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— Tengo , sí , señor . — ¿ Qué hacen tus padres ? — Pues no hacen nada . Cavan la tierra . Tenía las respuestas estoicas de un paria . Con su vestido de estameña , sus ojos tímidos , su fabla visigótica y sus guedejas trasquiladas sobre la frente , con tonsura casi monacal , perecía el hijo de un antiguo siervo de la gleba : — ¿ Y fué la señorita quien te ha mandado venir ? — Sí , señor . Hallábame yo en el patín deprendiéndole la riveirana al mirlo nuevo , que los viejos ya la tienen deprendida , cuando la señorita bajó al jardín y me mandó venir . — ¿ Tú eres aquí el maestro de los mirlos ? — Sí , señor . — ¿ Y ahora , además , eres mi paje ? — Sí , señor . — ¡ Altos cargos ! — Sí , señor . — ¿ Y cuántos años tienes ? — Paréceme . . . Paréceme . . . El paje fijó los ojos en la monterilla , pasándola lentamente de una mano a otra , sumido en hondas cavilaciones : — Paréceme que han de ser doce , pero no estoy cierto . — ¿ Antes de venir al Palacio , dónde estabas ? — Servía en la casa de Don Juan Manuel . — ¿ Y qué hacías allí ? — Allí enseñaba al hurón . — ¡ Otro cargo palatino ! — Sí , señor . — ¿ Y cuántos mirlos tiene la señorita ? El paje hizo un gesto desdeñoso : — ¡ Tan siquiera uno ! — ¿ Pues de quién son ? — Son míos . . . Cuando los tengo bien adeprendidos , se los vendo . — ¿ A quién se los vendes ? — Pues a la señorita , que me los merca todos . ¿ No sabe que los quiere para echarlos a volar ? La señorita desearía que silbasen la riveirana sueltos en el jardín , pero ellos se van lejos . Un domingo , por el mes de San Juan , venía yo acompañando a la señorita : Pasados los prados de Lantañón , vimos un mirlo que , muy puesto en la rama de un cerezo , estaba cantando la riveirana . Acuerdóme que entonces dijo la señorita : ¡ Míralo adónde se ha venido el caballero ! Aquel relato ingenuo me hizo reir , y el paje al verlo rióse también . Sin ser rubio ni melancólico , era digno de ser paje de una princesa y cronista de un reinado . Yo le pregunté : — ¿ Qué es más honroso , enseñar hurones o mirlos ? El paje respondió después de meditarlo un instante : — ¡ Todo es igual ! — ¿ Y cómo has dejado el servicio de Don Juan Manuel ? — Porque tiene muchos criados . . . ¡ Qué gran caballero es Don Juan Manuel ! . . . Dígole que en el Pazo todos los criados le tenían miedo . Don Juan Manuel es mi padrino , y fué quien me trujo al Palacio para que sirviese a la señorita . — ¿ Y dónde te iba mejor ? El paje fijó en mí sus ojos negros e infantiles , y con la monterilla entre las manos , formuló gravemente : — Al que sabe ser humilde , en todas partes le va bien . Era una réplica calderoniana . ¡ Aquel paje también sabía decir sentencias ! Ya no podía dudarse de su destino . Había nacido para vivir en un palacio , educar los mirlos , amaestrar los hurones , ser ayo de un príncipe y formar el corazón de un gran rey . Concha me llamaba desde el jardín , con alegres voces . Salí a la solana , tibia y dorada al sol mañanero . El campo tenía una emoción latina de yuntas , de vendimias y de labranzas . Concha estaba al pie de la solana :
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