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Creo que una vez abrí los ojos dormido y que ví a Concha incorporada a mi lado , creo que me besó en la frente , sonriendo con vaga sonrisa de fantasma , y que se llevó un dedo a los labios . Cerré los ojos sin voluntad y volví a quedar sumido en las nieblas del sueño . Cuando me desperté , una escala luminosa de polvo llegaba desde el balcón al fondo de la cámara . Concha ya no estaba , pero a poco la puerta se abrió con sigilo y Concha entró andando en la punta de los pies . Yo aparenté dormir . Ella se acercó sin hacer ruido , me miró suspirando y puso en agua el ramo de rosas frescas que traía . Fué al balcón , soltó los cortinajes para amenguar la luz , y se alejó como había entrado , sin hacer ruido . Yo la llamé riéndome : — ¡ Concha ! ¡ Concha ! Ella se volvió : — ¡ Ah ! ¿ Conque estabas despierto ? — Estaba soñando contigo . — ¡ Pues ya me tienes aquí ! — ¿ Y cómo estás ? — ¡ Ya estoy buena ! — ¡ Gran médico es amor ! — ¡ Ay ! No abusemos de la medicina . Reíamos con alegre risa el uno en brazos del otro , juntas las bocas y echadas las cabezas sobre la misma almohada . Concha tenía la palidez delicada y enferma de una Dolorosa , y era tan bella , así demacrada y consumida , que mis ojos , mis labios y mis manos hallaban todo su deleite en aquello mismo que me entristecía . Yo confieso que no recordaba haberla amado nunca en lo pasado , tan locamente como aquella noche . No habia llevado conmigo ningún criado , y Concha , que tenía esas burlas de las princesas en las historias picarescas , puso un paje a mi servicio para honrarme mejor , como decía riéndose . Era un niño recogido en el Palacio . Aún le veo asomar en la puerta y quitarse la montera , preguntando respetuoso y humilde : — ¿ Dá su licencia ? — Adelante . Entró con la frente baja y la monterilla de paño blanco colgada de las dos manos : — Dice la señorita , mi ama , que me mande en cuanto se le ofrezca . — ¿ En dónde queda ? — En el jardín . Y permaneció en medio de la cámara , sin atreverse a dar un paso . Creo que era el primogénito de los caseros que Concha tenía en sus tierras de Lantaño y uno de los cien ahijados de su tío Don Juan Manuel Montenegro , aquel hidalgo visionario y pródigo que vivía en el Pazo de Lantañón . Es un recuerdo que todavía me hace sonreir . El favorito de Concha no era rubio ni melancólico como los pajes de las baladas , pero con los ojos negros y con los carrillos picarescos melados por el sol , también podía enamorar princesas . Le mandé que abriese los balcones y obedeció corriendo . El aura perfumada y fresca del jardín penetró en la cámara , y las cortinas flamearon alegremente . El paje había dejado la montera sobre una silla , y volvió a recogerla . Yo le interrogué : — ¿ Tú sirves en el Palacio ? — Sí , señor . — ¿ Hace mucho ? — Va para dos años . — ¿ Y qué haces ? — Pues hago todo lo que me mandan . — ¿ No tienes padres ?
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