobre un sillón , estaba mi capote de cazador , húmedo por la lluvia , y esparcidas encima aquellas yerbas de virtud oculta , solamente conocida por la pobre loca del molino . Me levanté en silencio y fuí por ellas . Con un extraño sentimiento , mezcla de superstición y de ironía , escondí el místico manojo entre las almohadas de Concha , sin despertarla . Me acosté , puse los labios sobre su olorosa cabellera e insensiblemente me quedé dormido . Durante mucho tiempo flotó en mis sueños la visión nebulosa de aquel día , con un vago sabor de lágrimas y de sonrisas .
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